La selva, la pantera, El saltamontes y la Tarántula

La Selva

Los rayos del sol acariciaban el musgo a los pies de los árboles, al flanquearlos trazaban líneas, mientras se posaban atravesando la neblina, caen las hojas y la sombra juega al espejo aplacando el murmullo que trae el peón y el rey; vislumbro de espina y rosa brotan de la misma raíz; el hueso y el elote; haciendo piruetas cortando estos caminos, directo hacia un espejo negro de agua quedando a medio ahogar en la laguna.

Trepaba el árbol cual plomo recién disparado mientras el sonido se petrifica en su corteza de centinela frente al ruñir del nervio, armónica, en nacarado rito de abismo a caminar de voraz silencio de parca y en rasgado cabalgar paseaba el rostro forjado en la penumbra de la pantera.

Encarnada sombra del tiempo, cataclismo afilado, con ojos de astro, guerrero del incendio acechando en hambriento remolino punzante. Vecino merodea carbonizado en rugidas tinieblas de fríos recuerdos, oliendo el retumbar de latidos secos que a tronar de impulsos no quiebra.

Quedándose en la honda espera. En metamorfosis, su punzante y enervado pelaje en ramo de cuchillos, a incendio de púas enervadas creciendo como la raíz de la tiniebla punzante. Sin huir de la cenizas al encarar los monumentos quemados. Nacida en la cumbre, hundiendo las garras en el elemento verde con palabra de obelisco que se ensucia en el césped en el tiempo eterno que sabe invitar al recuerdo.

La selva, la pantera, El saltamontes y la Tarántula

Mientras tanto cantaban en la selva las ranas y las serpientes cascabeles.

Cantaba también un saltamontes en la juerga de rupestre sepa, en el pueblo hundido entre montañas cual guardada vaca flaca de triste figura como el árbol en lluvia de hojas, la erupción de raíz al viento dejó, en la carrasposa piel de mármol espina, tornándose huesuda que brota cual alaridos; Saltamontes, abalanzándose sobre las puertas de una madriguera de una tarántula.

A su lengua de rio que pule en su correr hasta la piedra más rugosa volviéndola irreconocible donde el propio volcán sufre a causa de la vergüenza y como moscas de mercado torna sus virtudes y las contrapone hacia su verdadero fruto; su fuego.

Sin sitio a donde más descansar sino entre sus telarañas y su cueva donde a retumbares que en vibraciones mantienen a golpecitos entretenidos los entierros del confuso esplendor que traen los aventurados hacia su cripta, labrando desde lo profundo el desasosiego mientras el saltamontes se hacia uno con el pesado aire de la caverna, la tarántula media su presa y en su plan, aceleraba el comenzar de su avalancha, lanzándose en su caza hacia él.

El saltamontes advirtiendo el engaño, alzaba vuelo entre el socavón llegando otra vez hacia afuera. Escapando; quizás.

Pero la tarántula seguía su carrera tras él, incluso en las afueras de su hogar.

Entonces el sol caía hacia la silueta de un cuervo que en sus zarpas arremetía con la tarántula.

Que la vena orgánica de las selvas no está entre el descubrimiento e invención del científico.

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