River

Corría octubre de 2009 y River era una caldera que estallaba con malos resultados (acababa de perder en el propio Monumental ante Independiente por 3 a 1), amenazas a los jugadores, insultos a Cristian Fabbiani y las elecciones presidenciales acechaban con duros cuestionamientos hacia la dirigencia de José María Aguilar. Así comenzaba el ciclo de Leonardo Astrada al frente del equipo, tras el alejamiento de Néstor Gorosito; durante todo este tiempo, El Negro, que llegaba como salvador y se apoyaba en su pasado de gloria (con 12 vueltas, el jugador más campeón de la institución millonaria), nunca pudo encontrar la paz que buscaba.

 

El propio Fabbiani y Matías Abelairas, Cristian Villagra, Daniel Vega, Nicolás Sánchez, Facundo Quiroga, Martín Galmarini, Diego Buonanotte y Oscar Ahumada eran víctimas de llamados intimidatorios a sus celulares luego de que en un portal partidario se dieran a conocer sus números de teléfono.

 

En aquel partido ante los Rojos hubo un hecho que no fue menor: en el medio de la cancha, Matías Almeyda se insultaba con Diego Buonanotte y en ese hecho resumían la impotencia de un plantel al que Astrada no podría domar jamás.

 

En esas horas, se conocería también que el resultado de un control antidoping realizado a Rodrigo Archubi tras el 2 a 2 ante Gimnasia y Esgrima La Plata, el 27 de septiembre, en el Monumental, daba resultado positivo, con todo lo que eso significaba. Astrada seguía sumando malas noticias. La muestra 5055, faja A018207, era otro mal presagio.

 

River levantó algo la cabeza cuando empató con Huracán 2 a 2 en la fecha siguiente. Pero 13 puntos le mostraban no sólo que el equipo deambulaba en los últimos puestos de la tabla, sino que los líderes se alejaban cada vez más.

 

Se venía Boca y había que prepararse. Crecía la figura de Daniel Vega y Astrada se ilusionaba algo con muy poco. Fabbiani seguía con crédito por parte del entrenador pero la gente nada quería saber de él. El grito menos insultante que recibía era el despectivo "gordo" y no había vuelta que darle: no le caía bien a la gente.

 

Astrada prometía por esas horas que se "sacarían chispas" entre los dos equipos. El 1 a 1 contra los de Alfio Basile quedó en promesas incumplidas. Ni entonces ni ahora, Astrada pudo armar un equipo base. Jugaron a no perder aquella tarde pero el técnico millonario lamentó el resultado: "Nos faltó un poco más de nafta", lamentó.

 

Gallardo se lesionaba, Fabbiani soñaba con tener la oportunidad de su vida que nunca terminaba de llegar (ni él de aprovechar) y El Jefe se respaldaba en la regularidad de Almeyda, tal como sucedió hasta hoy.

 

El 2 a 1 siguiente ante Argentinos fue la primera victoria del ciclo de Astrada y se la debió a Buonanotte y Rosales, autores de los goles, en La Paternal. Había ilusión pero también problemas. Ortega dejó la concentración y se complicaba su panorama como jugador millonario. Deprimido, una madrugada le pidió al técnico que no lo tenga en cuenta para jugar ante Lanús. Se afianzaba así la relación tirante entre el jugador, el técnico y el club. La noticia conmocionaba al plantel.

 

Un golazo en un entrenamiento en el predio de Ezeiza marcó el regreso del Burrito, mientras crecían los rumores de que Buonanotte haría las valijas para seguir en el fútbol mexicano. A mediados de ese noviembre se pensaba ya en las elecciones presidenciales, que marcaban el ritmo riverplatense. Y Astrada sólo quería hablar de llevar adelante un proyecto que entonces era incierto.

 

Pero Ortega le dio tranquilidad y alegría, cuando anotó el gol con el que River igualó 1 a 1 ante Estudiantes.

 

Fabbiani, finalmente, quedó afuera de los planes del entrenador y Daniel Passarella se impuso en las elecciones presidenciales que habían dominado todo el club en los últimos meses. Passarella ratificó la continuidad de Astrada, cuyo equipo lejos había estado de un ilusorio rendimiento. Pero políticamente no estaba mal ratificar al entrenador, aunque no se hicieran incorporaciones. El Jefe aceptaba lo que le daba el nuevo jefe.

 

Darío Cvitanich, la gran ilusión, no se incorporó y Astrada insistía con que hacían falta refuerzos. Llegó el veranito y un esbozo de buen juego fue suficiente para encender la mecha de la esperanza. Se caía también lo de Roberto Ayala, Andrés D"Alessandro y Claudio Bieler y para colmo de males, Buonanotte sufría el recordado fatal accidente de tránsito que lo marginó y tanto golpeó a la institución.

 

Los tiempos ya no eran los mismos entre Astrada y Passarella. El primero pedía refuerzos y el segundo los evadía. Se daban los primeros cortos entre ambos. Empezaba enero y el entrenador sabía que había que ganar el Clausura porque el equipo no participaría de torneos internacionales.

 

No llegaron figuras de renombre pero arribaron Alexis Ferrero y Juan Manuel Díaz y se le dio la oportunidad a un par de juveniles que ilusionaron, aunque sea mínimamente. Astrada se ilusionaba pero el hincha desconfiaba. Se venía el Clausura y se hablaba del promedio de descenso para la próxima temporada. Llegó también Gustavo Canales y Astrada se seguía ilusionando.

 

Empezó el torneo y fue derrota, ante Banfield, que todavía duele. River no pudo levantar cabeza. Hubo cambios en las formaciones por parte del entrenador y sobraron insultos. La paciencia del hincha, se sabe, tiene límites y en Núñez no hubo excepciones. Era febrero y Ortega tuvo otra de sus tristemente célebres recaídas. Corrían tres fechas del Clausura y el técnico refería una esperanza que no se justificaba. Ortega se defendía y Astrada evitaba la confrontación, que era un hecho y se ratificaría hasta estos tiempos en los que el entrenador, cansado de malos resultados y acosado por el tiempo, debió apelar a sus servicios aún sabiendo que no estaba en forma. "No somos un desastre", decía el entrenador mientras River se caía a pedazos. La llegada de nuevos jugadores había sido, para entonces, una mera ilusión.

 

Astrada tuvo que dejar afuera a Villalba por llegar tarde a una práctica y los resultados pobres llevaban a pensar en lo que se piensa hoy: el bajo promedio de descenso que comenzará a acechar desde la próxima temporada.

 

La costumbre pasó a ser la de cambiar al equipo: nada se repetía y a principios de marzo Passarella ratificaba la continuidad de Astrada, que el propio técnico avalaba asegurando que se iba a quedar hasta el 31 de diciembre; es decir, por nueve meses más. Gallardo también salió a respaldar al técnico y habló en nombre del plantel. Cuando se habla así, se sabe, es porque las horas empiezan a contarse.

 

Una victoria ante San Lorenzo dio un poco de aire pero Funes Mori volvió a perderse algunos goles increíbles. River era un equipo sin timón al que incendiaban los resultados y Ortega, que no se callaba y tiraba alguna que otra munición gruesa aprovechando su papel de ídolo. Si algo de ilusión había, se terminó en La Bombonera, cuando con baile Boca le ganó 2 a 0 y profundizó la crisis millonaria. Astrada murmuró que no se iba pero el equipo perdió 1 a 0 con Argentinos y se profundizaba el mal momento. Los insultos sobraban.

 

"Estoy más fuerte que nunca", decía un Astrada sin convicciones que apelaba –desesperado- al regreso de Ortega, en la caída ante Newell’s, por 1 a 0. El viaje a Tucumán sirvió para rescatar apenas un punto y nada más. El mal nivel de juego habló por si solo.

 

Dicen que el asunto se cocinó en el vestuario del estadio de Atlético, cuando Daniel Passarella le comunicó que no iba más y que había que hablar, a su regreso a Buenos Aires, hoy. Presionado, el mismo presidente que no habla con la prensa desde hace cuatro meses optó por un cambio de timón que no tranquiliza a nadie.

 

River carece de figuras e ilusiones. Ni Astrada ni Guardiola podrían hacer algo interesante con este plantel que pierde en la cancha y en la historia.

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