No me regalaron mi carrera.

No puedo concebir que digan que le debo mi carrera universitaria a la Revolución cubana. Yo, como tantos otros médicos de la isla, hice mis estudios a costa de un enorme sacrificio propio y de mi familia. Bien sé que al escribir mi testimonio pueden prohibirme poner nuevamente un pie en mi tierra y ver a los familiares que allí dejé, pero me indigna pensar que una mentira dicha tantas veces siga tomando luces de verdad a los ojos de quienes no conocen la realidad caribeña. Los cubanos que han estudiado, especialmente antes del boom de la universalización de la enseñanza, lo han hecho a costa de su sudor y dedicación.

En todas partes del Mundo, aún en los países más pobres, quien tiene talento puede acceder a una beca. En Cuba si no sigues sus reglas o comulgas con el sistema eso no va a suceder. Recuerdo muchos de mis amigos de enseñanza media que no fueron a escuelas al campo porque sus padres no se lo permitieron sabiendo que la promiscuidad y malas costumbres pululaban en esos sitios y que luego no pudieron acceder a preuniversitarios vocacionales por esta causa. Los que aprobamos los rigurosos exámenes de este tipo de institución, que no llegábamos a media docena en cada municipio y nos ganábamos estar en estas escuelas, íbamos con la ilusión de tener una educación exquisita y poco trabajo agrícola. Pero en Cuba todo cambia y casi nunca para mejor. La educación fue muy buena, quizás la mejor que nunca recibí, pero el campo fue duro. Recoger papas durante ocho horas luego de un desayuno de agua con azúcar y almuerzo de arroz y sopa de arroz para venir a comer en la tarde un menú similar al del mediodía es un recuerdo que quisiera borrar de mi memoria.

Nos tocó estar becados en el periodo especial. Aquello era como una prisión. Por 15 días en una institución cerrada y medidas disciplinarias para quien saliera a buscar comida. Trabajo forzado al sol del Caribe en campos aledaños a la escuela y para garantizar las cosechas clases suspendidas por jornadas completas. Luego días intensivos de estudios con once turnos diarios de clases, exámenes extremos y mantener un promedio excelente en las asignaturas de ciencias. Así durante tres largos años, pasando cuatro días en casa por quince becados en plena adolescencia. Apagones, calor, rigor académico, hambre y trabajo duro agrícola para luego presentarse a tres exámenes de admisión a la universidad. Que alguien me diga que no pagué con creces estos estudios.

Y al llegar a la universidad piensas que va a ser diferente, puedes ir a casa y no hay trabajo en el campo, salvo en pocas ocasiones. Pero nada cambia. Estudias intensamente para ser el mejor profesional que puedas, aun con zapatos que se rompen casi a diario y viajando por varias horas  haciendo autostop para ir a casa y no continuar becado. A partir de tercer año te conviertes en el esclavo de los hospitales. Haces historia clínica tras historia clínica porque eso es docencia y estas aprendiendo en el trabajo y te pagan un mísero estipendio que no llega a 30 centavos de dólares al mes. Y el trabajo es cada vez más difícil e intenso. Largas noches de guardia que te dicen estas aprendiendo pero lo que más haces es escribir reseñas clínicas y ser casi el secretario de los médicos graduados.

Finalmente te gradúas y vas por 2, 3 o más años a un campo a cumplir el servicio social. Llenando tus lagunas de conocimiento de forma autodidacta para servirle a esas personas que te ven como un santo. Muchas veces en sitios de difícil acceso, con una escasez de medicinas y recursos que te obliga a improvisar sobre la marcha. Es un enfermero y un médico con muchas ganas de ayudar, ganando menos de 20 dólares al mes y sin poder abandonar tu consultorio, salvo cada 15 días un fin de semana alterno o cuando vas a hacer guardias de 24 horas no pagadas en un hospital cercano. ¿Acaso puede alguien decir que yo le debo mi carrera universitaria a la Revolución cubana? No, mi carrera la hice yo como tantos otros hoy dispersos por el Mundo a costa de un inmenso sacrificio y dedicación. Ellos no me regalaron nada, usaron mi talento y el de los demás en beneficio propio.

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