El paso del tiempo es inevitable para todos.

Pero Marta encontró entre los bártulos de un puesto del rastro un viejo reloj de cadena, de esos antiguos, como el que llevaba su abuelo, y viendo los bonitos dibujos que llevaba en la tapa, se agachó y lo cogió, se hizo la despistada, y volvió a agacharse dejándolo en el mismo sitio, cogió otro parecido, pero dorado.

Marta detestaba el dorado.

Revolvió entre las cosas que había sobre la manta de aquel hombre. Estaba en el Rastro.

De hito en hito, pensando que el vendedor no se fijaba le miraba furtivamente, cogió una caja de latón antigua, de Cola Cao, amarilla y con una mamá sonriente dibujada, que llevaba una bandeja y unos niños deseosos de sus tazas de cacao caliente.

Finalmente preguntó al hombre del puesto por algo en lo que realmente no estaba interesada.

Y luego por otra cosa.

Y ya por el reloj. Le contestó que 30 euros, y ella lo volvió a coger, lo giró, y vio que por detrás era transparente, lo cual le sorprendió gratamente, pero también vio que no funcionaba. Y así se lo dijo al desdentado y moreno hombre, que le pareció repugnante.

Tarifaron un rato por el precio y consiguió que de 30 se lo dejara en 15.

Marta salió del tumultuoso rastro que se celebraba en aquella parte de la cuidad cada domingo muy contenta y aquella semana llevó su nueva adquisición a un relojero del barrio de toda la vida.

Miguel coleccionaba relojes así y rápidamente le ofreció comprárselo por una elevada suma, pero a ella le hacían gracia sus dibujos y declinó su oferta. Tenía una preciosa libélula calada de algún metal por detrás, nunca fue buena sabiendo distinguir hierro de latón de cobre, de cualquier otro.

Hacía ya tiempo había encargado a Miguel un primer mueble expositor para sus relojes, ahora tenía un montón, pero este le parecía especial.

En unos días pasó a recogerlo, y le pareció espectacular como había dejado la plata, ahí se enteró que era plata, cómo brillaba cada pieza por dentro, como todos los mecanismos encajaban y la música de su tic tac hacía la magia del baile del tiempo.

Los años fueron pasando y Marta no parecía envejecer al ritmo de los demás, era una profesora de instituto, solitaria, que gustaba de leer, ir al cine o al teatro y cada cierto tiempo solicitaba el cambio a otra ciudad. Todos los domingos recordaba dar cuerda a su reloj de plata, el que por delante tenía un mandala enrejado tapando las manillas y por detrás era transparente.

Marta apenas había cambiado en las últimas décadas.

Finalmente se retiró de la enseñanza, tal como le correspondía.

Un fin de semana le picó la curiosidad y viajó hasta la ciudad donde había comprado su preciado reloj, la ciudad había cambiado por completo y decidió ir a la relojería, entró allí y encontró a un joven relojero con un aire que le recordaba al Miguel que un día conoció, le preguntó por él, y de entre las cortinas de la tras tienda asomó su viejo amigo, pero apenas lo reconoció.

Los años habían hecho mella en él, su cara estaba muy arrugada, su ceño estaba muy marcado, tenía dos largas líneas que le recorrían los antaño pómulos, hoy una cara alargada y con unos ojos profundos, rodeados de ojeras grisáceas.

Le saludó como si no la conociera.

De hecho no la reconoció.

Miguel era su único nexo con su vida pasada. Ya nadie la conocía, ya no estaba en la vida de nadie. El tiempo era su único amigo.

Marta se enamoró a primera vista de ese reloj

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