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Saber vivir para saber morir no son conceptos difíciles de entender. Me molesta la palabra «saber» en ambas situaciones porque ni para morir ni para vivir son necesarios conocimientos.

Saber vivir para saber morir es no haber perdido la inocencia, ni saber cómo realizar los objetivos propuestos, ni preguntarse si se harán realidad porque entonces se pierde la espontaneidad y con ella la inocencia que es la base de la vida

Saber vivir es un don inmediato que tenemos todos los que nacemos, hay que aceptarlo y agradecerlo cada uno en su lucidez porque esta vida se nos ha dado por un tiempo indefinido, no sabemos hasta cuándo, pero sí que con finitud.

Se pierde la inocencia cuando se quiere saber de todo y uno muere sin saberlo todo. «¡Benditos aquellos que han llegado a la suprema ignorancia!» como dijo un gran sabio.

Si somos iguales ante la muerte, es que somos también exactamente iguales ante la vida. Toda vida tiene un valor inconmensurable, infinito, que no se puede medir por nada. La vida no va vivida, la vida se vive y lo único que tenemos que hacer para vivir es quitar los obstáculos. Y el primer obstáculo es el miedo, el miedo a la muerte que es el disfraz del miedo a la vida.

Saber vivir cada momento como único no es complicado, en cada momento jugamos nuestro destino. Quien no vive cada momento único, quien no vive una puesta de sol o un acontecimiento doloroso por opuestos que sean, no es una revelación única, no vive ni la puesta de sol ni el acontecimiento doloroso

El problema de la muerte no se puede desvincular de la aventura de la vida. Y si no sabemos el momento de la muerte es que tampoco sabemos el momento de la vida. Si me preocupo por cúando moriré, me despreocupo de que ahora vivo ¿Qué le pasa a la gota de agua cuando cae en el mar? La gota de agua, no hay duda, desaparece ¿Pero, yo qué soy, la gota de agua o el agua de la gota? Al agua de la gota no le pasa nada. Si se me escapa la vida, se me escapa la muerte.

La sabiduría consiste precisamente en reconocer la unicidad de un instante porque si no nos enamoramos de cada instante de lo que estamos haciendo, somos esclavos del destino, más de lo que ya somos. La vida nos ha sido dada y sólo se merece dándola que es entonces cuando uno puede ser feliz. Dijo el sabio asceta cristiano Evagrio Póntico: «Quien no vive ahora la vida eterna que se despida de vivirla luego».

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