Rominia decidió que era tiempo, el tiempo de recordar, escribir y continuar cerrando días pasados, días en los que creyó que su vida sería de una manera, días en los que su corazón tenía ya forma y algunas cosas resueltas, en los que su cotidianidad caminaba en medio de la frazada tejida entre sueños, batallas y entrañables victorias con quien era su esposo.

Mora era el maravilloso hombre que la acompañó, él era un hombre naciente, que había tenido el coraje de dejar todo lo que era su mundo por ella, y aunque ese mundo tenía sus apariciones temporales en algunas épocas, como fantasmas que visitan su antigua morada tratando de encontrar su espejo para acicalarse, él tenía la determinación de despedirlos de cuando en cuando por el amor de Rominia.

intentaría seguir despidiéndose... es que no le era tan fácil.

 

Querido mío,

Hoy estoy al otro lado de tí, en la distancia que nos permite revisar los colores encriptados en los cuadros y el azul de la sombra de los impresionistas, como diría el escritor.

Estoy casi a paz con nuestra historia, me falta aún superar el estremecimiento que me traen lugares y evocaciones de fotografías vivas, de paisajes que vivimos juntos. Esos que en tantas noches creímos eternos.

¿Recuerdas nuestro atrevimiento al imponernos a todo? Es que cuando nos encontramos en la vida nada era fácil para estar juntos. Pero insistimos, ambos lo hicimos, fueron muchas las heridas, las equivocaciones y algunos aciertos a los que nos aferramos como si viviéramos en la playa de la isla griega que decoraba nuestra habitación, ese cuadro que veíamos en las madrugadas y a dónde prometías que me llevarías y construirías una casita para los tres. Cuando desde ya soñábamos con esa lucecita que años después llamaríamos hijo.

Recuerdas nuestras caminatas bajo el sol, hablando o pensativos, sin nada, ni siquiera un destino a dónde llegar. Recuerdo cada proyecto loco, en el que cada mañana de lunes me embarcaba y tú, simplemente me acolitabas como si creyeras que de esa manera comeríamos ese día.

Recuerdo la canasta de fritos para acompañarme a ver la novela y emocionarte, y terminar más conmovido e involucrado que yo, hasta las lágrimas cuando por fin los dos amantes se reencontraban.

Recuerdas la fe que nos proveyó la fuerza, para en medio de tormentas y calles tan oscuras, guiarnos y señalarnos siempre, siempre la ruta a la sorpresa, con la que todos los espectadores de nuestra historia quedaban boquiabiertos. ¿De qué manera se dio todo lo que tuvimos, de qué manera brotó tal cosecha cuando no teníamos nada? Pues mi Mora, si eso no fue un milagro del cielo, entonces qué puede serlo.

RECUERDAS el hotelito en Girardot, el restaurante en la carretera, la casa en Suesca, la pescadería al borde del río Magdalena, el histórico desayunadero, esos lugares donde nos conocían y nos recibían como si fuéramos a existir siempre. Recuerdo tu glotonería con los bizcochuelos del Espinal, los quesillos en tu tierra, las empanadas, chorizos, hamburguesas que tuvieron su cuenta de cobro para ambos. Nuestros años nuevos, 31 de diciembre, escasos o tan prósperos, nuestras navidades incómodos o retractándonos a planes solos, que siempre nos resultaron tan perfectos.

Recuerdas los grupitos de billetes y monedas, que en tiempos de escasez, pero tan bellos, muy bellos, quizás de los más bellos juntos, nos regalaban de a poquitos la cercanía a todo, mientras nuestra lucecita aprendía al verte, a contar y a atesorar lo poco y lo mucho, y reir sintiéndose lleno de todo

¿Recuerdas mi obsesión con el árbol de navidad, con ahorrar, con que no le echaras salsa de tomate hasta a la sopa de pasta, con que dejaras de roncar, aunque sea un poquito y las molestias con tanto tiempo que le dedicabas a trabajar?

Recuerdas nuestra total generosidad mútua, darnos siempre todo él uno al otro, y cómo hacías lo posible e imposible por llenarme de cuanto antojo, capricho, leías en mí, desportillando tus bolsillos porque no te importaba sino sentir que me podías regalar hasta el cielo.

Recuerdo tu insisitente esperanza en que siempre estaríamos bien.

También recuerdo cómo en medio de tu compulsión por trabajar, llamabas en la madrugada para decirme que me querías tanto, tu llegada luego de más de 24 horas seguidas de labores con flores en la mano para los jarrones en los que me embelezaba armando un arreglo floral como para un palacio, y sin importar el cansancio llevarnos a tomar caldo de costilla, y descansar despotricando de todos los empleados.

Cada lugar que tiene una historia contigo me conmueve el alma. Me confunde, me cuestiona, sin tener ninguna respuestas que me indique, y ahora qué, y ahora qué...

Pero hoy, cuando he huído al lugar más lejano posible de los recuerdos contigo, cuando hago el inventario de qué pasó, ya casi no me importa.

Sé que los errores son compartidos, que abrir mi corazón a otro mar, aunque no fuera cualquier mar, sino uno especial y único, uno que llevaba en sus olas un poema; abrirle mi corazón sin saber por qué, ni cómo, unido a las contingencias del momento nos aturdieron, empeoraron todo y entonces... entonces solo me queda, luego de intentar recomponer mis trozos en mil y una noches de desvelos y lágrimas que atravesaron todas mis certezas, solo me queda sonreír, y agradecer haberte tenido tantos días, tantas noches con la seguridad de todo, aunque todo fuera tan incierto.

Tal vez nunca más conoceré a alguien tan convencido de lo que soy como tú. Creo que tu seguridad me bastaba, cuando no sabía cómo encontrarme. Tal vez ya no habrá alguien a quien le brille tanto la mirada al encontrarnos, ni alguien que me conozca tanto en mis caprichos y aun así, aún así proclame al viento que soy la mujer más maravillosa del mundo.

Te confieso que aunque es evidente que me propusiste cosas que no quiero nunca más en mi vida, es evidente que lo que sí teníamos lo quisiera siempre en ella.

Te confieso que aún hay instantes en que quisiera correr a tu abrigo, ese que me resolvía todo, en el que era más fácil estar triste o feliz porque creía que pertenecía al mundo que habíamos construido, que allí estaba mi lugar y un día lo difícil se volvería pacífico, pero, pero ya no soy esa mujer, y a veces eso me duele más a mí de lo que te puede doler a ti. 

¿Qué pasó con ella, con la que siempre estuvo ahí inventando salidas, caminos para todo, la que a pesar de las tormentas siempre encontraba la certeza para seguir feliz, convencida y fuerte? A veces también me parece que a pesar de todo estoy mejor sin tí, y eso me confunde más, y seguramente por la lógica del amor, entiendo que seguramente tú también estás mejor sin mí, aunque suene una antítesis de lo que fuimos.

A pesar de todo siento que me faltó tu verdad, tu protección, y me resiento por momentos, resiento que no las usaras como tus espadas, como si ellas fueran las que nos hubiesen rescatado al final.

Hoy deseo mi amado de tantos días, mi anhelado de tantas noches, que seas feliz, siento que debemos dar un paso adelante… ya siendo otros.

Deseo que la luz que te acompaña te llene por completo, que vuelvas a batallar, que encuentres lo que anhelas, que ames, que te amen con lo que me haya faltado, o sobrado. Pero también quedarnos con el tesoro de contar que en nuestros días, es imposible no saber que estamos ahí, el uno para el otro, sí, estamos ahí quizás ya de otra manera que tendremos que aprender, con el sabor de lo que fue y de lo que no fue, ya sin dolor, sino quizás con la esperanza de cuidarnos hasta el final.

Gracias por haber estado ahí, y por tu amor. Lo mejor queda en nosotros, esa lucecita que llamamos hijo.

Rominia

los esposos

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