Leía esta mañana el siguiente texto en una red social:

«Es curioso que los adultos demos por supuesto nuestro derecho a una baja por ESTRÉS, ANSIEDAD o DEPRESIÓN; y que nos cueste tanto ver la misma necesidad en la infancia o adolescencia. La tendencia sigue siendo obligar a nuestros hijos e hijas a ir a la escuela a pesar de que lo estén pasando verdaderamente mal».

Al respecto, creo que a veces se infravalora la sintomatología descrita en los/as menores. Las familias (o cuidadores/as) necesitan “darse cuenta” de que ocurre algo y “darle la suficiente importancia”, es decir, considerar que es necesario “hacer algo”. Tan importante resulta lo uno como lo otro. Luego, debe existir la posibilidad de que el/la menor reciba una atención especializada. Y no siempre encontramos los/as profesionales y los recursos públicos específicos de atención a la infancia y la adolescencia en nuestro lugar de residencia.

“Son cosas de la edad”, “ya se le pasará”, “son problemas de niños/as”,… Desde nuestra concepción de adultos/as con lo que creemos que son problemas “reales” y objetivos, restamos importancia a las dificultades que se encuentran muchos/as menores en su desarrollo. A veces, pensamos que se trata de hitos comunes a todos/as los/as menores; otras, que se trata de una situación puntual o que los problemas “fortalecen” el carácter y que permiten el aprendizaje de nuevas habilidades para afrontar los “inconvenientes cotidianos”.

Imagen de una menor que parece afligida

Lo cierto es que cada uno encara los problemas como sabe y como puede. Y no siempre tenemos las herramientas necesarias para resolver situaciones críticas o, simplemente, dolorosas. ¿Por qué en los/as menores iba a ser distinto? Despojemos de romanticismo y de épica la superación del dolor. El dolor duele, y debemos acompañar a nuestros/as menores en sus procesos, como sepamos y podamos.

Conviene recordar, además, que detrás de ciertas alteraciones emocionales se pueden encontrar conflictos importantes como una separación/divorcio, violencia de género o violencia en el ámbito doméstico, abusos sexuales, fallecimiento de una persona querida, bullying o ciberbullying, etc.

Por otro lado, y referido al ámbito escolar, y a diferencia de lo que ocurre en el escenario laboral (donde nuestro trabajo lo asumen otras personas), creemos que la ausencia temporal de un/a niño/a en la escuela, puede contribuir a generar o agravar otras dificultades o problemáticas, y forzamos al menor a seguir acudiendo al centro escolar (a veces, el origen del problema). Y esta decisión no siempre se toma razonadamente.

Menor que expresa sus emociones

Como apostilla, creo que los problemas de salud mental (también en las personas adultas) reciben una atención deficiente. Aunque como adultos/as podemos entender que existen situaciones que nos sobrepasan e incapacitan temporalmente para el trabajo, aún demasiadas personas siguen creyendo en ideas tales como: la sintomatología es simulada; estar “triste” (forma errónea de concebir lo que significa una depresión) o “nervioso/a” (lo que entendemos por un episodio grave de estrés) no te incapacita para el trabajo; el problema es que se lo “toma todo demasiado en serio”; “desayuno un ansiolítico (o una copa), aprieto los dientes, y encaro el día”; “es un persona con carácter débil”; “no tiene agallas para encajar la presión del trabajo y los problemas normales de la vida”; etc.

Lamentablemente, la atención a la salud mental (en personas adultas o menores) sigue siendo la eterna asignatura pendiente de una sociedad que cada vez precisa de más cuidados en este ámbito. Ni encontramos siempre los recursos de ayuda que necesitamos, ni le damos la importancia que merece a nuestra salud emocional. Con los/as menores, igual.

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