Recorrido Errante

Recuerdo el chevrolatas, como llamábamos al carromato destartalado de los tres que componían la insigne flotilla de transporte del plantel, durante años fue el medio de locomoción en el recorrido al colegio, trayecto en el cual se interponía una colina sabanera con una mediana pendiente que para este viejo vehículo se convertía en la cuesta de la muerte. Con ansiedad esperábamos su aproximación, sintomático de no culminarla era cuando empezaban a escucharse las tempranas maldiciones, improperios y blasfemias, primero en susurro y luego subiendo el tono, finalmente vociferando a voz en cuello, que profería Alfredo, el descamisado caratejo y experimentado conductor, quien en forma simultánea y frenética aplicaba todos los cambios, haciendo crujir la caja de velocidades, desarrollando sus aptitudes y conocimientos al volante. “Chancletéelo” le aconsejaban chillando, para impedir a toda costa el inevitable desenlace, expectantes hacíamos fuerza, aferrándonos a los asientos con los labios apretados y torcidos, invocando al santísimo con propósito de enmienda y penitencia incorporada. Ofrecida para que no culminara aquella chatarra la penosa subida, cuando finalmente aquél vejestorio automotor se detenía con un brusco y seco cimbronazo, exhalando vapor que se escapaba silbando en columnas y chorros de agua y vaho hirviente por las ranuras y remotos orificios del motor, como una bella locomotora. Todos en coro, en un estallido violento de júbilo gritábamos y saltábamos frenéticos de felicidad y emoción plena, escena esta equiparable solamente a cuando se lograba el anhelado gol del equipo preferido.

Detenernos significaba dos horas de retraso en la campiña a la vera del camino y olvidarnos por lo pronto de la repugnante y estresante previa de Algebra, de la tarea de Cálculo o de la clase de Química, además, por añadidura, la guachafita que se iniciaba justificada por el impase al quedar solos y sin control, cuando el profe responsable del orden y disciplina en el bus, debía ir a contactar la forma de llegar al Colegio avisando personalmente (por aquella lejana época todavía la telefonía celular no estaba ni en la mente de alguna avivata, todopoderosa y lucrativa multinacional) de la varada, y luego proceder al rescate de todos estos sinvergüenzas.

Si el acontecimiento sucedía no de ida al Colegio sino de regreso, había ciertas variantes en el procedimiento, se debía contratar un bus que resultaba igual o peor de desbarajustado, solo dos empresas de transporte podían prestar servicio de alquiler, la de la ruta chico – miranda de los buses amarillos y rojos o la de lijaca – usaquen e intermedias, esta ultima ruta mas rural y la que mejor se acomodaba a la urgencia, ruta que en general transportaba líchigo, mercaderías y animales menores de los rústicos campesinos de la región. Hoy todavía se conserva circulando por ilegales barrios obreros de los hijos de aquellos campesinos y artesanos que la ciudad absorbió, prestando el mismo servicio, sin animales desde luego, no por control, sino porque ya es imposible adquirirlos. Ahora transporta piezas metal-mecánicas, autopartes o materiales de construcción. Se mantiene una invariable y endémica constante, la suciedad.

Como el conductor del bus contratado no conocía la ruta y el profesor responsable, quien sabe dónde y cómo se había extraviado, dirigíamos a nuestro amaño y acomodo el retorno a casa, con precisas y categóricas órdenes se indicaba, al conductor, subir por acá, voltear por allí, devolverse, girar, esperar para ir a la tienda y tomar gaseosa con roscón o mogolla chicharrona, entrar a la peluquería del barrio, sentarse en la deshilachada silla del barbero, con la complicidad de éste, y desde allí hacer señales indecorosas y fanfarronas a los del bus, permanece la imagen de Carlos Botero - “El Negro”, con sus dotes histriónicas de frustrado actor. Pacientemente y a carcajadas esperábamos que terminaran las muecas y payasadas.

Así se iba indicando el camino de regreso, aprovechábamos desde luego para que todos y cada uno de los aplicados estudiantes nos quedáramos cómodamente al frente de nuestras viviendas, partiendo con gritos de despedida y gran agitación entusiasta de pañuelos, como cuando finalmente se van los parientes después de días de añorada convivencia, provocando fruncidas miradas de transeúntes y vecinos desprevenidos, quienes no comprendían la situación. Llegábamos naturalmente un poco más tarde de lo habitual, pero contentos de la experiencia. Sólo hasta hoy he pensado mesuradamente en el sobrecosto en que se debió incurrir por el servicio de alquiler del vehículo, que la administración del plantel pagaría dobletiado por semejante caótico recorrido y tiempo extra empleado.

Al llegar a casa, mi Madre siempre solícita, tenía preparadas las deliciosas onces, la merienda de la tarde, que con Martha y Daniel, mis hermanos menores, consumíamos de prisa, olvidándonos del acontecer del día, para arrullados ver pronto en blanco y negro la anhelada y chambona programación de la bisoña televisión estatal. Que la verdad después de cincuenta años, a parte del color que pregonaba doña Gloria, poco ha cambiado.

En cuanto al chofer del Lijacá-Usaquén e intermedias, se decía que después de esa gimnástica y alucinante faena mataba maniacamente su tiempo conduciendo como zombi los carros chocones de la ciudad de hierro del recordado Parque Nacional.

 

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