Mientras rompan las olas no hay peligro. Así pensaba la joven, sentada sobre un viejo tronco de uva caleta, medio vencido ya por el tiempo y el mar. A su espalda bullía la ciudad, colmada de prisas y dolores, calles y calles de puro stress, si es que el stress puede ser puro. Frente a ella, la playa, extensa y plácida, besando el mar azul, hacia el horizonte la inmensidad.

Con una ramita seca trazaba mil garabatos sobre la arena que pugnaba por cubrir sus pies, al tiempo que gozaba la brisa que acariciaba impúdica sus mal cubiertos pechos. La mente, inquieta, no guiaba los trazos, tampoco tomaba en cuenta la ciudad. El pensamiento se iba lejos, mucho más allá de lo que alcanzaba la vista. Por alguna razón, para quien sobrevive día a día sobre el límite de lo posible, toda realidad lejana tiene que ser mejor. En sus sueños más fértiles el Escorial y el Louvre se dan la mano, con licencia de la geografía, cualquier sitio está cerca uno de otro, si está lejos del stress que la acecha a su espalda. En la distancia un avión saluda sin saberlo un sueño perenne y el mar comienza a brotar desde sus párpados, poco a poco primero, más fuerte después. Los sueños son bellos, pero duelen.

A su espalda la realidad le acecha, espera el regreso inevitable de ese cuerpo hermoso de ojos tristes, con el rostro salado y la piel bronceada de soñar. En tanto se esfuma el avión entre las nubes, la joven se levanta, gira sobre sus talones y se enfrenta al camino de lo cotidiano, sobre las olas sigue flotando un sueño. Algún día será —se dice— y avanza hacia sus problemas de hoy sin importarle si habrá problemas también en su realidad soñada, de cualquier modo, siempre le quedará el mar y ella lo siente así, mientras rompan las olas no hay peligro.

Paisaje de la Playa de Jagua, Cienfuegos, Cuba. Fotografía: Yaima González, 2018.

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