Una luna llena, amarillenta, translúcida e imponente, cual moneda plateada, sobre la mesa vestida con mantel de lino oscuro como la noche, bordado por una lluvia de estrellas y una hebra olvidada, emulando la estela de un lucero nómada y fugaz.

Recuerdos intermitentes, imágenes atesoradas en la caja de resonancia de los pensamientos vivos, que se confunden con una realidad inusitada y relampagueante; ¡Abuela! ¿Por qué te fuiste?

Al margen de las remembranzas de otrora que asaltan al corazón, que invaden mis ojos de llanto y truncan a medias con una barricada de sentimientos apretujados en la garganta.

Se vislumbra otro destello y me muestra a una pareja de enamorados sentados juntos en el pórtico a media luz, dejándose acariciar por el rocío de medianoche, hablando de todo cuanto hablan los novios, tocándose las manos, la cara, los cabellos y después de pasar la vista por lo que los rodea juntan de forma picaresca los labios, frescos, juveniles, mientras olvidan en donde se encuentran.

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