Ella escribió una carta, dos, tres, hasta que llegaron a ser muchas. Escribía para un remitente tan cierto, como habían sido sus promesas de volver, pero nunca le respondió. Ella creía que no respondía porque tal vez, sus letras no habrían logrado decir lo que ella esperaba, tal vez su prosa le parecía estéril, tal vez la tinta cambiaba a su capricho el mensaje encriptado.

Nunca hubo respuesta, y esa siempre resultó una respuesta, más cierta que si lo hubiese hecho. ELLA seguía escribiéndole, con la ilusión intacta de que su alma plasmada en esas cartas, se convirtieran en alas de águila, que le permitirían volver.

Ella lo soñó como otro remitente, detrás del silencio; lo que le permitía alimentar sus letras, con sabores y olores, para que tomaran formas, espacios y tiempos, que seguían deshabitados, esperando al único viajero que amaba.

El se había ido a la guerra, de algún año del calendario del mundo. No era verano, ni invierno, ni otoño, ni primavera; era un tiempo sin nombre, en el que parecía, se definiría la extinción de las rosas y el vino. Los invasores pretendían llevárselas todas; a ellos también los esperaban sus mujeres, anhelantes de la promesa de sus guerreros, la promesa épica en la historia de un mundo perdido en lo incípido: Volverían con los preciados trofeos, que les permitirían volver a ser, príncipes para ellas. Así el romance en su mundo, quedaría garantizado.

Antes de su partida, ELLA le propuso a su soldado, huir juntos, a un lugar desierto donde pudieran comenzar todo. En el que los requisitos y protocolos los crearían ellos, recurriendo solo a su propio arsenal de pasiones; donde podían comenzar una nueva raza de amantes, con lo necesario para el amor; simplemente, se bastarían.

Ella le insistía, sobreviviría su amor, aún sin rosas ni vino. Pero él, como todos los soldados viajeros, como todos los creyente que se enlistaron, esperaba el mensaje escrito en los pétalos de las rosas y la inspiración de una copa de vino, para andar el camino antiguo del romance eterno. Así había sido siempre, él estaba convencido de que la guerra de las rosas y el vino, era un sacrificio necesario para la humanidad, creía que lucharía por la salvaguarda de la especie misma.

Ella guardaba en su cofre la carta de su madre, escrita en los tiempos en que la guerra la hicieron las mujeres; solo esa carta le quedó de herencia, desde cuando era niña. La guardaba como un libro prohibido, tenía que esconderla siempre, ya que contenía una verdad que cambiaría al mundo, una verdad que a precio de sangre, descubrieron solo algunas mujeres en esa guerra pasada. La CARTA solo contenía una frase, escrita con tinta dorada en letra cursiva perfecta, allí su madre le regaló el secreto de lo que fue su victoria: Hija, las letras nunca nadie te las robará, siempre podrás reinventar todo escribiendo.

Finalmente, le llegó una CARTA del campo de batalla, envuelta con una cinta negra. La victoria les había sido esquiva a los soldados, los invasores habían arrasado con ROSAS Y VINO; los soldados murieron uno a uno, imbuidos por un hálito de amor indescifrable, con la tranquilidad en sus ojos que parecía, valentía plena, que sus enemigos llegaron a envidiar. No murieron en medio de la batalla, murieron uno a uno, mientras leían inspirados, las cartas de sus mujeres.

las rosas y el vino

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