Estamos controlados por desalmados que te sacan las entrañas, juegan con tu dinero e ilusiones y hacen y deshacen con total impunidad.  Es tal su devastador poder que todo, absolutamente todo lo que acontece en este deprimido mundo tiene su origen en sus decisiones; destruir la economía de una nación, hundir en la miseria a millones de personas constituyen meros pasatiempos. Son tan insustituibles, tan imprescindibles para la supervivencia, que se saben inmunes a los errores. Ya pueden provocar una crisis mundial, ya pueden propagar penurias y hambrunas; siempre saldrán indemnes. Incluso, cuanto mayor es la desgracia que promueven, mayor es el beneficio que obtienen.

No hablo de los políticos. Éstos no son más que monigotes, dibujos de cera de los que únicamente quedan manchas cuando desaparecen de la vida pública. Cierto es que son cómplices activos y que participan con avaricia en el reparto de las riquezas ajenas, pero no pasan de burdos peones en un tablero en el que reyes y reinas son intocables. Recogen las migajas que, voluntariamente, desprecian sus amos y señores, garantizándose futuros personales de opulencia y bienestar. Son ladrones de medio pelo. Su cobardía y comportamiento traidor deberían castigar su existencia hasta su descomposición. Pero por encima hay alguien más.

Me refiero a los altos, altísimos ejecutivos de banca mundial, grandes genios de las finanzas, expertos manipuladores de lo tangible y lo intangible. No tienen miedo a nada ni a nadie; si ellos tosen, la estabilidad del mundo se va al garete. Esto está estructurado así, y contra ello sólo queda el pataleo. Tenemos que ver cómo se ríen de nosotros, cómo se  vanaglorian de habernos sumido en la desesperación económica, y tragarnos el odio y la ira sin poder reaccionar. Además de cornudos, apaleados…

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