rencor

El rencor que nos perturba la vida

Vamos segregando en nuestro estómago todos los ácidos habidos y por haber, motivado a cualquier resabio rencoroso en contra de alguien o algo. Necesitaríamos tener una mucosa de acero que nos recubra las paredes del saco estomacal para evitarnos una úlcera. Nos regodeamos en recordar malsanamente, repasamos una y otra vez el episodio infortunado en que fuimos afectados por un menosprecio, un rechazo, el desprecio de una mujer, como un disco rayado, repasamos y repasamos el episodio pero; el rencor sigue ahí, carcomiéndonos las entrañas.

Hemos intentado una y otra vez, mostrarnos condescendientes, bondadosos, ponernos por encima de este sentimiento, que resta y no suma humanidad ni altruismo. Tenemos que reconocer que cuando no probamos la cicuta del comportamiento humano, nos deslizamos hacia un remolino emocional que nos perturba. Baste con haber pasado por la infidelidad de nuestra pareja, la hipocresía del amigo (a), más apreciado, la zancadilla de un (a) colega, un conflicto familiar para sentir rabia, dolor, rencor, impotencia y el deseo insano de la venganza se clava en nuestro corazón.

Es necesario relacionarnos, a conciencia; con el perdón para encontrar la claridad que necesitamos para encontrar una salida.

El proceso de perdonar

Es necesario vivir con lo que nos produce la situación. Experimentar cada una de las emociones que nos mueve sin colocarles etiquetas de malas o buenas, más bien aceptarlas como son. Analizar cada una de las etapas, negación, rabia, confusión, resentimiento… Sin irnos por la tangente, de seguro esto nos ayudará a comulgar con el perdón en nuestro interior.

Intentemos perdonar

Sí existe dentro de nosotros la intención de perdonar sincera. Es necesario centrarnos anímicamente hacia el valor de la conciliación, lo que significa esfuerzo, paciencia, trabajo humano, y persistencia para alcanzar el objetivo.

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La distancia necesaria

Intentar perdonar mientras estamos en pleno conflicto, no nos lleva al perdón verdadero. Colocarnos a la distancia, nos permite juntarnos con lo que sentimos y, así; ordenar las ideas y entonces saber o dilucidar lo que queremos hacer. Por supuesto que puedes tomarte el tiempo que te sea necesario.

Perdonar no es olvido, entramos en conflicto cuándo confundimos las dos cosas. No es posible borrar lo que indefectiblemente forma cuerpo con nuestra historia personal y en cierta manera nos conmovió. Si nos apuran mucho, no es conveniente porque nos estamos negando a ver la realidad, y el valor que tiene la experiencia en el aprendizaje. Perdonar siempre será; que aún a sabiendas de la afrenta causada, logramos pasar la página y sentirnos en paz y tranquilidad.

Perdonar es liberarte

Cuándo nos abrazamos con el perdón, más para nosotros que, con la otra persona…, existe la posibilidad cierta de hacerlo altruistamente. Nos liberamos cuándo, ya no cargamos el atavismo pesado del rencor, comprendemos al otro, conscientes de sus debilidades, dejamos de torturarnos ante el recuerdo ingrato, nos olvidamos de la venganza, al punto de poder acercarnos con espontaneidad y fluidez. Transitar por la vida con rencores a cuestas, nos daña y nos impide disfrutar de la vida sanamente.

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