Entre las invenciones modernas que sorprenderían a nuestros antecesores, están esas puertas automáticas provistas de un dispositivo electrónico, de tal manera que cuando alguien se acerca, se abren por sí mismas.

Si estoy atento a la voz de Dios que me llama, y me acerco a él, todos los obstáculos que me separaban de él huirán, así como esas puertas que se abren.

¿Se siente usted cargado con sus pecados, lejos del Dios santo? Jesús le dice: “Ven”, y le tiende la mano. “Yo soy la puerta”. Ven, mis manos fueron traspasadas por ti. Entra, yo pagué la deuda por ti. A cambio de tus pecados, recibe mi paz.

Pero es necesario entrar. Si usted se queda en el mismo lugar, si se apega a lo que es, a lo que tiene, al medio en que vivió hasta ahora, al pecado que lo esclaviza, no sirve de nada que la puerta esté abierta. Es necesario responder al llamado de Jesús. “Me levantaré e iré a mi padre”, dijo el hijo pródigo.

Luego, en la vida cotidiana, a menudo el creyente se asusta al constatar que no tiene la fuerza para luchar contra la oposición o contra la seducción del mundo. El Señor le dice: –Yo lo sé, “tienes poca fuerza”, pero con esa conciencia de tu incapacidad, descansa enteramente en mí y avanza: “He puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar…” (Apocalipsis 3:8). Finalmente viene el momento en que el cielo se abrirá para acoger a los hijos de Dios. “Sube acᔅ (4:1). La puerta está abierta. Jesús mismo la abrió y la mantiene abierta para aquellos cuyo lugar él preparó.

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