Santiago, Hijo del trueno

Santiago, Hijo del trueno

Santiago, Hijo del trueno

Santiago, Hijo del trueno

Santiago, Hijo del trueno

Santiago, Hijo del trueno

Con mi modesto entendimiento y sincero sentir en torno al Apóstol Santiago, va la interpretación personal de cada elemento como símbolo trascendente.

SANTIAGO APÓSTOL, HIJO DEL TRENO.

Santiago Apóstol, “Hijo del trueno”, hallado por un pez que peregrina en tierra.

Nada terreno es comparable a la magia, la dulzura y el misterio oculto en el mirar de los peces que inspiran a pescadores ansiosos por capturar esos destellos estelares navegando en el océano de la vida, vestidos de carne; emancipados o no, del oleaje. Ellos buscan seres colocados en las categorías de un anaquel, sin saber que sus manos y tenacidad desorientadas, pretenden encontrar algo etéreo.

Los peces se acercan buscando una barca de piedra. Les atrae la quietud y los múltiples destellos del alma humana posada en un navío cuyos enajenados intentan escapar al descubrir la voracidad y el egoísmo que engrilletan el espíritu y sin embargo repiten día con día este proceso. ¡Oh barca de piedra!, ¿dónde podré encontrarte? No hay día en que mis células no intenten hallar a Santiago, el hijo del trueno y me divido en dos, anclando mi cuerpo físico en tierra, mientras mi espíritu emprende el peregrinaje marcado por el Sol Divino que me transforma en luna interpretando el poema de la estrella radiante sobre la faz de la tierra. Las aguas se extienden por todo el Universo y en ellas navego encarnando un pez o conducido por el titubeo de mis pies que han recorrido once cámaras hasta llegar al punto culminante en que la cámara doce se transforma en puerta hacia el misticismo.

Soy un pez que ama sus pies humanos, porque en el polvo de sus pasos está la historia de un peregrino que buscando a Santiago, encontró pedazos de un alma; el rostro de Dios en sus hijos y la renuncia al egoísmo ridículo de quien lamenta su historia, sin comprender que en otros mares hay un hombre –que consumido--, llora a una hija ausente e ingrata; niños padeciendo hambre, sed y frío.

Bajo el mar celeste los individuos viven la trama de una revelación que intuida o no, llegará al punto de la transformación. Lo dice alguien que en su peregrinar pasó de la consciente casa tres a la doce, atravesando once puertas con sus cicatrices, rencores personales, combates, heridas y lecciones.

Un día el Divino Maestro nos multiplicó para saciar el hambre de muchos hombres en búsqueda de algo que estaba gritando en ellos y les provocaba la sensación de encontrarse a las puertas del hogar frente a once representantes del peregrinar en el aprendizaje vital, para llegar al encuentro de la paz y del cálido refugio en la doceava casa del pez místico. Hay en el corazón del hombre doce cámaras, doce apóstoles con el temperamento templado en armonía con su etapa de vida revelada; doce meses que comprenden doce hogares resumidos y asimilados en la casa definitiva, la número doce, como estrellas tiene la Corona de la Virgen María, Reina y Señora a cuyas plantas sucumbe la volubilidad inmadura de once caminos primigenios a culminar en la sabiduría del doce, en que ella unifica el aprendizaje, triunfante ante la traición del discípulo que renunció a ser el número de la consumación, para convertirse en el sabotaje a vencer como última prueba y ser sustituido por Pablo.

Salieron los discípulos a pescar hombres y Dios dirigió el corazón de Santiago a buscar el camino en el “Campus stellae”, en que vislumbró destellos de peces con el alma reflejada en las aguas del cielo, mientras su cuerpo físico peregrinaba en la tierra esperando ser Uno tras el encuentro con el Sol mismo.

Santiago que volviste a Compostela en una barca de piedra, en diálogo silente con los cinco elementos, para socorrernos en la defensa del Reino de las Doce Estrellas. Santiago, hijo del trueno, mi camino por los once senderos ha iniciado y los peces huyen de mí; pero comienzo a comprender que la única manera de asirlos, es transformándome en ellos; dejar atrás la brusca obstinación y permitir que me conduzca su misterio; que en el corazón de cada uno habita el Maestro.

Hay tantas estrellas en el cielo, como peces con historia humana vieron la Divina red y sucumbieron.

Hay un pez que salió del mar y con sus pies, me inicia en el camino hacia Compostela en un encuentro con el Señor Santiago.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: