Redención

Mea Culpa

-          Padre, yo los mate – dijo tranquilamente Julio Armendáriz a su amigo de la infancia,

Pablo Medina, hoy sacerdote y párroco del sitio donde ambos crecieron. Un rincón de la gran ciudad, a más de 100 escalones de algo que pudiera llamarse avenida, empobrecido por el tiempo y la desidia. Plagado ya de los males que llueven sobre las ciudades al crecer y se estancan en los rincones como aquel.

-          ¡¡Julio!!... ¡¡que me dices!!.... ¿que has hecho? – respondió asombrado el joven sacerdote.

-          Yo lo hice… padre – repitió tranquilamente, cerrando sus ojos.

Pablo estaba hundido en el asombro. Aquellas calles lo habían visto crecer, hacerse hombre junto a su amigo de estudios, serenatas, tremenduras y confidencias, Julio Armendáriz.  Julio el calmado, Julio el ecuánime, Julio el recio, Julio el gran amigo.

Julio estuvo el feliz día en que fue ordenado sacerdote. Y fue uno de quienes lo recibió con júbilo cuando llego asignado a la parroquia que lo vio crecer.

El mismo Julio que hoy le decía en confesión esta lapidaria noticia.

En los últimos meses, en el barrio, la violencia se había recrudecido.  Niños, viejos, mujeres y trabajadores caían ante las balas y puñaladas que se escondían en las esquinas, en manos de desalmados sin escrúpulo alguno que, impunemente, mantenían el terror entre todos. Las casas humildes tampoco eran refugio ante aquella rapiña.

Gente llegada de no se sabe donde, gente que se escondía de extraños pasados y que se fue refugiando en aquel rincón de la ciudad.  Como sedimento que se atasca en el desagüe y no termina de salir. No eran de aquellos vecinos que había crecido y compartido en esa zona, antes salvada con la denominación de “parroquia”… hoy condenada ya como “barrio”.

Todos conocían quienes eran esos extraños…. y les temían. Eran esquivados…. nunca denunciados. La lamentable convivencia obligaba al silencio.

Pero de un tiempo acá fueron estos personajes quienes aparecían, uno a uno, sin vida, en calles, canales, escaleras y ranchos. La policía  hallaba sus cuerpos abaleados y con una cruz trazada a navaja en el pecho desnudo. La comunidad suspiraba ante cada noticia de éstas.  Era inevitable dejar asomar un rezago de sonrisa.

Los violentos maleantes empezaron entonces a arreciar sus ataques, incluso a plena luz y al descubierto.  Guapetones de manada al fin.

Pero al separarse e ir quedando solos, alguno de ellos terminaba su vida con mas plomo en la sangre de lo que sería saludable y aparecía con una cruz tallada en el pecho.

Y ahora Julio, precisamente Julio, su amigo, le confesaba ser el repartidor de balas y  cruces.  Y lo confesaba tranquilamente, casi con paz. Sereno.

Pablo vio acudir a su mente recuerdos de infancia, de muchachadas pero también  de su doctrina, de sus oraciones, de sus reflexiones personales.  Todo se mezcló confusamente en su mente y lo hizo permanecer callado un rato antes de lograr escoger que pescar, en aquel remolino de ideas, alguna para responder a Julio.

-          Julio, esto no puede ser….  Me mientes….   –

-          No Pablo…  es verdad –

-          ¿Porque Julio??...  ¿porque lo has hecho?

-          Por ti, por mi…. Por tu familia y las de aquí al lado…. por Dios mismo… –

-          No metas a Dios en esto Julio! -  gritó Pablo.

-          Padre…  quiero su absolución….  Quiero escuchar de sus labios que Dios sabe lo que hago y me ama –

-          ¿Estás loco Julio?

-          No Pablo –

-          ¿Al menos te arrepientes?  ¿Pararás esta locura?

-          No Pablo…. Padre….  no pararé –

-          Entonces no puedo absolverte Julio – dijo Pablo apesadumbrado

Julio suspiro hondo… bajó la cabeza en silencio. Luego se levanto.

-          Gracias de todas formas amigo – dijo y se marcho de la iglesia con paso lento y mirada perdida en sus pensamientos.

Pablo lo miró marcharse y se sintió impotente en ese momento.

Cerró los ojos y empezó a buscar respuestas adentro….  en su fe.

 

Miserere

Tres de la madrugada y el barrio duerme….

Bueno, no todo el barrio realmente.  A esa hora duerme la gente del día a día. Pero despierta y late el barrio oscuro, el subterráneo. La gente de noche a noche.

El joven apodado El Yaque, junto a su ya habitual grupo de muchachos, terminaba de beber la enésima botella de aguardiente que entre todos y en ronda se fueron tragando a sorbos.  Ya sentían el calor…. Ya sentían el coraje en el pecho. Todos gritaban y se decían insultos mientras contaban su última fechoría para risa de todos.  El Yaque era el más violento, el más decidido, curtido… y tenía dos pistolas.  Una de un policía que mato al emboscarlo en el barrio.  La otra de un vecino.  Se la quito junto con la vida al entrar en su casa y robarle sus cosas.  Dos trofeos de cacería que mostraba y narraba a cada arrebato de alcohol o droga que tenía.  Y luego salía a trabajar.  A arrojar su rabia y desprecio a quien tuviera la desventura de cruzarse con el. Su grupo lo seguía. Eran ocho vándalos. Nueve con el Yaque.

Su apodo, del que se enorgullecía, procedía del violento y criminal incidente que lo introdujo en la vida que hoy llevaba. Aun muy joven, junto a otros amigos mayores que él, atacaron,  despojaron y abusaron de una pareja de extranjeros alemanes que regresaban de la isla de Margarita y tuvieron la desdicha de quedarse accidentados en la carretera. La noticia del terrible crimen apareció en primeras planas unos días en la prensa.  Luego pasó.

Él conservaba una fotografía de la sonriente pareja, tan ajena a su triste destino,  en una hermosa playa, que atrás decía: “Playa El Yaque”.

Con esa historia como currículum entró al círculo de los desalmados donde se quedó a vivir.  Y fue rebautizado allí como El Yaque.

Ahora caminaba por aquellas calles, de noche, como dueño de ellas.

Junto a su grupo comenzaron a subir los escalones.

Las casas a oscuras indicaban que la gente dormía o lo intentaba.  Al resguardo de sus techos y paredes.

Una casa tenía luces encendidas adentro. El Yaque se detuvo a mirar.

 

La Sra. Cristina se levantó de su cama. El calor no se alejaba por mças intentos que hiciera su pequeño ventilador.  Además la tos intermitente de su nieto le ahuyentaba el sueño.  Fue a la pequeña cocina y encendió la luz.  Donde estará el jarabe de la tos?.

Lo encontró y cuchara en mano fue a darle su dosis al nieto.  Encendió la luz y lo miró. Estaba despierto. Aquel niño delgado pero pícaro era su alegría más grande. Su hija se lo había encomendado antes de morir luego del parto. Que tristeza tan grande. Que alegría de niño.

Las travesuras del pequeño la hacían sobrellevar mejor el infortunio y las necesidades que sobre ella cayeron al caer enfermo su esposo.  Hoy en cama.

 

“Fue un ACV señora”, le había explicado el doctor.  Nunca termino de entender del todo como un hombre fuerte y trabajador se veía de pronto paralizado y convertido en una carga hasta para si mismo.  Allí estaba en la cama. Aun dormido se veía triste.

Al caer enfermo él, ella debió dejar su trabajo de maestra que tantos años ejerció en la escuela del lugar.  Aquella que ella ayudó a fundar. La Maestra Cristina.  Hoy era la Señora Cristina.

De pronto sus pensamientos se vieron interrumpidos por un  fuerte sonido que provenía de la puerta.  Solo le dio tiempo a mirar hacía allá antes de que el infierno se desatara.

Con violencia la puerta se abrió, forzada.  Cuatro hombres entraron a la casa.

La Sra. Cristina paralizada de terror los miró y grito: Qué quieren?

Un fuerte golpe en la cabeza la hizo callar.  El niño aterrorizado comenzó a gritar y a llorar.  El hombre semiparalizado despertó y trato de incorporarse.

Pero un trueno en su pecho lo hizo caer de nuevo en la cama, sin vida.

El Yaque era el autor de este disparo, que para su jauría de animales fue como un aviso de permiso para comenzar el destrozo.

Entre gritos y risas volteaban todo, buscando nada, sabiendo que solo eso encontrarían allí.  Era solo por diversión esta vez.

La Sra. Cristina logro incorporarse y al mirar a su esposo sin vida grito desgarradamente y se arrojó sobre uno de los maleantes. Pero solo recibió golpes desde todos lados y cayó de nuevo en la cama de su acurrucado nieto que gritaba agudamente.

El Yaque los miró a ambos y sacando sus dos famosas pistolas los apuntó.

-          Silencio cucarachas –

Dos truenos más resonaron entre aquellas paredes. Luego silencio.

A los pocos minutos la casa ardía en llamas. La jauría había desaparecido en la noche.

Casus Belli

Pablo recibió la noticia antes del amanecer.

 - Padrecito, tiene que venir -

Ya para ese entonces entre los mismos vecinos habìan ahogado las llamas, para descubrir la macabra escena.

Los vecinos, aun tiznados de cenizas, serios, llorosos, miraban los humeantes restos.

Llantos de mujeres, silencios de hombres.

Eso encontró Pablo.

La Maestra Cristina.  Su querida maestra. Las primeras letras. El primer cariño fuera de casa. La primera figura de disciplina.  Su primer contacto con Dios.

Ella lo acompaño con mano suave y firme hasta que ya muchacho voló por su cuenta.

Así como a  él, formo a casi todos los que hoy eran hombres y se congregaban apesadumbrados  junto a la consumida casa.

Al llegar Pablo, todos lo miraron con expresión de interrogante tristeza.

El joven sacerdote miró la escena y en un instante ya todo era borroso.  Las lágrimas hacen eso a las miradas.  Bajo la cabeza y comenzó a hacer una oración a media voz.

Las mujeres allí presentes la siguieron. Los hombres solo guardaron silencio.

Uno recordaba la medalla que la Maestra Cristina le entregara por su avance en la lectura, otro rememoraba la vez que se hirió al caerse y aquellas manos lo curaron, otro mas pensaba en cómo aquella mujer formaba parte junto a su esposa de quienes criaron a sus hijos, el niño de Cristina, el nieto, que jugaba pelota con los otros niños.  Y así cada cabeza repasaba la estela que en sus vidas había dejado el paso de la Maestra Cristina.

Es difícil hablarle a Dios sintiendo el ardor de la rabia en la garganta y en el pecho.

Pablo, lo sabía muy bien.  La oración que elevaba salía de su boca. Pero su  garganta y su pecho ardían también.  Aferró su mente a las palabras que emitía. Y rogó: “Dios…  oriéntame”.

 

El cortejo fúnebre con tres ataúdes avanzaba lentamente por las calles del barrio.

Los vecinos, la gente de la escuela, la gente de la parroquia, familiares… todos hacían una multitud que caminaba detrás de las cajas.  Pablo iba al frente.

Al llegar a una esquina, Pablo mira que, sentados en el piso y recostado de las paredes de la licorería esta un grupo de hombres de mal aspecto, que miran pasar el cortejo.

Son ellos, todos lo saben. Son ellos.

Pablo los mira y busca sus ojos. Solo uno de ellos le mantiene la mirada. El Yaque.

-          Salud  Padrecito – le dice burlonamente y separándose de la pared se santigüa con la cerveza que sostiene en la mano…. terminando aquella burlona señal de la cruz sustituyendo el beso con un sorbo largo a la botella.

Groseras carcajadas desde su grupo celebran la ocurrencia  y se contienen burlonamente.

La gente del cortejo fúnebre desvía la mirada.  El odio asola sus almas… y la cobardía también.

Solo dos pares de ojo miran directo al grupo.  Los de Pablo, desconcertado ante tanto cinismo, y los de Julio, que también viene en el cortejo.  Pero esos ojos no tienen desconcierto.  No muestran nada. Julio solo levanta los dedos de su mano y en un gesto casi imperceptible les dirige una cruz trazada en el aire.

Pablo acelero el paso tratando de dejar atrás su indignación.  El cortejo arrastro su rabia tras él.

 

In Pectore

Pablo estaba sentado en la casa parroquial.  Esa noche, luego de cenar, se sentó a leer.

Ya había pasado un mes desde la muerte de la familia de la Maestra Cristina.. Un mes completo. Parecía que las aguas de la indignación popular bajaban de nuevo.

La prensa reseñó “la terrible tragedia” una semana. Comisarios y jefes de policías ofrecieron operativos especiales, algún político tomo la gastada y ensangrentada bandera de la inseguridad ciudadana para atacar a sus oponentes, mucha gente expreso su malestar por tan terribles hechos.

Luego pasó a ser un suceso mas.

Pero Pablo también sabía que en la misma página de sucesos de la prensa, donde antes estuvo el nombre de la Maestra Cristina, habían empezado a salir publicadas noticias de cuerpos de maleantes de su barrio que habían sido encontrados sin vida, abaleados…. Y con una cruz abierta en el pecho. “Presunto ajuste de cuentas” era lo que decían las notas.

Pablo, sentía una extraña mezcla de angustia y alivio.  Todos aquellos cuerpos, siete ya, eran de aquellos que miraron burlonamente pasar el cortejo.

Aun recordaba aquellos ojos fríos e irónicos que lo miraron ese día al persignarse con la cerveza.  Ese rostro, esos ojos aun no aparecían en la prensa.  Aun andaban cerca.  En el barrio.

La brusca y violenta muerte de los delincuentes de la zona había provocado notable un retiro de ellos.  Ya no se veían en grupos en el día.  Y mucho menos solos.  Ahora el miedo había cambiado de bando.

Y Pablo sabía más que nadie lo que pasaba.

Escucho tocar su puerta y, como aceptando algo largamente esperado, fue a abrir.

Julio estaba frente a él. Delgado, con expresión cansada, ojeroso, pero calmado.

-          Hola Pablo…  Padre –

-          Julio amigo….. pasa – dijo Pablo sintiendo un gran peso en su cuerpo.

Esperaba y temía este momento. Julio no había vuelto desde aquella vez que le confesó la terrible verdad.  Hoy regresaba.  No sabía si estaba preparado para eso.

Julio entro pausadamente y se sentó junto a la mesa del sencillo comedor.

Pablo se sento a su lado.  Un silenció cargado de pensamientos y sentimientos sirvió de prólogo.

-          Pablo…  te digo así o te digo Padre? –

-          Dime Pablo, como siempre.  Igual sacerdote y como él te hablaré –

-          Pero quiero hablar con el amigo –

-          Ese soy Julio. Y también el sacerdote.  Soy uno solo con mi vocación –

Julio, suspiró como cansado.

-          Esta bien Pablo –

Pablo  demoro en hacer la pregunta. Señalando un periódico la hizo:

-          ¡Fuiste tu? –

-          Totalmente sí Pablo – dijo con calma

-          Julio – dijo angustiado Pablo – ¿como es posible? ¿cómo pudiste? –

-          De eso vengo a hablarte. Como amigo y sacerdote.  Necesito hablarte a ti y a Dios.  Esto es entre Dios, tú y yo -

Pablo hizo silencio mirando a su amigo a los ojos.

Era el momento.  Tomó aire y escucho.

-          Pablo, tu eres de aquí. Crecimos juntos. Estas calles nos vieron pasar de ida y regreso del colegio. Nos vieron llegar en las madrugadas de muchachos luego de una fiesta.  Cada vecino es una historia que conocemos…. Que conocíamos.   Se nos llenó el espacio de gente extraña.  Muchos buenos. Otros no tanto.  Y de pronto hemos visto caer tristemente a gente buena. Pedro, el bodeguero, el que nos daba los caramelos como a escondidas de su esposa…  cuando resulta que era con su complicidad. Recuerdas? –

Pablo si recordaba. Permaneció en silencio

-          ¿Recuerdas a nuestra amiga Laura?.... la bella Laurita –

Pablo tragó grueso.  Ese fue un golpe bajo.  Laurita había sido su noviecita de joven.  Una cosa de algunos meses.  Pero aun recordaba la alegría y dulzura de ella. Y ese recuerdo le dio una punzada de dolor.

 - Laurita también fue victima.  La destrozaron moralmente antes de matarla Pablo -

Julio había perdido la calma y expresaba indignación. Sus ojos se endurecieron.

-          Pablo…  no permitiré que sigan –

-          Escucha Julio…  qué dices?  Tú no permitirás? Tú?  Quién eres tú para tomar justicia amigo mío? – dijo Pablo con desespero y casi con cariño.

-          Soy uno mas de aquí. Sólo eso.  Pero uno que decidió hacer algo –

-          Matar?

-          Hacer Justicia –

-          ¿Matando Julio?

-          Limpiando Pablo.  Limpiando nuestro barrio de la basura que nos mata y corrompe –

-          Son seres humanos los que matas! –

-          No….  No Pablo –

-          ¿Qué dices?

-          Esos no son humanos.  ¿O crees que un ser es humano solo porque lo dice sus genes? Un ser es humano porque es capaz de vivir “humanidad” Pablo. Humanidad que no tienen estos animales con forma humana, que nos agraden y destruyen. No son humanos Pablo….  No lo son. –

-          Son humanos porque Dios les dio un alma Julio.  Están perdidos en la oscuridad, es cierto, pero su alma vive allí…-

-          Dónde? – gritó impaciente Julio – Dónde esta esa alma? Crees que el hecho de estar vivos hace creer que hay un alma humana allí? No!  No la hay!  Destruyen como animales y ruegan como cobardes antes de morir.  Los conozco –

-          Y tu Julio! – exclamo Pablo – Y tu alma!  No te importa perder tu alma? O no tienes tampoco? –

Julio de pronto se calmó. Miró a Pablo con aquella extraña intensidad que últimamente lo acompañaba.

-          Si la tengo Pablo. Tengo mi alma.  De allí nace mi deseo de justicia. Justicia que hago. Cómo puedo perder mi alma por hacer justicia? –

-          Julio, la Justicia es de Dios! –

-          Y para los hombres Pablo.  Y cómo crees que puede Dios aplicarla si no es a través de nosotros mismos? –

-          Sí!  pero existen canales legales! –

-          Y quién los estableció Pablo? –

-          La misma gente!  –

-          Yo soy uno de ellos. De esa gente.  Sólo que asumo mi papel de brazo de la justicia. De la justicia de Dios.. y estoy dispuesto a asumir las consecuencias. Sean cuales sean –

-          Perderías tu alma? –

-          Pablo, no creo en ese Dios que dices, que permanece mudo y paralizado ante la injusticia.  Creo que Él nos puso aquí para que nosotros actuemos y no solo esperemos su mano divina.  Nosotros somos sus dedos!  Pero si me equivocara y tú tuvieras razón… entonces…. –

-          Entonces qué Julio? –

-          Entonces estoy dispuesto a condenar mi alma con tal de salvar la vida y paz de mucha gente de aquí.  Cada bandido que he matado mató a muchos antes. Y pudo seguir matando.  Ya no.  Al sacarlo de aquí estoy salvando vidas y limpiando este pedacito de vida que nos toco.  Yo asumo mi perdición… a cambio de salvar hasta tu vida… y la de tus padres y la de otros miles mas -

Pablo permaneció en silencio abrumado ante Julio. Su espíritu se agitaba en su pecho.

Julio hablo entonces

-          Padre, quiero la absolución –

-          Julio…  te arrepientes? Te entregaras? Pararas? –

-          No –

Con pesadumbre Pablo le respondió bajando la cabeza.

-          No puedo absolverte Julio –

Julio lo miro, fríamente. Cerró los ojos  y dijo:

-          Así sea –

Y se levanto. Camino hacia la puerta con más cansancio que al llegar.

 - Julio! – exclamó Pablo justo antes de que éste saliera – Tal vez no se que decirte para sacarte de esa tormenta.  Tal vez no logro estar a la talla de tus razonamientos. Pero amigo… y si te equivocas?  Si no conoces toda la verdad de todo? .  Permanece abierto y pide a Dios que te muestre la humanidad de todos y la justicia que Él es –

Julio escucho. Y silenciosamente salió y cerró la puerta tras él.

Pablo quedo sentado aun un buen rato allí. A ojos cerrados, hablando a Dios.

 

Ego te Absolvo

El Yaque y El Jhony caminaban en la semipenumbra de las calles.

La noche estaba fría y silenciosa.  Ambos se movían buscando las sombras.

En cualquier rincón podía haber peligro.  Aquellas calles, que hace poco eran suyas se habían transformado en cuestión de un mes en una trampa mortal.

Siete de sus compañeros ya no estaban.

Y tanto el Yaque como El Jhony sabían que eran los próximos.  Sabían que alguien estaba liquidando a la gente de la noche. Amigos, cómplices ya habían caído.  Pero siempre pensaron que simplemente se habrían metido en malos negocios y con  la gente equivocada. Riesgos del oficio.

Pero todo esto se había desencadenado desde la visita a la vieja aquella.  No tenía nada que robarle.  El Yaque sólo recordaba aquel paralítico que trató de abalanzarsele (que imbécil)  y la voz chillona de aquel niño miedoso.

Por eso les disparó. Y quien era el que había iniciado el fuego? Ah, si, El Indio.  Justamente uno de los primeros en aparecer con cuatro tiros en el cuerpo. Dos en la cabeza, dos en el pecho. Y aquella cruz tallada y abierta en el pecho desnudo.

Esa cruz… esa cruz que se repitió en los siete pechos de sus compañeros.

Una cruz…  Recordó entonces su señal de la cruz durante el cortejo fúnebre de la vieja.

Recordó la mirada del curita. Como asustada y rabiosa.  Ya conocía esas miradas.  Justo la que ponía la gente antes de morir en sus manos.

Recordó también otros ojos mas.  Quién era ese? Un hombre delgado y como cansado que los bendijo.  Bendecirlos! Esa mirada era diferente.  Era fría. 

Un ruido lo hizo paralizar sus pensamientos y su cuerpo. El Jhony también se detuvo y miraba alrededor.

-          Estas asustado alimaña? – dijo burlonamente El Yaque, mas para ocultar su propio miedo que para otra cosa.

-          No vale Yaque…. Pero hay que estar bien moscas. La cosa esta peligrosa – dijo cauteloso El Jhony.

En la oscuridad solo se miraban las paredes, la calle, el barrio en penumbras.  Y el silencio.

De pronto, de la penumbra y casi frente a ellos surgió una sombra.

Antes de que pudieran siquiera reaccionar dos estallidos seguidos explotaron en el silencio. El Jhony salió proyectado hacia atrás y cayó al piso.  Su pecho tenía dos agujeros.  Estaba muerto.

El Yaque instintivamente sacó sus dos pistola y comenzó a disparar hacia el sitio donde había estado la sombra. Pero esta había desaparecido.

Miró el cuerpo de su compañero y enloquecido arrancó a correr hacia la penumbra.

Al alejarse escucho atrás de si dos disparos más. No eran para él.  Inmediatamente supo que Jhony estaba recibiendo las dos balas en la cabeza y la cruz en el pecho.  El hombre de las cruces los había hallado!.

El terror le daba agilidad a su cuerpo delgado y acostumbrado a huir. Pasaba entre paredes, árboles y techos, pistolas en manos.

Al final, se detuvo en un oscuro rincón, exhausto. Sin aliento.

-          Mataron al Jhony…. Mataron al Jhony – se repetía sin parar.

Oyó pasos a su espalda. Se volteó apuntando con las pistolas y solo le dio tiempo de apretar el gatillo una vez. Pero se escucharon tres detonaciones y sólo una era de él.

Los golpes en el pecho y el brazo lo lanzaron contra el piso desarmado.

Allí tirado boca arriba logró ver acercarse una figura delgada y con caminar cansado. Tenía una pistola en una mano. La figura se acercó y lo miró a los ojos. El Yaque los reconoció. Justo en ese momento notó que el brazo desarmado sangraba. Pero el hombre extendió su mano e hizo una cruz en el aire sobre él.

“El de la bendición!”.  Fue lo último que pasó por su cabeza antes de que dos balas entraran en ella.

 

 

Julio estaba en la cama del hospital.  Había ingresado con una herida en el brazo.  Había perdido mucha sangre. “Intento de atraco” explicó cuando fue interrogado.  Un caso común en la zona. Miraba el techo pensativo cuando Pablo entró.

-          Julio! Estás bien? – preguntó preocupado

-          Si Pablo, un rasguño fuerte…. No más –

Pablo arrimó una silla y se sentó a su lado mirándolo. Sacó un periódico de su sotana y se lo colocó en la sabana.

-          Lo hiciste Julio? –

-          Si Pablo….  –

Pablo cerró los ojos sin palabras.

Una vieja enfermera se acercó a ellos.

-          Bendición padrecito. Vengo a cambiar el vendaje señor –

-          Adelante señora – dijo Julio tranquilo aunque apagado.

La enfermera comenzó su trabajo y al mirar al periódico dijo

-          Ay…  mataron a Efraín –

Pablo siguió la mirada de la anciana y notó que se refería a la foto de El Yaque, encontrado muerto la noche anterior.

 - Efraín?  Lo conocía señora?

 - Si padrecito. Lo conocí. La verdad, lo ayude a venir al mundo en este mismo hospital. Su madre, murió la pobre. Era tan débil. Y estaba tan sóla.  Era un niño dulce y quedó sin nadie. Nunca supimos de algún padre o familiar. Lo entregamos a una institución social. Allí lo visitábamos algunas compañeras y yo. Por un tiempo– explicó la enfermera

Aun pensativa, como buscando recuerdos prosiguió:

-          Luego lo vi casi desnudo y descalzo en un semáforo, pidiendo dinero.  Estaba flaco y triste. Lo reconocí y lo llamé.  Estaba muy golpeado y se le veían ya cicatrices de quien sabe que heridas…  pobre Efraín.  La última vez que lo ví estaba con varios muchachos mas… de muy mal aspecto. Y me dio miedo acercarme.  El me miró pero sus ojos ya no eran iguales.  Había tanta rabia allí. Tanto rencor al mundo. Pobre Efraín…. Si hubiera tenido otra oportunidad -

La vieja enfermera Salió de su ensimismamiento y siguió cambiando las vendas.

Pablo quedó en silencio mirando a Julio, que había quedado petrificado. Con expresión de asombro volteó a mirar a Pablo.

Al ver los ojos húmedos de su amigo Pablo, mantuvo el silencio, entendiendo que algo se estaba removiendo allá adentro, y  dentro de sí algo susurró… “Ego Te Absolvo…”

 

Fin

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