Refunfuñando Matemáticamente

Recuerdo la inusitada violencia con que abrió la vieja puerta de madera del aula. Después de unos instantes de forzarla y estrujarla descontroladamente, con el rostro encendido chorreando adrenalina y ciego de furia, al no ceder aquella, destrozando en pedazos la cerradura que la sujetaba, quedándose finalmente con la perilla de porcelana en la mano, hecho que lo encolerizó todavía más, y antes de huir como alma en pena, fuera de si por el corredor, miró con desprecio el pedazo de esfera que aún sostenía, lanzándola sin atinar con todas sus fuerzas contra una de las paredes del recinto, estrellándose ésta y rebotando de sesgo como un perdido, traicionero y errático proyectil por todo el salón, pasando peligrosamente por encima de nuestras apreciadas cabezotas.

Tan insólito e irracional proceder conocido como un “patatús”, surgió cuando este pequeño, nervioso y explosivo profesor de álgebra, que también lo era de disciplina, comprendió que había sido objeto del ridículo, la burla y la manipulación por parte de “Palemón”, uno de los tres hermanos de la serie, alumnos de vieja data y que había estado todo el tiempo dictándole a propósito y equivocadamente el enunciado del ejercicio algebraico; obligando al matemático en tres o cuatro fallidos, y sufridos intentos, a esforzarse a fondo para resolver a satisfacción en el tablero y ante la expectante y cómplice mirada de sus pupilos el complejo problema, quedando cada vez que lo intentaba más y más desconcertado, confundido y perplejo después de múltiples garabatos, para satisfacción de los “jóvenes” que gozábamos del drama y tortura que vivía esa fría mañana el catedrático.

Curiosamente en esta ocasión el menudo maestro no tomó represalia alguna. Él, que como prefecto siempre imponía castigos, posiblemente se abstuvo de reprendernos previendo la reacción; si conocíamos su intención de penalizar el abuso del que fue objeto, de inmediato hubiesen surgido las inocentes victimas del proyectil, al igual que su irresponsable acción seria magnificada y de conocimiento general por el Establecimiento. Sin pensarlo dos veces optó días después por sentenciarnos sutilmente con gran lucidez, con un examen tan complicado que ni Copérnico, Newton o Einstein reunidos mancomunadamente hubieran descifrado el infernal acertijo.

Eran éstas las clásicas e iracundas reacciones del chiquitín de disciplina, quien su mismo atropellamiento e hiperactividad física, sumado a su insólita agilidad, nos recordaba al observarlo, al género de las ardillas, roedores tan inquietos y ligeros como aquel maestro. En una famosa ocasión, fiel a su temperamento, se ganó un violento e imborrable puñetazo, que le fracturó la nariz, haciéndolo rodar en volantines como un trompo por el pavimento, dejándolo incapacitado por varias semanas y deformándolo para siempre por más cirugía practicada, al punto que sus amigos empezaron a llamarlo acertadamente “El chato” Galindo.

Incidente sucedido al lanzarse intempestivamente de un largo y veloz salto sobre dos alumnos que se liaban a golpes al intentar desatar e interrumpir la pelea en que estaban enfrascados, cayo éste con tan mala suerte, encima de la espalda del estudiante de origen lituano, cuya familia como tantas había llegado del distante báltico huyendo de la guerra, buscando otros horizontes, porque curiosamente igual al Edén del Fantasma, en la diversidad convivíamos armónicamente impregnados de una significativa colonia de descendientes del pueblo elegido. Jayanazo nórdico que sobresalía notoriamente de la latina muchachada criolla, al ser este vikingo un descendiente directo de Olafo, el osado navegante.

Su nombre Alkis Dirikis, que por su simple diferencia étnica, era materia de un permanente e irracional acoso de sus compañeros, respondiendo siempre valientemente el nórdico a las injustas provocaciones y tontas incitaciones; iniciada la confrontación, embestía sin miramientos, demoledoramente, cual locomotora desbocada, reacción refleja por todos conocida y aprovechada; el éxito de salir bien librado del enfrentamiento con este gigante, era saberlo capotear, haciéndole el quite oportuno al bombardeo de trompadas y boleados que expulsaba maquinalmente. Estrategia desconocida para nuestro profano prefecto, que al introducirse inoportunamente en la lucha quedó expuesto y en la mira de aquel coloso, el cual en esta ocasión le conectó un excelente gancho de izquierda, impacto recibido de frente en todo el centro de la cara, pescozón tan contundente y salvaje como la maquinal patada de una briosa mula, poniéndolo de inmediato a dormir plácidamente, silenciando su algarabía, ante la atónita mirada del personal docente, que solícito y afanosamente lo auxilió. Zangoloteándolo atravesaron las arenosas canchas de voleiball, llevándoselo desgonzado, inconsciente de urgencia a la inapropiada enfermería; en tanto soplaba la usual ventisca fría del atardecer, meciendo las frondosas ramas de los centenarios, robustos y apretujados eucaliptos, que separaban las canchas del colegio, produciendo su característico rugir nostálgico, arrastrando los apuntes del educador que dispersos y desparramados quedaron en el campo de batalla, documentos que se perdieron al no recogerlos nadie, pues excepto al noqueado prefecto, era a quien le interesaban tales manuscritos.

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