Historia de mujer

De cuando en cuando, Ema tocaba la rosa que llevaba en un bolsillo amarillo tejido en su tronco. La madrugada negra clara en la que Ema nació, una luz sin forma humana le bordó con hilo dorado, suave y pacientemente, sin dolor, una especie de saquillo en el que se depositó la rosa roja.

Cuando Ema se detenía a apreciar la rosa a solas, la sacaba un momento del bolsillo y detallaba las letras diminutas escritas en sus pétalos, dos espinas que la hacían aún más hermosa, y la fragancia sutil y encantadora, como el olor de la conjugación del tiempo futuro.

EMA relataba a dos pajaritos cafés, mientras comían cada mañana las migajas que les guardaba la noche anterior en el platoncito violeta del borde de la ventana de su habitación; acerca de los escalones de la historia de una mujer. Les narraba cómo había una escalinata horizontal y blanca, que al recorrerla iba señalando con sonidos de clarinete, como el del jazz, el camino siguiente.

Les describía con paciencia cómo cada nivel, cada escalinata que no asciende sino avanza, tiene una letra por descifrar; el tiempo mientras se desencripta la voz de la letra, se detiene, queda quieto el universo entero, que vuelve a andar cuando una mujer encuentra la voz de la letra, y canta. Cada canto, va armando los remiendos de la historia de cada mujer, ella los guardará en el recoveco azul de su alma, para entregárselo al guerrero, que libra batallas por la historia perdida en los libros antiguos del amor.

Al descubrir, decía, aclarando con cierto énfasis que se trataba de des-cubrir más no de encontrar al guerrero, ella le dará la rosa roja con dos espinas, que él con el riego de la valentía, tomará en su mano como una lanza, o una espada. Y en ese momento el bolsillo tejido en su tronco, se convertiría en alas, alas de mariposa.

Ema caminaba por senderos salvajes, con la rosa aún tejida con hilos dorados en su tronco, con algunas escalinatas vencidas, con el canto de su historia que, de cuando en cuando, permitía al universo volver a andar; imaginaba el rostro del guerrero que requería su canto y su rosa, escribía sobre las insondables posibilidades del carácter de éste y el anhelo por estar a su lado hasta el fin, suponiéndolo perdido en algún paraje de una ciudad sin nombre.

Cierto día, Ema transcurría en sus sueños en medio de una tormenta de bolitas blancas que emulaban a la nieve, caminaba sin un destino claro, más bien todo le parecía solo presente; observó a un anciano que caminaba en la otra cera, llevaba una maleta colgada en su espalda, que parecía cargaba un trasteo inútil; lo vió allí tan desolado como resignado, buscando un calor demasiado ausente para ser hallado.

EMA lo seguía mirando, mientras el anciano se sentó en una banca sin techo, ni sombras con las cuales conversar. Sacó de una bolsa un pan que comió en calma, y compartió con un perro herido que se instaló a su lado. Ema se acercó, ofreciéndole algunas palabras y sonrisas, era su manera de intentar devolverle algo de esperanza. El anciano, impresionado por la cercanía de alguien, reconoció haber olvidado los beneficios de conversar; poco a poco, fueron encontrando palabras para hilar sus vidas, en una banca vacía debajo de gotas de una leve llovizna.

El ANCIANO le relató su anhelo de la vida, el desasosiego por no haber hallado la mujer que acompañara sus tiempos, y algo de sus sueños vivos. El anciano le declamó un poema de su autoría en el que describía el amor como una rosa, le decía, sino quieres las espinas no aceptes rosas. Ema conmovida por un anciano que hablara del amor, con la claridad de reconocer que era lo único que importaba perder, que finalmente era lo más valioso en el camino, lo descubrió poderoso.

A riesgo de todo, EMA le regaló su ROSA; el anciano impresionado, la tomó y en ese instante se convirtió la rosa no en una espada ni una lanza, se convirtió en un lápiz; mientras Ema susurraba los cantos de sus triunfos pasados, brotaron sus alas moradas. Ambos transformados por lo impensable del encuentro; el anciano, lleno de la vitalidad que regala la esperanza, encontró sin saberlo, el amor de una mujer, inspirado por ella andaría sus días con la ilusión intacta, volvería a amar, y feliz en medio del lecho con su amada, moriría años después.

Ema murió allí mismo, en medio de una melodía de clarinete, sostenida en una aura celestial, por sus alas de MARIPOSA.

Alas de mariposa

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