Yo nací el 5 de julio de 1971 , en Elisa, un pueblo de mil doscientos habitantes al norte de Santa Fe, ese día mi papá estaba trabajando en el campo a ciento cincuenta kilómetros de nuestra casa, por lo que mi tío mandó un telegrama a la emisora radial del pueblo vecino desde donde transmitían los programas que se escuchaban en la zona para avisarle a mi papá que volviera del campo por que yo había nacido; de paso, se enteraron mis abuelos que vivían en San Cristóbal, otro pueblo cercano. Desde ese momento la radio estuvo presente en las pequeñas grandes cosas de mi vida. Recuerdo que en mi infancia tenía una atracción particular por los aparatos transmisores, mi mamá tenía una radio en la cocina, era rectangular de color plateado y negro, con botoneras blancas, y dos “ruedas” una para el volumen y otra para sintonizar la amplitud modulada; tengo muy presente ese aparato por que con mis hermanos se la robábamos a escondidas para jugar a los científicos. Otra radio que siempre me llamó la atención fue la de mi abuelo; era un aparato grande, de madera lustrada, la parte superior redondeada; yo quería que me la regalara para hacer un ropero para los vestidos de mis muñecas, pero nunca me la dio por que decía que era un recuerdo de su padre. La de mi abuela también me gustaba, era portátil, chiquita, por ese aparato tenía un cariño particular, y creo que era por el uso que mi abuela le daba. De niña, también sentía una intriga infinita por conocer a los pequeños habitantes que estaban dentro de la radio encargados de emitir los programas, recuerdo que mi papá solo escuchaba radio en el auto, cada vez que nos llevaba a algún lado sabíamos que no podíamos hablar, porque había que escuchar a la radio, yo la odiaba por que en esos momentos mi papá se abstraía, estaba como en otro mundo, a veces parecía obnubilado, en un momento llegue a pensar que quería mas a la radio, que a nosotros. Un día convencí a mi hermana menor para que me ayudar a “liquidar” a los habitantes que estaban en la radio del auto de papá, así que intentamos desarmarla pero no pudimos, entonces fuimos a buscar el insecticida y bajamos un aerosol entero dentro del auto para asegurarnos la eliminación total de nuestra enemiga. Pero la historia terminó con mi hermana intoxicada, yo en penitencia, y para nuestra desilusión la radio y sus habitantes estaban más vivos que nunca. Además del odio que le tenía a la radio de mi papá, también tenía una especie de envidia por la relación que tenían los otros adultos de mi familia con ella. Mi mamá siempre tenía la radio encendida en la cocina, yo me pasaba horas espiándola; a veces parecía que hablaba sola, otras se reía a carcajadas, en algunas ocasiones bailaba, y muchas veces rezongaba; en ese entonces creía que estaba media loca la pobre, pero ahora que ya pasó un largo tiempo, y que yo me descubre haciendo lo mismo que ella, me doy cuenta de “lo cuerda” que estaba. Mi abuelo tenía una cita semanal con la radio, solo la escuchaba los domingos después de almorzar, era un ritual para el sentarse en el living, junto con el tabaco y su pipa, y esperaba en silencio la transmisión de los partidos de fútbol. En la vida de mi abuela la radio tuvo mucha importancia, y creo que en la nuestra, sus nietos, también. Ella tenia una radio portátil, y de grande me di cuenta de que la usaba como una herramienta para acercarse a sus nietos, por un lado la usaba para enseñarnos, siempre de algún tema que escuchaba en la radio, armaba una conversación y nos hacía participar a todos. Y por otro lado la usaba para divertirnos y jugar entre todos; recuerdo los mejores momentos que pasamos con mi abuela y su radio, fueron en las noches de verano cuando sacaba los sillones a la vereda a disfrutar de la brisa fresca, la radio nos acompañaba y nos quedábamos horas escuchando, bailando y cantando junto a ella. En mi adolescencia, tuve mi primer contacto con la radio sin que intervengan adultos en el medio, solo éramos la radio, por supuesto mis amigos y yo. Tenía mis programas de música preferidos y mi propio aparato. Recuerdo cuando cumplí dieciséis años, de regalo recibí un radiograbador doble casetera, estaba feliz, durante las tardes nos juntábamos con amigas y llamábamos por teléfono a las FM, para pedir nuestras canciones favoritas; y nos quedábamos horas atentas así cuando finalmente las pasaban, las grabábamos en los casetes vírgenes, y nuestra alegría era inmensa si lográbamos copiar la canción entera sin que se escuchara algún comercial o la voz del locutor de fondo. Cuando estaba cursando la universidad tuve una relación más adulta con la radio, fue la primera vez que me di cuenta de que era una verdadera compañía, la radio estaba presente con música en las horas de estudio, escuchaba programas de actualidad, noticieros; pero la relación que marco esa época con la radio fue ese estado tan particular que mas tarde o mas temprano le llega a cualquier estudiante, a mi me agarró a mitad de la carrera , sin novio para distraerme, y con algunos kilos de mas. Me acuerdo que en esa época a la radio la bauticé “Radioola”, me encariñe mucho con ella, y esperaba ansiosa un programa que comenzaba a las diez de la noche, y su locutora saludaba diciendo, Hoooola amigos desde aquí les da la bienvenida Silvia Raviola, y yo al instante constesté hola Radioola!, y por mucho tiempo cada vez que la encendía le decía hoooola Radioola!. Me acuerdo que ese programa era un espacio donde la gente que estaba mal y deprimida, hablaba de sus problemas; escuchando tantos dramas reales me di cuenta que lo mío era una pavada, así que gracias a “Radioola” mi crisis existencial duro poco tiempo. Cuando estaba terminando mis estudios, comencé a trabajar, estaba muy atareada y por un largo tiempo la abandoné. Pero cuando me case, gracias a mi marido recuperé su compañía, ya que lo primero que compró para nuestro” nido de amor” fue el radio reloj, la radio estaba de nuevo pero en una versión más moderna, era una radio chatita color metalizada y digital. Era nuestra compañera de noche, ya que mi marido la prendía para dormir, y las noches de insomnio sin su compañía no podíamos retomar el sueño. Gracias a la radio descubrimos lo interesante, y divertida que es la vida de los noctámbulos, hay veces que de repente a las tres de la madrugada nos encontrábamos los dos riéndonos a carcajadas por algún comentario de la radio. Y hoy mientras escribo estas líneas, escucho la radio desde la notebook, me río, y pienso, ojalá dentro de unos treinta o cuarenta años pueda terminar el final de esta historia.

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