borrachera

Nunca sabrás cuanto te amo

Tenía una “cruda” horrorosa, la noche de anoche había sido una noche de copas, amigos y faldas, sin embargo, en lo relacionado a las faldas, no me sentí muy motivado, mis compañeros de “rumba” las acapararon todas, pero; no me dolió en lo absoluto, cero estrés, Mi cuerpo estaba en la “disco”, mi pensamiento y mi interés en otra aparte. Me metí a la ducha y, venga agua fría, tanta; que la piel se me puso erizada, mientras más titiritaba, mejor me sentía.

Al fin salí del baño envuelto en una tolla sin secarme, penetré en la cocina para prepararme un café bien cargado, mientras mi “moka” colaba mi café, me recosté del mesón de la cocina, ya me sentía mucho mejor solo me faltaba un café bien tinto y amargo. Mientras tanto repasaba los últimos acontecimientos de la semana, en días pasados había salido de vacaciones en verdad en los días subsiguientes no hice nada importante. No les he dicho que mi mujer me abandonó y estoy solo acá en el apartamento.

¿Qué porque nos separamos? Bueno, tengo que decirles que no soy casado, juntos teníamos tres años, el primer año y medio todo marchó de las mil maravillas y el resto del tiempo fue una tortura total, ella; aparentemente la vida de casa le aburría, nada le gustaba, en nada estaba de acuerdo, un martirio. Traté en lo posible de ser comprensivo, de complacerla en lo más mínimo, la consentía. No fue suficiente para ella, apenas hace dos semanas se marchó. Voy a serles sincero, primero; me sentí solo, desamparado. Luego en frio les juro que me sentí aliviado, había sido demasiado.

Ah, mi café estaba listo, me serví una taza generosa, humeante. Me fui a la sala y me senté en la semipenumbra de frente a la puerta de entrada. Bueno les decía o más bien contaba cómo, la señora que fue mi mujer y yo nos separamos. Termine mi café, cerré los ojos y me dormité en la butaca. Pasaron apenas unos diez minutos, cuando sentí un roce, abrí los ojos y pude ver que habían introducido un pequeño sobre blanco bajo la puerta, me levanté de un salto, de dos zancadas llegué a la puerta y abrí, mirando a izquierda y derecha; no había nadie.

desolado

El crucifijo de oro

Sentado de nuevo, abrí el sobre en cuestión, dentro del mismo se encontraba un lindo crucifijo de oro con cuatro rubíes colocados en cruz apiñados en el centro del mismo, calculé las medidas en aproximadamente unos seis centímetros de alto por cuatro en los brazos, tenía un brillo hermoso. La pregunta de rigor, ¿Por qué dejarlo bajo mi puerta? ¿Intención, objeto, qué? ¡Ni idea! Pasé todo el día dándole vueltas al episodio del crucifijo. Ya, en la noche salí con la intención de despejarme. Me apersoné en mi bar de costumbre, saludé aquí y allá, rehuyendo cualquier compañía, quería estar solo y me instalé en la mesa más lejana y más discreta; en un rincón, donde la semipenumbra del local, disimulaba mi presencia.

Al rato, hizo su entrada una vistosa mujer pelirroja vestida de blanco –en el lugar donde yo me encontraba dominaba la entrada del bar- portaba lentes oscuros, los cuales se quitó al sentarse en la barra, la observé detenidamente, poseía piernas hermosas, una mujer bien hecha, madura, con una edad indefinida entre 35 y 38 años, en plenitud. Bien, recobré el sentido, y me concentré en el vaso que tenía entre ambas manos, mirando el licor ambarino que contenía el mismo.

La pelirroja de blanco

Estaba tan embebido en mis pensamientos, que solo me di cuenta de que alguien se encontraba frente a mí por la sombra que se proyectó sobre mi mesa, levanté la mirada, quedando gratamente sorprendido al descubrir a la dueña de la sombra mencionada –era la pelirroja vestida de blanco- lindo rostro, grandes ojos marrones. –Hola, lo puedo acompañar- lo decía con una leve sonrisa bailándole en sus labios carnosos en una boca bien delineada.

pelirroja

Por favor –pude apenas deletrear- me quedé mirándola quietamente –ella- tenía los ojos entornados, allá en el fondo de sus pupilas creí ver una lucecita de curiosidad- Que toma pregunté –vino blanco- hice una señal al mesero –a la orden- ordené el servicio. En ese ínterin aprecié en ella rasgos que me parecieron lejanamente familiares, o sería una falsa percepción mía. Llegaron las copas –tomando un sorbo cada uno- Ahora me mira fijamente y me dice. Te parecerá extraño que me haya acercado a tu mesa, esto tiene una explicación – Soy hermana de Leticia, tu mujer; tú piensas erradamente que ella te abandonó –no es así- Ella estaba gravemente enferma y, te quería tanto que nunca quiso revelártelo.

A eso se debían sus cambiantes estados de ánimo. Hace exactamente 3 meses la habían desahuciado, lo que la empujó a dejarte definitivamente para no causarte tanto dolor. La joya que puse debajo de tu puerta, fue su último deseo, así; sin una nota o una carta. Te la quise entregar el día anterior y no estabas, -hoy la metí debajo de tu puerta- Yo tenía el rostro desencajado, sin dar crédito a lo que oía –ella prosigue- En lo particular yo siento que ella fue demasiado dura consigo misma. Leticia murió hace tres días- no pude más- y reventé en un ahogado sollozo –Adriana que así se llamaba ella –callo consideradamente- Me serené minutos después- Reflexiono; a veces juzgamos a los demás con excesiva dureza, por egoísmo o por indolencia, carecemos del sentido de la caridad. Recuerdo; que Leticia un día me dijo. Michel nunca sabrás cuanto te amo, solo recuérdame como la mujer que más te ha amado, tenía los ojos bañados de lágrimas. ¡Así será!

mancha1

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