IRSE CON EL?

Sara era una mujer, que según decían los hombres a los que ella había amado, era maravillosa. A sus cuarenta y dos años, descubrió la incómoda incertidumbre de no saberse amada. En medio de algunos desvelos, recordó las veces en que había sido cuidada, por uno de estos amores; las veces en que recibió y ella misma, enunció tantas promesas, y en que sintió que el alma se le derretía por alguien, cada una de las veces que lo sintió, siempre estableció una relación con el objeto de su amor.

Pero esta vez, dejaría todas esas historias de amores logrados en el pasado, de hombres que seguramente la amaron, pero que no entendieron que ella tal vez, buscaba algo más. Ella ahora, en su incierta madurez, tenía la intuición de ser otra mujer, de querer, ser, vivir, amar, de otra manera; se disponía a algo nuevo en su vida, no se conformaría con simples repeticiones, como ecos de una voz imperante del pasado; creía que hay un momento en la vida, en el que una acción contundente, puede ser el comienzo de lo nuevo, y tal vez, lo definitivo, en el camino al otoño de sus tiempos.

Había empezado, con la ardua labor de cerrar todo lo anterior en su vida; paralelo a esto se había permitido entrelazar su sexo, al de alguien que descendió de algún lugar de sus añoranzas, para desafiarle la vida; éste, era alguien con quien además, justamente aprendía nuevas maneras de tocar y de vivir al lado, encima, debajo suyo, pero con él; incursionando en nuevas maneras de descubrirse, hasta de las ropas; estar muy desnuda, no solo desnuda, sino muy desnuda entre los brazos de este hombre, que la seducía y acompañaba durante este periodo de tiempo incierto; pues ni él, ni ella, sabían cómo podrían vivir juntos. Por su parte, ella sabía, que no volvería a ser, la que antes fue.

Antes de este momento cataplásmico, en la vida de Sara, en medio de muchos desiertos, había sido feliz; se entregó, con la convicción tenaz que la caracterizaba, a lo que vivía, solo porque ella era así; había cosas que jamás podrían cambiar en Sara, pero ahora, trataría de elegir, no solo lo mejor para el otro, sino para ella misma. Se sentía, hasta cierto punto en paz respecto a sus años anteriores, de amor complejo, tenía pocos reproches hacia ella misma; luchó y lo intentó, casi todo.

Amó, construyó, respetó, cambió, calló sus sueños, dio tantas oportunidades como alcanzó su alma, oportunidades no solo al otro, sino a ella misma; admiró a su amado por tantos años, cocinó llenando su casa de olores y sabores, y hasta dejó de decir no, cuando debió haberlo dicho, pasara lo que pasara. Ella amaba, y nunca se permitió una palabra dañina para el que amaba. Ahora, éste ya no quería soltarla, ahora estaba dispuesto a todo, ahora pretendía reconstruir todo; pero ella consideraba que era muy tarde, ahora quería a ALGUIEN más.

No podría comparar a éste con aquel, ni con cierto otro, que rondaba por ahí, más peligrosamente de lo que todos pensarían; ella era ya, simplemente diferente, y aunque éstos se parecieran en algunas cosas, era ella la que ya no se parecía, a ella misma.

SARA había amado a cuatro hombres en su vida, y cuatro veces era ella la que se había ido; así era Sara, tan incondicional en esperar y amar, que al irse dejaba la desolación de todo lo que había llenado en otro; nunca se había ido por decisión abierta, siempre lo hizo al descubrir a alguien más, a quien de pronto amaba, abriendo una puerta a otra laberinto.

Eso le intrigaba a ella misma, su propia manera de entregar todo de ella, dar todo el amor posible, de acuerdo a cada tiempo, arriesgar todo por el que amaba, y esperar; y de repente, se enamoraba de alguien más. Clavando irreversíblemente, una estaca en el corazón del que quedaba, como una especie de venganza cruel, pero tan inconciente para ella misma, tan inocente de sus alcances, que les hacía sufrir a ellos, no las mieles de una venganza, sino su irremediable pérdida; de maneras tan profundas, que entendían por fin en su abandono, quién era Sara.

Todo eso quedaría en el pasado, si había alguien más en su vida, sería su amor final, tal vez el AMOR de su vida, con quien sería libre, tranquila, muy tranquila, sin mucho enredo, ni complicaciones adicionales a las de la vida misma, liviana, sin muchas cargas, se fundiría en la sencillez de las letras y de lo necesario para vivir, descansaría en su búsqueda de lo eterno, siempre amorosa, pero libre.

Tal vez, seguiría entregándolo todo; tal vez, su convicción en el AMOR seguirían siendo su arma para enfrentar las mil adversidades de la vida; tal vez, la convivencia, con sus más y sus menos, seguirían siendo su talento; pero ahora, quería a ALGUIEN cierto, capaz de estar ahí, alguien que no le construya jaulas pero tenga la seguridad de saber que ella le pertenece, alguien con quien emprendería, un viaje por los recónditos paraísos de lo mutuo, alguien que fuese, un buen compañero de lo cotidiano, que no se opaque en las batallas absurdas, del ego de algunos hombres.

Lo que era aún más inexplicable para SARA, era que éste con quien vivía la vida a sus cuarenta y dos años, parecía no estar aprovisionado para una vida formal con ella, la formalidad maravillosa que implica una casa, hacerse un lugar lleno de palabras, que los nombrara e hiciera existentes; ella no estaba segura de querer todo lo que venía en el paquete completo de este hombre, pero se atrevía a intentarlo, tanto como él lo iba haciendo, se atrevía a conocer sus recónditas habitaciones, y tal vez, hasta se atrevería, a irse más bien con él, a un lugar donde pudiesen inventarse juntos; pues era un tiempo en el que todo era nuevo para los dos; tal vez, ambos contaban con lo único necesario, la valentía para desafiar lo incierto.

SARA Y EL OTOÑO

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