Duele equivocarse... duele eqivocarse, era lo único que musitaba Sara, cuando su amiga Ana, fue a visitarla el sábado en la noche, a su apartamento en el sexto piso, de las torres azules, con vista directa a Monserrate.

Sara vivía días difíciles, y noches en blanco, en medio de una tormenta de recuerdos, conjeturas y sentimientos, que le hacían suponer, la esquiva certeza de estar más sola que nunca.

Su drama consistía en el hecho antiguo, de haberlo apostado todo por alguien, al que conoció y amó, y al que al mismo ritmo de un blues, tuvo que desconocer, y recurrir a cordones umbilicales grises, para amarrar a sus vísceras toditica su alma, pues corría el riesgo de salírsele dolorosamente del cuerpo.

Así, con el alma amarrada, intentar tener la entereza, que creía era el último vestigio de dignidad de una mujer, de aceptar la quiebra de su apuesta, y creer que podía dejar de amarle, o por lo menos, así hacerlo parecer, quién sabe a quien.

Ella hubiese dado su vida por él, o por lo menos, así lo escribía en el librito en el que registraba sus diatribas, quejas, demandas, y querellas al amor. Hasta que una mañana de mucha lluvia, tomó un tinto sin dulce, caminó por los bordes de su sala, tomó otro tinto sentada en el sofá rojo y reconoció que era demasiado triste al lado de un hombre, al que quería tanto; no entendía lo que pasaba con él, a pesar de por momentos saberse también casi amada, seguía intentando una y otra vez, descubrir por qué tenía esa extraña sensación de soledad, y de vacío, aún cuando él estuviera con ella.

Recordó a su tía Sira, que la crío desde cuando ella era niña, cuando sus padres tuvieron que exhiliarse en España; la tía Sira despertaba cada mañana, con la luz en sus ojos, con su delantal café, y los rulos que parecían nunca cumplir su función, y dejárselo más bien como un extraño adorno permanente a su cabellera gris; despertaba entonando y tarareando siempre la misma melodia pegajosa, que decía  "Sara, Sara nunca olvides que, la tristeza mata la riqueza, sí mi niña, la tristeza mata la riqueza"

Sara, se sentía avergonzada por la descalificación, que siempre soportó en silencio, al saberse de las mujeres que cree, que una mujer requiere demasiadas respuestas del amor, para ser feliz. Siendo ella de este subgénero de mujeres, le surgían siempre, más que respuestas, mil dudas, inseguridades y preguntas hacia él, que no le pemitían simplemente sentir la felicidad de estar enamorada.

SARA en medio de la multitud de aguas salinas, que rodaban por sus mejillas, le hablaba a Ana, sobre el tiempo que intentó estar al lado de un hombre, que no le reconocía nada; " tal vez, por eso siempre me falta algo a su lado", decía. Ella sentía que a pesar de estar tan cerca, él no le reconocía ni sus sueños, ni sus relatos, ni sus cartas, que según él, parecían pastorales; ni sus dolores, ni sus batallas con las cosas de la vida diaria, ni nisiquiera su encanto.

A ella la desconcertaba que este hombre, gastaba horas y horas, hablando del encanto de otros, pero nunca de los que él veía en ella, o por lo menos nunca por iniciativa propia, o con más de dos letras como respuesta; se limitaba a dar contestación monosilábicas, a las preguntas con tono redentor que ella intentaba: ¿me quieres? sí, ¿me piensas?claro!!, ¿qué tan importante soy para tí? mucho, ¿te gusta esto o aquello? sí, ¿ por qué no me preguntas por lo que te conté que tenía que solucionar? ...silencio, caían las cortinas y cambiaba el telón.

Tampoco atinaba, ni siquiera le interesaba atinar, sollozaba Sara, "qué motivo guarda una mujer, detrás de las preguntas que le hace a un hombre, o por lo menos, por lo menos interesarse en preguntármelo".

De hecho, él nunca le preguntaba nada de ella, nada con el deseo de realmente escucharla, quizás ayudarla, o simplemente involucrarse en el mundo económico, social, y hasta interno de SARA.

¿Cómo estás?, era una pregunta vacía; era como si lo que Sara le hablara, le importara solo como antesala, para referirse a él mismo, o peor aún, a otros, o a otras; pero no para acompañarla en sus caminos, detectar sus cambios de ánimo, remendarla con besos o abrazos como dictámenes médicos a sus derrotas, que ni siquiera percibía que le ocurrían tan a menudo... a pesar de estar tan cerca.

Aunque ella lo amaba, tal vez sin merecimiento alguno por parte del mediano galán; aprendió a su lado lecciones para ser feliz, lecciones como que para amar más, una mujer requiere sentirse segura, bella, escuchada, expresamente anhelada, amada, reconocida, y solo en parte, le corresponde al hombre confirmárselo, de lo contrario más vale estar sola, con la bondad de confirmaciones propias.

Mientras Ana escuchaba el relato profundo, existencial y sentido de su amiga, la abrazó perdida en su propia duda.

La abrazó mientras le decía, que tranquila, que tenía la vida por delante, que contaba con ella para todo, que tal vez antes de amar a alguien, una debía aprovisionarse de todas las confirmaciones posibles y necesarias sobre ella misma, pues tal vez, había hombres incapacitados para asegurar el corazón femenino, pues nunca saben, qué quiere realmente una mujer, o mejor, que antes de quererlo, sería necesario descubrir, si es alguien que sepa querer.     

ANA mientras alentaba a su AMIGA, pensaba en el aquel que la esperaba a cualquier hora, la esperaba con una cena hecha por sus propias manos, un vino escogido, como parte de la detallada escucha, y la milimétrica exploración del alma de Ana, la esperaba con la atención que quién sabe en qué lugar aprendió a dar; la atención que para una mujer aveces resulta más importante que el amor.

Aquel hombre esperaba a Ana, con un Jazz prometido como un baile de media noche, un baile antes de ella perder la zapatilla y transformarse simplemente de mariposa, tal vez del rango de las princesas, en mujer, en medio de sus brazos, su cuidado, sus relatos, sus análisis de situaciones por resolver, su enunciación dulce de verla como "la cosa más bonita del mundo", sus caricias suaves, como un arrullo antes de dormir, sus planes abiertos y tranquilos para viajar a un pueblito el fin de semana, las cuentas de las finanzas mútuas, su pregunta sencilla y clara por: cómo estás, cómo te fue hoy.

ANA, suspiró al tiempo del llanto de su amiga, que no solo había dejado al que amó, sino que ahora tendría que recoger las migajas de una mujer partida en trizas por la necesidad agravada y profunda, sin satisfacción ni eco, sin ritmo ni certeza ya, de si hallaría alguna vez y realmente, lo que tanto necesitaba; que era no tener simplemente algo con alguien, sino ser para un HOMBRE la inspiración legítima y cierta de saberse su compañera de todo.

Ahora sé, dijo SARA, que no solo importa que puedo amar tanto, tanto, como un don divino depósitado en mis alas, sino que en ese amar, que parece se me da tan natural, me concierne esperarlo a él, espera a que mi hombre amado, quien sea que esté por venir, decida o no, en una batalla ancestral con su ego y sus miedos, soltar el espejo y tomar las rosas.

Esperar con toda la dulzura que me pueda inspirar, a que salga de sí mismo, pero no de cualquier manera, como si solo por intentarlo, ya se ganara mi cielo.

Que salga de sí mismo, continuó hablando en calma y con una manta con la que Ana la abrigó, para quererme conociéndome detalladamente, en mis recovecos y atajos, y también quiera amarme en ellos; si un hombre quiere ser amado, debe arriesgar también ¿cierto?, o alejarse, antes de pretender que como un acto ganado simplemente por saberse quizás admirado por mí, o simplemente por ser hombre que da forma a mi anatomía afectiva y femenina, o simplemente por la capacidad inmensa que tengo como MUJER de ver un príncipe en un sapo, o simplemente porque él crea, que por básicos merecimientos vanidosos, lo amaré sin requerir mucho.

Sara culminó su discurso, como una mujer en la ágora, diciendo; mejor dicho amiga, como diría mi abuela Concepción sin tanta parafernalia, la mujer debe darse su lugar, o quizás esperar a tenerlo, antes de entregar todos los lujos de su amor.

Ana suspiró conmocionada por la lucidez que a Sara parecía le daban la lágrimas, suspiró ante la duda que por meses cargaba, de aceptar dejarse querer por aquel que la esperaba, que evidentemente libró la batalla frente al espejo, y se arriesgó no solo a lucirse ante Ana sino felizmente a conocerla, y así saber amarla; esperando ahora, como un valiente soldado, que todas las nubes del cielo del amor de ANA, se desataran para él.

Ana se atemorizó ante el descubrimiento inesperado, de saberse en un minuto, amada. Por aquel que al parecer era el príncipe que esperaba su amiga Sara, y seguramente sin haberlo aclarado tanto como su amiga, ella también.

Sara no sabía, que quien esperaba a su AMIGA, haciéndola sentir la única mujer, en medio de un universo de indiferencia masculina hacia la esencia femenina, era aquel, el mismo al que ella dejó un mes antes, por hacerla sentir tan vacía y sola, aunque dijera amarla.

amiga en el espejo

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