Sátiros en Gestación

Recuerdo las amplias mesas de lustrosa madera rectangulares y sus bancas colectivas del informal restaurante Tout va bien, antiguo y ya declinante establecimiento de terrazas y blancas fachadas donde no faltaba una que otra gresca. Construido en la década del 30, cerrando la amplia y aristocrática Avenida de Chile con Carrera 7ª, allí nos reencontrábamos de madrugada los grupos de seis u ocho novatos comensales como siguiendo el plan de los Templarios, para comentar con avidez, mientras saboreábamos las hirvientes, sazonadas y reconfortantes cazuelas de pan, o la bogotonísima changua con huevos espolvoreada de agradable cilantro, acompañada de pan francés, agreste y rancia mantequilla, especialidades de la casa. Después de la recién terminada ronda exploratoria que habitualmente los sábados en la noche habíamos ido institucionalizando a medida que fuimos creciendo en prodigios, por el legendario y equidistante barrio Santa Fe a espaldas del Cementerio Central, detrás de los talleres y cuchitriles de los marmoleros, conocido por la profusión de lupanares. Cual seguros faros de bombilla y luz roja nos guiaban, como confiables consejeros en nuestra púber ansiedad indicando su existencia, adentrándonos en aquellos paraísos contrahechos, desconocidos y sórdidos donde al arribar se escuchaban entusiastas expresiones de regocijo y júbilo ¡Llegaron los pollos! ¡Llegaron los pollos! gritaban y repetían con verdadero frenesí y místico fervor, santiguándose agradecidas con el altísimo corrían para alistarse y recibirnos aquellas curtidas y seductoras criaturas que tanto suspirábamos.

Venían luego durante la tertulia en el restaurante y después como sobremesa al amanecer conversaciones eróticas inacabables, girando en un intercambio mutuo de observaciones personales, emociones ciegas, conjeturas confusas, conocimientos y detalles falsos ó imaginarios. Descripciones de figuras y acrobacias impracticables, piruetas y revolcones inconcebibles de tan agitadas jornadas, rematando aquella incursión sabatina, especulando con la próxima exploración.

Recuerdo la noche de ronda, en el discreto apartamento del frecuentado barrio y el excesivo arrebato despertado de pronto en Jaime Santamaría, cuando le echo el ojo a la menuda y adelantada muchacha de mestizaje belleza, que inicialmente y de forma efímera yo había conocido. Pasando luego con el tiempo a mayores la relación de Jaime con aquella maestra nocturna. Exponiéndose al riesgo de recorrer en el nobilísimo automóvil Mercedes – Benz de reluciente e intenso verde oscuro, lejanos y empinados suburbios periféricos de la expansiva ciudad, que Le Courbusier esbozo, conduciendo por estrechas y peligrosas callejuelas y vericuetos, buscando con ansiedad la sublime compañía, íntimos y arriesgados encuentros, que de seguro, su memoria conserva.

O el tremendo “piedronon por la marranada “ de que debió ser objeto, porque nunca quiso contar la causa, el buenazo del Gordo José Manuel Matallana, otro querido y recordado compañero, que años después en extrañas y trágicas circunstancias desapareció; cuando en su potente camioneta pick up Ford automática, estrello estrepitosamente a propósito la desguarambilada puerta del garaje del prostibulo, dejándola destruida y aplastada completamente, después de un acelerado y fuerte reversazo del automotor, cobrando en esta forma atropellada el agravio cometido contra su humanidad.

Recuerdo la frase repetitiva, ¡Caballeros por favor orden, compostura! cuando gritaba afónico el presentador de la función nocturna de striptease del teatrucho de novedades de la calle 12, donde como siempre en manada habíamos ido esa noche a instruirnos. Pero que más se puede pedir, continuaba diciendo el presentador, ¡Estando a una cuadra de la catedral primada!. Ante la incontenible avalancha, rechifla y algarabía formada alrededor del escenario por la multitud de engendros asistentes al truculento espectáculo. Cuando la última muchacha del programa, viringa como las otras semiempelotas compañeras corría dando excitantes saltos acrobáticos, desapareciendo de repente detrás de las cortinas y el telón, dejando a los espectadores con la impresión de haber sido esquilados, porque aun insatisfechos esperaban todavía más diversión. ¡Caballeros por favor compostura! Seguía gritando sin éxito el rechoncho presentador. Al salir por el angosto corredor del local, absortos de aquel rifirrafe, se oía la melodía de cierre del espectáculo, “La mujer es como la gallina, La mujer es como la gallina, que cuando el gallo falta, cualquier pollo se arrima, se arrima”.

 

Conductas aquellas que quizás influyeron deformando o alterando decisivas bases que se establecen normalmente en las naturales afinidades de los sexos, para lograr posiblemente pleno respeto y comprensión en futuras y duraderas relaciones de pareja. Reflexiones que por aquí definitivamente brillaron por su ausencia.

 

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