La señorita Smith, era un mujer mayor, así se referían a ella cada vez que asistía al dispensario a solicitar los medicamentos que sin falta cada mes, debía recibir; le abastecían la necesidad vaga de creer que los necesitaba para estar bien.

Llegaba cada cinco, de cada mes, arreglada y hermosa, radiante, esperando que el guardia la dirigiera a la fila general, y no a la fila especial para adultos mayores, no solo porque lo consideraba un favor innecesariamente anticipado, sino porque en esa fila se enteraba de pronósticos del cuerpo, peores que los que la realeza de la vida se encargaba de mostrarle.

Las conversaciones en esa fila, circulaban por las dificultades para orinar, por el dolor que sentían en rodillas, y pies; por los problemas inconfundibles del azúcar, por las instrucciones medicas que acaban el alma, como la sentencia de no poder volver a comer chocolates, y otros, que la egañan, pero es mejor creer, como las bondades del vino.

Un grupo de ancianos, según como la señorita Smith los veía, con las conversaciones, familiaridad y solidaridad, característica de las personas mayores, tal vez por sabersen libres de las incertidumbres de la vida, o por la reconciliación con sigo mismos, y hasta con el mundo; tan necesaria ante el hecho triunfal de clasificar como de aquellos que pueden llegar a morir de viejos.

Ese grupo se los encontraba en esa fila, cada día cinco, de cada mes; ella no hablaba, no cedía a las maneras improvisadas y dulces que tienen los ANCIANOS de iniciar conversaciones, en las que le hablan al aire comentarios provocadores, como esperando cazar con la carnada de su comentario a algún incauto, que les acompañe el paso del tiempo; pero la SEÑORITA SMITH se sumergía en la lectura del libro que llevaba a mano, haciéndose la que no oía, pues se resistía a creerse parte de ellos. 

Mientras ella estaba allí, leyendo y no leyendo, recordaba la última carta que le había enviado, su viejo amigo, que no sabía ya si era su amigo, o su amor de siempre; en ella le describía la nueva ciudad en la que se había instalado, la estética de sus eventos, la maravilla de sus panaderías, la riqueza semántica de sus habitantes.

Ella recordaba allí en esa fila, cómo al leer esta última carta del señor Adams, pensó en que al escribirle ella su próxima carta, querría compartirle las impresiones de aquel libro que inició una mañana, y no pudo detenerse hasta que lo terminó esa misma noche, un libro de su autor preferido, porque lo consideraba ya parte de su familia, un libro que hablaba de la vejez y el amor; pensó que en esa carta tendría que recordarle el favor que le pidió antes de que el señor Adams viajara, de buscar a otro escritor que ella recien estaba admirando, para pedirle una dirección de correo a donde ella pudiera escribirle con la esperanza de que algún día, este escritor, el hijo, pues el papá se llamaba igual, y aveces no se sabía quién había continuando viviendo luego del asesinato del papá; con la esperanza, que algún día el hijo, o el papá en el hijo, le escribiera algunas letras.

Esto lo seguía pensando, mientras se hacía la que leía, mientras oía la conversación de sus compañeros de fila, que iba en cómo la infusión de ciertas hierbas indus, con cebolla criolla, todo eso batido, era excelente para los males de estómago. Se distrajo pensando un momento, en que hasta donde ella sabía la cebolla era buena para los males respiratorios, y no batida sino con el jugo que la cebolla suelta, eso con miel. Pero que si se bate, cómo hará el enfermo para reponerse del aliento a cebolla, a menos que el mal de estómago sea tan fuerte, que ya no le importe los olores que él emita para dar un beso.

Sacó la carta del SEÑOR ADAMS, pues no se había acordado que la llevaba dentro del libro que leía, sin leer. La volvió a leer, pues había algo que le había dejado un sin sabor. No la pudo terminar de leer en ese momento, porque se armó una discusión entre un señor de la fila de los que no son ancianos, según lo parece, y la señorita que atendía el dispensario.

El le reclamaba que llevaba más de una hora esperando un acetaminofén, que era lo único que le mandaban para sus males, pero que ella por estar hablando con la compañera sobre cosas que a él no le importaban, hacía su espera por el acetaminofén, peor, que su enfermedad, y peor al hecho de que el acetaminofen nunca le servía para nada.

Siguió leyendo la carta, pensando en cómo la vejez es más común de lo que se cree y se ve. Y encontró el relato del señor Adams: " ayer me escribió flor, y me contó que en su vecindario le querían hacer un homenaje por los años que lleva sirviendo arreglando el jardín, pero ella se reuso por considerar que su labor no es digan de homenaje y también por considerar un agravio que lleven la cuenta de los años que ella lleva sirviendo, lo que indica que llevan cuenta de los años y los días de su vida, y eso ella no lo va a permitir", la señorita Smith, se reconoció allí, al leer ese párrafo, ya no vieja, ni madura, sino adolescente; supo que sentía, algo que antes le era común, pero ni recordaba la palabra, era esa molestia por que el mundo de dos sea asaltado por otras evocaciones, lo murmuró: son celos.

Celos porque el señor Adams su amigo, o ya ni sabía si su amor de siempre o de nunca, se escribiera cartas con otra mujer, ya que ella consideraba, había creído, que era un ritual exclusivo que se lo guardaban como su manera de quererse, sin decirse.

Terminó por fin su fila, con la sensación incierta de que el tiempo allí le había quitado no tanto una hora de su vida, que perdía el día cinco de cada mes, y que se le había convertido en una especie de tiempo de meditación obligada;ni tampoco le había quitado la convicción de que no estaba aún para la fila de los ancianos, ni la sensación de siempre de salir casi borracha con las conversaciones de sus compañeros, ancianos ellos.

Sino más bien que el tiempo en esa fila, pues había creído que todo tiempo trae una pérdida, le había inundado de la pérdida irreparable de que su amigo, que ya no sabía si había sido alguna vez su amor, no era solo suyo.. sin importarle si ella alguna vez, era solo de él.

 

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