No sientes al invitado número trece a la mesa

El invitado número trece

Marina salió de la cocina satisfecha. Al pavo sólo le quedaban cinco minutos para terminar de hornearse, y las bandejas con los entrantes fríos ya estaban distribuidas en el centro de la mesa del comedor. Contó por enésima vez los platos y cubiertos que había sobre la mesa. Víctor no se había equivocado. Había puesto los platos de porcelana inglesa, los cubiertos de plata y las servilletas de hilo. Exactamente había puesto doce servicios, como ella le había ordenado.

Marina iba apuntando con el dedo cada plato mientras repetía los nombres de todos los invitados, para comprobar que no se les había olvidado nadie:

—Francisco y Sandra, Esteban y Estefanía, Manuel y Marta, Javier y Lola, Paco y Eva, Víctor y yo...— Se dijo por fin convencida.

Ya sólo faltaba que empezaran a llegar los invitados. Miró el reloj de péndulo de la pared del comedor, para comprobar que ya eran las nueve menos diez. Rápidamente cayó en la cuenta de que Sólo quedaban diez minutos para que llegaran los invitados y aún no se había vestido. Corrió escaleras arriba hasta la habitación donde se cruzó con Víctor que ya había acabado de ponerse el traje de fiesta.

— ¿Todavía estás así?— Preguntó atónito.

—Estaba echándole el último vistazo al pavo y revisando la mesa… Se me ha ido el santo al cielo.

—Pues como no te des prisa amor… la mesa y el pavo estarán prefectos, pero a ti te confundirán con la chacha— rio Víctor mientras salía a toda prisa de la habitación, para evitar los gritos de Marina.

— ¡Eh, muchachote…! ¡No te vayas tan deprisa! ¡Tienes que apagar el horno o se quemará el pavo!

— ¡Ya voy, pesada!— gritó Víctor desde la escalera.

Marina estaba muy nerviosa. Quería que todo saliera a la perfección. Era la primera noche buena que pasaban en su nueva casa. También era la primera vez que invitaban a sus nuevos vecinos a cenar. Era una zona residencial bastante exquisita y sus vecinos eran gente muy educada. Ya había pasado bastante vergüenza, el día que se enteraron sus vecinas de que no tenían servidumbre en la casa. Tuvo que excusarse diciendo que le gustaba hacer personalmente las tareas del hogar. Todas la miraron con incredulidad. Ellas se pasaban el día entero en el club social, mientras Marina se lo pasaba con el plumero en la mano. No podía hacer el ridículo con aquella cena. Ellas tenían que pensar que era un ama de casa por vocación, y no porque Víctor no ganara ni la cuarta parte del sueldo que ganaban sus respectivos maridos.

La noche transcurrió sin contratiempos. La cena estaba exquisita y todo fue como la seda. A las once y media empezaron con los cocteles y los puros. Marina reía, Víctor reía y todos los invitados reían.

A las doce en punto, el reloj de péndulo comenzó a entonar las doce campanadas. Francisco, que ya iba algo bebido, comenzó a contar a los invitados para sus adentros, mientras reía sin cesar y murmuraba: —Tiene gracia…, tiene mucha gracia esto, sí señor.

— ¿El qué tiene tanta gracia? Preguntó su esposa Sandra.

—Cuenta cuantos invitados somos, cariño… Luego dime sino tiene gracia la cosa—. Sandra comenzó a contar a todos los comensales. Cuando terminó, miró a su marido con la cara pálida y los ojos como platos, y asintió con la cabeza. Al instante aquellos hombres y mujeres dejaron de reír de inmediato. Se miraban los unos a los otros perplejos, como si todos ellos guardaran un extraño y retorcido secreto.

— ¿Qué es lo que ocurre?— Preguntó Víctor confuso.

—Nada— respondió Esteban casi de inmediato—. Creo que ya va siendo hora de irse a casa. Francisco ya está lo bastante afectado por el alcohol… Marina si eres tan amable de traer mi abrigo y el de Estefanía. Nosotros nos vamos ya.

— ¿Tan pronto…? Pero si todavía son las doce.

— ¡La hora justa para irse a dormir!— inquirió Lola—. ¿Puedes traer también el abrigo de Javier y el mio? Nosotros también nos vamos.

— ¿Pero se puede saber que ha ocurrido de repente…? Lo estábamos pasando bien hace cinco minutos ¿no?— Insistió Marina.

—Sí. Ha sido una velada estupenda; pero ahora tenemos que irnos— respondió Esteban.

—Marta y tú os quedáis… ¿no? Preguntó Víctor mirando a Manuel.

—No. Nosotros nos vamos. También se nos ha hecho un poco tarde.

— ¡Y nosotros!— Respondió rápidamente Eva.

Marina subió a la planta de arriba a buscar los abrigos de sus invitados. Cuando entró en la habitación la puerta se cerró con brusquedad. Al intentar tirar del pomo, se quedó con él en la mano; pero la puerta permanecía cerrada. Volvió a meter el pomo en el agujero y giró, pero la puerta no se abría; estaba totalmente atrancada.

De repente se oyó un grito en la planta de abajo. A continuación se oyó un tremendo ruido de cristales; como si estuvieran rompiendo todas las piezas de la vajilla, una por una. Después más gritos. De continuo una voz de mujer aterrada gritó: ¡No, mi marido, no, por el amor de dios! Marina reconoció la voz de Eva. Luego Más ruido de cristales, gritos, llantos, sollozos y más ruido de cristales.

Marina intentó con todas sus fuerzas abrir aquella puerta, pero la puerta no cedía. En la planta de abajo parecía que de buenas a primeras hubiese estallado la tercera guerra mundial, y la puñetera puerta… Lo intentó con más ganas… ¡Y nada…! la puerta no quería ceder.

A los diez minutos aproximadamente, se hizo el silencio de repente. Ya no había ruido de cristales, ni gritos, ni sollozos. No se oía nada en absoluto. Marina sin parar de pensar que podía estar ocurriendo ahí abajo, y temiendo por la salud de Víctor, se sentó en el suelo y lloró desesperadamente. Al instante notó una ráfaga de aire frío pasar por delante de ella; seguidamente volvió a sentir la temperatura habitual de la casa y al instante la puerta de la habitación se abrió de nuevo. Marina se incorporó y salió despacio de la estancia. Seguía sin oír ni un solo ruido y estaba aturdida porque tampoco comprendía bien lo que había sucedido en aquella habitación.

Al bajar las escaleras y ver aquel dantesco escenario, una tremenda arcada le vino a la boca, llenándosela por completo de agua. Respiró hondo y logró con mucho esfuerzo contener el vómito. Todo el comedor estaba regado de cristales de copas y platos rotos, cuerpos desmembrados repletos de sangre, y brazos y piernas desperdigados por toda la sala.

En una esquina del salón, Víctor mecía el cadáver de Manuel, que yacía en sus brazos con un tenedor de carne clavado en el ojo y la mitad del cuero cabelludo desprendido de la cabeza dejando entre ver su calavera sanguinolenta; mientras, Víctor susurraba casi sin aliento:

— Ya viene la ambulancia, Manuel, aguanta un poco más, amigo. De algún rincón de la casa comenzó a escucharse una canción: Noooche de paz, noooche de amor…

Un ruido de sirenas se paró frente a la casa de Víctor y Marina. Los enfermeros atendieron a las dos únicas personas que habían salido ilesas; ellos dos.

La policía de la zona precintó la casa. Dos agentes se llevaron a Marina y a Víctor a declarar a comisaría. Víctor repetía una y otra vez que el culpable de todo era el invitado numero trece. Declaró que se abrió la puerta principal con una ráfaga de aire muy fuerte y fría; a su paso, comenzaron a volar cubiertos y platos destrozándolo todo.

“— La ráfaga de aire fue matando uno a uno a todos los invitados, menos a mí; que aunque me atravesó varias veces, no me hizo ni un sólo rasguño; y tampoco tocó a mi mujer; que permaneció en la planta de arriba durante todo el suceso… Manuel me contó que la ráfaga era Belcebú, que venía a matarlos. Me dijo con su último suspiro de vida, que todos ellos habían vendido su alma al diablo a cambio de dinero y éxito. El diablo les concedió su deseo y les dijo: —"Transcurridos diez años, la noche de noche buena, exactamente y habiendo concluido ya la cena, a las doce de la noche en punto llegará el invitado numero trece a cobrarse vuestra deuda y a llevarse consigo vuestras almas…”.

Aquella noche buena hacía catorce años ya desde que Eva, Javier, Paco, marta, Esteban, Lola Manuel, Sandra, Francisco y Estefanía; hicieran el pacto con el diablo. Siempre habían tomado la precaución de no ser nunca doce personas en ningún acontecimiento; burlándose así del maligno. Pero en esta ocasión… simplemente se les había olvidado contar.

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