Paisaje montañoso del Tibet

La senda directa comenzó para un entrañable amigo cuando decidió viajar a la India, como buscador occidental,  para encontrarse allí con un maestro que pudiera ayudarle en la senda hacia la paz interior. Recorrió cumbres y valles, pueblos y ciudades, frondosas junglas y altiplanicies desiertas. Supo de un eremita que desde hacía muchos años vivía en una cueva en la cima de una montaña y decidió ir a su encuentro.

La senda directa es lo que más ansiaba encontrar para conseguir su liberación aunque había intentado conseguirlo por sí mismo. Llegó a su destino elegido, después de subir por una de las laderas y comenzó una penosa escalada. A la hora y cuarto, cuando iba a medio camino, vio a un anciano que se dirigía hacia él, con un saco a la espalda. Cuando se cruzó con él, justo en ese momento, el anciano dejó el saco en el suelo y durante unos instantes, que le parecieron una eternidad de sosiego y amor, se quedó mirándome fijamente. Ni una sola palabra, pero ¡cuánta elocuencia había en aquella mirada especial! Después, el anciano, que no era otro que el eremita, como enseguida comprendió, cogió de nuevo el saco y se alejó.

La senda directa la encontró cuando se sentó en una piedra del camino a reflexionar. Había comprendido el mensaje. Es necesario despojarse del saco de los condicionamientos, patrones, prejuicios, oscurecimientos mentales y emocionales y todas las trabas de la mente que traía de su mundo.

La senda directa tiene como moraleja que no se puede cambiar y seguir siendo el mismo: eso es imposible e irreconciliable. Hay muchas cosas que perder para poder encontrar. Primero hay que encontrar para luego ir a buscar; perder la ofuscación, la codicia, el odio, la ira y la envidia, entre muchas otras cosas. Entonces la pérdida se convierte en ganancia.

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