LAS RUINAS DE UNA DINASTIA, es una frase no se si descriptiva o sentenciosa que siempre oí en documentales sobre China, Roma, Egipto, Arabe, Persa, Mongol, imperios del pasado.

Hoy he vuelto al lugar donde vivía antes del naufragio, desde que me iba acercando cada cosa que saltaba a la vista tiene una historia, personas, droguerías, supermercados, peluquerías, parques, caminos, tiendas, casas, esos lugares que tiene un sutil aliento de lo doméstico de aquel hogar que rodeaban; llego por fin, y al entrar siento que una película corre por mi mente, comidas, risas, disgustos, planes, conversaciones; falta la luz cálida que identifica el llegar a casa, el sofá de meditaciones colectivas o individuales, el lugar en el closet donde guardaba mi abrigo y mis preocupaciones, la silla al lado de la ventana que nos brinda un paisaje de simulación a un pequeño campo.

Siento el olor a comida cacera, hoy soy la invitada de un anftrión familiar y extraño a la vez, que se ha esmerado en recibirme. Mi perro me saluda feliz, como si hubiese salido esta mañana, como cada mañana y recuerdo la frase: las ruinas de una dinastía.

Todo está en cajas, arrumado, solo lo necesario en uso, para la sobrevivencia diaria de los que aún la habitan. Es como llegar a un lugar dónde estaba todo, la vida diaria, lo cotidiano, el futuro, un hogar construído, y encontrar solo monumentos a lo que ya no es, a lo que puede ser, a olvidar para volver, a no saber ya qué hacer. Recuerdo como un alivio de otras ruinas, que hacia finales de Cien Años de Soledad, el último Aureliano vive en la casa de los Buendía, cuando no solo los cuartos, el laboratorio, la cocina,  el viejo árbol donde murió el patriarca, han sido clausurados, sino la continuiad de la vida también.

Es difícil entender como ser en este espacio. Dejarme llevar por mi instinto natural aunque quiera defenderme de él, olvidar lo que ahora sé del amor, de mí, de lo que también quiero, para emprender de nuevo un viaje con un marinero herido, sin importar tanto sus heridas, pues casi todas las heridas son remediables con el amor, sino cómo somos ahora, ¿podemos volver a  encontrarnos en una cotidianidad? o ¿Cada cuál debiera seguir un camino individual?

Me mira este anfitrión admirando no se qué, tal vez su mirada revela la costumbre de anhelar lo perdido; con devoción sirve un delicioso plato que a él le encanta, comemos, hablamos, y descansamos. Mañana será otro día, que no depende de mí, esa es mi victoria, depende de un Soberano que sí sabe cómo navegar en estos mares revueltos, y ya veremos...

Esto se pone cada vez más interesante, aunque no fácil, espero que lo peor no vuelva; mañana sé que andaré, también sé que de las ruinas puede surgir la verdad de lo nuevo, es solo que como diría alguien luego de una cirugía de una muela,  que él vive como un transplante de todo su ser, al preguntarle cómo estás: mejor, pero aún duele.  

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