Cuando conocí al que sería mi esposo, tenía 26 años. Una mañana en que estábamos conversando, él me dijo que quisiera tener un hijo conmigo, eso fue todo un mundo nuevo, pues apesar de circunstancias y diferencias, de mundos y cotidianidades privadas, creíamos en un futuro juntos.

Hablamos de querer que creciera cerca a la playa, al mar; que corriera y riera; no se muy bien por qué, siempre coincidimos en querer en lo posible un niño. Cuatro años después, en tiempos de total, total austeridad económica, sentimos apesar de los pronósticos financieros, y hasta vitales, del mundo sobre nosotros, que ese era el momento.

El día que hicimos la prueba de embarazo, reunimos lo que teníamos de dinero para poder hacerla, y al salir positiva, el papá del príncipe que ya existía, y venía en camino, se arrrodilló en plena calle, conmovido hasta las lágrimas, a darle gracias al cielo.

Durante mi niñez un día, jugando en la cocina a hacerle el almuerzo a mi papá que estaba por llegar, en unas ollitas de juguete , en una licuadorcita que batía de verdad, y que me encantaba; recuerdo decirle tranquilamente a mi mamá que quería ser una mamá soltera, y ojalá antes de los 18 años, ella con evidente espanto, guardó silencio, mientras cocinaba.

Luego en mis años juveniles, aquelllos tiempos de la irreverencia, de empezar a leer autores que me transportaban a otro mundo, de un estilo de vida sin más preocupaciones que las internas, esos tiempos de la universidad; decía convencida, que no tendría hijos.

Cuando cumplí 30 años, sentía tal deseo de un hijo, que era un imperativo de felicidad. A mis 31 años, nació Jacobo, para iluminarlo todo.

Desde siempre ha sido un niño feliz, ese ha sido el regalo de Dios para él; la biblia dice, que en el vientre materno vemos los ojos de Dios; tal vez sea ese el momento, en el que El deposita en nosotros sus anhelos de Padre.

Jacobo lloró por primera vez cuando le pusieron su primera vacuna, a los dos meses, pues siempre estaba plácido, tranquilo, feliz. No he conocido un niño igual. 

Al levantarme por la mañana, ya algunos meses después, lo encontraba en su cuna despierto, esperándome, balbuceando, encantado con los móviles que la adornaban, y con su mano o pié, en la boca, le maravillaba chuparlos.

Cuando aprendió a pararse, se cogía de las barandas, en pijamas enamoradoras, y decía, preguntando, ma?. Al llegar yo a su cunita, extendía los brazos, para que lo alzara, y me abrazaba fuertemente con bracitos y piernas; sonriente, plácido, tranquilo, amoroso, feliz

Ahora que este príncipe tiene 11 años, al despertarlo, sigue oliendo a bebé, extiende sus brazos dormido y los engancha a mi cuello, consintiendo con su manita suavemente mi cara. No hay nada como eso.

Definitivamente, Dios nos inspira con un cierto tipo de deseo, a aquello que nos ha guardado El. Este HIJO, ha sido lo mejor de mis días, creo que todos los papás coincidirán conmigo en eso. Ser mamá ha sido maravilloso, estoy llena de tantos momentos, con este niño con el que hablo más que con nadie; recuerdos de su carita me invaden cuando lo veo ahora, y lo veo igual de hermoso, bello y FELIZ.

Recuerdos de verlo salir corriendo a tientas, cuando llegaba yo a casa, a abrazarme untado de torta; recuerdos de las canciones que cantábamos al bañarlo, de los cuentos de la noche, de las oraciones juntos, de las caminatas por el parque nacional creyendo que éramos excursionistas perdidos, de las escaladas arriesgadas a pequeñas rocas en Suesca, de estar en su cochecito mientras yo cocinaba cantándole: cucú cucú, cantaba la rana, y el soltar carcajadas de bebé, cuando me voltiaba a él, y le decía: cucú.

Recuerdos de sus primeras presentaciones de obras de teatro, en las que él era el narrador soprendente de todo un parlamento que se sabía de memoría; de que a los cuatro años se sabía más de veinte versículos de la biblia, que declamaba con el acento infantil que embellece todo. Ha sido un NIÑO tan lleno de gracia, que nunca le ha faltado nada.

En una navidad, recuerdo, él quería un muñeco, bastante caro para las finanzas del momento. Era el último día de labores en el colegio en el que trabajaba; esa mañana él me describió cómo quería el muñeco en su imaginación, era un Wolverine, con garras que salieran y entraran, y además hablara.

Lo escuchaba tan atenta como enamorada de su descripción confiada y detallada. Lo llevé conmigo al colegio, ya que era un día de despedida. 

Al irnos, se me acercó el que era mi curioso jefe, al que de hecho estimaba más de lo que él creía, y me dió un sobre, diciéndome que quería darle ese regalo a Jacobo. Resultó que era el dinero exacto para el muñeco que él quería; al ir al almacén juntos, como todo un paseo de risas, iendo yo en realidad un poco exceptica de encontrar lo que él quería con tanto detalle; llegamos y vimos en la vitrina un Wolverine, que precisamente sacaba las garras, y hablaba; acababan de llegar; lo compramos de inmediato, felices ambos. ¿Qué tal la maravilla?, ¿qué tal la mirada de mi HIJO, al ver ese muñeco? ¿qué tal la convicción en su corazón de que lo recibiría?

Así, ha recibido muchas cosas de personas que lo aman, ha recibido lo mejor de mí, solo porque Dios ha permitido que este pequeñito me inspire; ha recibido también lo mejor de su PAPA, que apesar de haber sido criado a rejo sin parar, lo ve con gran ternura y hasta se pasa de permisivo. Ha recibido todo de Dios, quien lo guarda, con el mensaje de que todo estará bien.

Llenaría hojas y hojas con relatos de mi hijo, de conversaciones y situaciones, de un amor que me ha permitido conocerlo y conocerme. Nunca quise más hijos, pues creo que la plenitud de ser mamá, ha estado completa.

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