En 1516, RAFAEL recibió el encargo de la que sería su última obra: La TRANSFIGURACIÓN. Se trataba de un cuadro de gran formato para decorar uno de los altares de la sede episcopal del cardenal Giulio de Médicis en la catedral de Narbona.

Rafael comenzó a trabajar en este cuadro de altar hacia 1518. Dividió la composición en dos planos que, a su vez, se corresponden con dos versículos consecutivos del Evangelio de Mateo: el superior, organizado en torno a CRISTO, habla de la Tranfiguración del Señor en el monte Tabor, y el inferior, donde están los Apóstoles, refiere la incapacidad de éstos para exorcizar a un niño endemoniado, por su propia falta de fe.

La Tranfiguración de Rafael

La división del lienzo está en concordancia con el mensaje que Rafael quiere expresar. Arriba la composición es circular, perfecta: Cristo flota, rodeado por Elías y Ezequiel, e irradia su propia luz divina, que se extiende por el lienzo; mientras que el ocaso naranja, al fondo, parece disminuido ante tal demostración de fuerza.

Abajo la composición de los Apóstoles está dominada por las líneas diagonales que acentúan el desorden propio del hombre, más marcado por la propia imposibilidad de los humanos para realizar un milagro que, al final, resolverá Jesús.

El propio tratamiento de la luz contribuye a realzar y diferenciar el dramatismo de las dos escenas. Así como arriba su efecto deslumbra al espectador , abajo resalta la expresividad de las emociones, las policromías y los claroscuros, sobre todo en ese centro oscuro, que se supone vacío por la ausencia del Redentor.

Según varios testimonios, Rafael pintó y terminó la cara de Cristo en la víspera de su muerte, acaecida en Roma el 6 de abril de 1520. Para muchos historiadores del arte, La Transfiguración de Rafael representa la obra pionera del maniersmo y del barroco. Se supone así por las exageradas contorsiones de las poses que adoptan los cuerpos en la parte inferior del cuadro.

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