Reflexiones de Viernes Santo.

  A propósito de aquella interrogante que Cristo formulara a Dios (su Padre): “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”; bien vale la pena disertar al respecto, para entender aspectos que se muestran muy importantes para la comprensión existencial de nosotros en este plano material.

  Nada sencillo resulta, desde el terreno de la razón, entender por qué Cristo fue inmolado o tenía que inmolarse por nosotros; no es razonablemente lógico que Cristo le pregunte a Dios por qué lo ha abandonado. ¿Acaso Cristo mismo no tenía idea siquiera de que su misión era inmolarse o ser inmolado para salvar a sus hermanos menores y que por tanto no estaba siendo abandonado sino consumándose su misión?. ¿Qué significó realmente esa pregunta, acaso en su sola voz estaba implícita la de todos los millones de seres futuros hoy desolados moral y espiritualmente? (más que abandonados casi todos desechados). Sí, sí, hay algo innegable: la humanidad está abandonada, casi toda ya desechada. Un análisis crudo de múltiples posibilidades, no deja de helar la piel.

  Siendo que los seres humanos (los millones y millones que ya han pasado por este plano material, los millones y millones que en él estamos, y los millones y millones que faltan por estar) gozamos de consciencia, inteligencia y razonamiento, ¿Cómo poder explicar y/o justificar el inmenso abandono moral y espiritual que nos embarga?.

  Moralmente, estamos abandonados: no hay principios, ni para con el semejante ni para consigo mismo; están disueltos por completo los valores cuya observación alimenta al espíritu (la cortesía, la caridad, la solidaridad, la atención, el respeto, la recíproca preocupación, etc., etc., etc.). Espiritualmente, también estamos abandonados: ya abandonados moralmente, los antivalores carcomen las almas; el odio, la ira y una multitud de sensaciones malsanas sustentan nuestra propia destrucción (material y espiritual en consecuencia).

  Si nosotros sabemos que somos frutos de una Creación (llamémosla Dios o como queramos) ¿cuán claros estamos en que no debemos separarnos de ella?; si decimos no creer en nada ¿alguna vez hemos creído que somos algo porque somos y que nada ni nadie ha participado en nuestra creación?. En cualquier caso, mientras carezcamos de claridad, estamos abandonados; porque nosotros mismos somos quienes nos abandonamos. Muchas veces, frente a alguna desesperación, decimos que Dios no existe porque no acude en nuestro auxilio; la realidad es esa, pero es porque la conducta de Dios hacia nosotros es el reflejo de la nuestra hacia Él. Estamos abandonados no a nuestra suerte; estamos abandonados al desastre. La humanidad está hundida en la desgracia de las armas, de la corrupción casi generalizada, de las drogas, de la perversión en todos los órdenes, de la neoesclavitud, del terrorismo abierto y del encubierto, de la economía aberrada, del fanatismo multidiverso, de la convivencia falaz apuntalada en leguleyerías y no en legislación… Y vivimos en guerra hace rato y no lo advertimos; toda relación y comportamiento humanos son bélicos: en lo laboral; en lo familiar; en lo social; en lo político; en lo jurídico; en lo financiero… …hasta en lo alimentario. Es que vivimos en guerra hasta con nosotros mismos; prácticamente, dentro de cada ser humano, hay una guerra. Todo conflicto que, entre nuestra multiplicidad de yoes internos, se manifiesta dentro de nosotros, es nuestra guerra interior; y lo exteriorizamos en nuestra mirada, en nuestra comunicación, en nuestros gestos y con nuestra conducta integral.

  Hay que comenzar, individualmente, a acercarse a La Inteligencia Suprema (Dios), no mediante religiones sino mediante la autopurificación interna: oyendo nuestra propia consciencia que siempre es la mejor guía para detectar lo correcto y lo incorrecto.

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