El barrio de la Recoleta es, sin duda alguna, uno de los barrios elegantes y a la vez pintorescos de la ciudad de Buenos Aires y tal vez sea por ello que la realidad de las clases sociales más bajas resalte aún más en este barrio.

Aunque su fisonomía es totalmente distinta que la del siglo XVII, el desarrollo de la vida en este lugar parece no haber cambiado mucho.

En este barrio, desde hace más de doscientos años, se desarrolla la vida de las clases sociales más altas hasta las más bajas. Pero parece que esta coexistencia se sucediera en forma paralela, es decir, sin cruzarse entre sí, sin tocarse. Como si fueran distintos países habitando el mismo lugar cada una sin interferir en la otra.

Allá en 1580 Juan de Garay loteaba y repartía estas tierras entre conquistadores y pobladores de renombre.

Don Rodrigo Ortiz de Zarate estableciera allí la chacra “De los Ombúes” donde se establecieron caballerizas y se crió ganado. Sin embargo, los propietarios de estas tierras se fueron sucediendo hasta que los frailes Recoletos de la orden de San Francisco establecieron allí su monasterio y pegado a él un campo santo a partir de 1732. Que serían expulsados en 1822 por el gobernador Martín Rodríguez.

Por ese entonces también se habían montado allí mataderos y salares. A su alrededor, más bien sobre el cordón de la costa del río, se fue formando rancherío donde la peonada se instalaba.

A mediados del 1800, la epidemia de fiebre amarilla produjo que las familias ricas del centro comenzaran su éxodo desde San Telmo y el Centro hacia la zona norte, donde comenzaron a construir fastuosas quintas con mansiones de estilo europeo desplazando, cada vez más el rancherío de los trabajadores. Fue entonces donde por la calle Larga de la Recoleta (hoy Quintana) y por la calle Chavango (Las Heras) comenzaban a cruzarse la peonada, los trabajadores, yendo o volviendo de los mataderos con los carros o dirigiendo rebaños de ovejas con los tranvías que comenzaban a circular por ellas, con los ricos que, cada vez más instalados en las quintas viajaban hacia y desde el centro.

En el mismo recorrido podían verse los depósitos de desechos de los mataderos conocido como “El hueco de las cabecitas (actualmente plaza Vicente López) y el fastuoso y renovado templo que desde la expulsión de los jesuitas fue llamado “iglesia del pilar” y los paredones del Cementerio Norte remodelado a pedido de Bernardino Rivadavia y en el cual a partir de 1871 se prohibió el entierro de las víctimas de fiebre amarilla.

Durante el 1900 Recoleta se fue transformando, y según dicen lo sigue siendo, en un ejemplo de urbanismo.

Los palacetes de estilo europeo sobre avenida Quintana, las escalinatas del pasaje Guido, la “catedral inconclusa” cede de la facultad de ingeniería sobre la avenida Las Heras las barrancas, el Paláis de Glasé (antiguo edificio de obras sanitarias del barrio), la facultad de derecho, el cementerio y la propia iglesia. Son todas magnificas construcciones coronadas por plazas arboladas, monumentos, paseos. También modernas edificaciones se dan en el contexto del barrio, como el complejo formado en el antiguo convento que reúne el Centro Cultural, el moderno “mall” de decoración y las terrazas con restaurantes; e incluso el monstruoso edificio de la biblioteca nacional, y el novedoso centro de cines y restaurantes “Village” entre otras bellezas forman el tesoro, la jactancia de los vecinos del barrio de la recoleta.

Tal vez amparándose en su rico contenido cultural o su interés turístico es que este barrio fue y es mantenido de manera especial por todos y cada uno de los gobernadores, intendentes y ahora jefes de gobierno que se han sucedido en el poder ejecutivo de la ciudad.

Tal vez por esto, es que los vecinos del barrio cuentan con plazas parquisadas, cabinas telefónicas del estilo ingles y policías gordos y con cara de aburridos rondando, todo el día por todas las esquinas, con carritos de golf disfrazados de patrulleros o motitos de cuatro ruedas que, precisamente, tienen su circulación prohibida en el ámbito de la Ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, hoy que nadie recuerda las épocas de puebladas, pulperías y mataderos, a pocas cuadras de recoleta crece, hace más de sesenta años y a pasos agigantados, lo que podría ser la herencia de aquellos ranchos que alguna vez bordearon la costa del río. La villa 31 que se extiende detrás de la terminal de trenes y ómnibus de retiro. Un barrio carenciado que, en su exterior, ya cuenta con una muralla de casas de cemento, tendido de redes eléctricas, agua potable, cloacas y calles asfaltadas pero que dentro de ella los pasajes se hacen laberintos y las casillas de chapa y plástico dan calor de hogar a familias numerosas y extremadamente necesitadas y aunque de lejos uno pueda contar algunas antenas de televisión satelital, lo cierto es que en su gran mayoría, quienes allí habitan, necesitan de comedores comunitarios, salas improvisadas de emergencia, centros de apoyo escolar y el trabajo de voluntarios y militantes que se esfuerzan por llevar el barrio adelante así como los tan manipulados planes para jefes y jefas de familia.

Desde este barrio, del que los vecinos poderosos del barrio de Retiro (ex Barrio Norte) rechazan desde el 2001 el proyecto de re-urbanización que propone el gobierno porteño por temor a que se forme un nuevo “gueto” como lo fuera el denominado “Fuerte Apache”, todos los días, salen familias enteras en hordas silenciosas con sus changuitos, bolsas y carretas salen a buscarse el pan en los deshechos de los barrios de arriba (literalmente). Cartones, papeles, latas, botellas, maderas, metales, plásticos. Todo es materia prima en el arte de cirujear.

Durante la tarde del domingo en la plaza Intendente Alvear, que por contigüidad con la que originalmente lleva ese nombre también es llamada Plaza Francia, todo es fiesta y arte. Artesanos y artistas de toda la vida se entremezclan con “buscas” ocasionales tratando de hacer algún peso aprendiendo malabares o vendiendo globos, algodones de azúcar, pororó o garrapiñada. La gente que por allí ronda, generalmente joven, pasea, disfruta aunque compran poco y nada.

Mientras tanto en el centro de cines y restaurantes “Village”, el Centro Cultural Recoleta y el coqueto Buenos Aires Design, la gente que por allí ronda, generalmente señoras con tapados o ladrones de estilos, pasea, disfruta, aunque también compran poco y nada.

De todos modos es cuando el sol empieza a caer el momento en que la historia del 1800 y pico parece repetirse.

Cuando el frío empieza a correr por las espaldas de los artesanos, los puestos de la feria comienzan a quedar desiertos. Los músicos comienzan a guardar sus repertorios y los malabaristas y capoeiras desaparecen casi en silencio.

A partir de allí uno puede ver como las señoras elegantes, que acaban de cumplir con su deber de fieles, saliendo de la misa de las seis pegaditas al paredón de la iglesia para no toparse con los mendigos de la puerta. Y si esto llegara a suceder miraran con desconsuelo, suspiraran (no maldecirán por que eso no es de fieles) y guardando las manos en su abrigo apuraran el paso.

Puede uno encontrarse a los señores que se recluyen en los bares de la esquina de la biela, en los del paseo del pilar o en los del centro “Village” que, a pesar de sentarse junto al vidrio, muy horondos con sus celulares a mano, no parecen notar que por las calles, recién llegados desde el barrio bajo de retiro, familias enteras van haciendo cola en la puerta del McDonald´s para esperar las bolsas negras que traen la cena. No reparan siquiera en las chicas que, vestidas de oficinistas esperan, yendo de un lado a otro, que algún gil requiera sus servicios o que al menos el policía de turno en la cuadra sea el que siempre les pide un “diego” para no llevarlas en cana.

Caminando un poco por la avenida Quintana, uno ve más clara aún la diferencia.

Los pesados portones de los palacetes se cierran detrás de autos importados que entran casi sin mirar quien viene por la vereda, apurados por miedo a que les roben el tapón de la nafta, mientras afuera los carritos de quienes revuelven en las bolsas esperan con sus rueditas cansadas, desvencijadas una nueva jornada de transportar los desechos de los vecinos, esencial mercadería que será clasificada y amontonada en los basurales en el centro del barrio para su posterior venta.

Por su parte pareciera que, quienes revuelven las bolsas de basura se sintieran desconfiados o tal vez sientan desprecio o por vergüenza o por fastidio, hacen su trabajo sin mirar a quienes pasan a su alrededor.

Tal vez por eso es que si bien trabajan en grupo, en familia, arrastran sus carritos en silencio, solo hablan entre ellos cuando están cerca y lo hacen en voz baja. Se comunican con miradas, con señas, con chiflidos.

El miedo, la desconfianza, el desprecio, el desinterés, la intolerancia de unos por los otros hace que en este barrio, hoy como hace doscientos años (cuando los terrenos que no eran de nadie comenzaron a ser poblados por todos), existan dos realidades paralelas, que se desarrollan, que cambian, que se acercan, pero que nunca se cruzan.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: