INTRODUCCIÓN 

Decir que el Cristianismo ha influido en el devenir de la reflexión ética en Occidente sería una total perogrullada. Contamos con poco más de dos mil años en los que la fe en la Biblia y en el Cristo predicado por una pequeña comunidad jerosolomitana ha permeado la visión de mundo que los hombres y mujeres de este hemisferios han construido a través de los tiempos.

El Cristianismo antiguo, ese que tiene sus bases en el supuesto cumplimiento de una profecía judía1 y que tuvo un desarrollo prolijo en el primer siglo de nuestra era, se muestra así misma como una doctrina normativa, canónica y por ende restrictiva. Y, si bien la lógica de los preceptos emanados por Jesús, el así llamado “Maestro de Nazaret”, eran el amor a Dios y al prójimo, los miembros de la naciente religión no dejaban de compeler a los iniciados a identificarse con una serie de directrices morales que, aunque arcaicas en su momento, continuamente fueron revisadas y actualizadas.

Amparada en los cánones de la Torá, el Cristianismo comienza una batalla interna por distanciarse del Judaísmo procurando no perder en su intento la identidad de su origen semita. Así, el primer concilio que reunió a los máximos dirigentes del naciente movimiento, y que fue celebrado en Jerusalén en el año 49 D.C. (Vidal, 1995), tuvo como centro de controversia el dilema fundamental de si era pertinente y necesario que los iniciados no judíos, a los que llamaban gentiles, fuesen circuncidados según el rito judío y sí, por lo tanto, debía además exigírseles que guardaran la Ley de Moisés.

Entre debates, acuerdos y divergencias la iglesia construye un corpus doctrinal en el que se afirman los presupuestos básicos de una cristología, una pneumología, una escatología y una eclesiología con visos de universalidad. Los frutos de tal esfuerzo teológico se deben, sin lugar a dudas, al aporte de hombres como Santiago, Juan y Pablo. Este último, con nacionalidad romana y judía, otrora perseguidor de los cristianos y de formación farisaica, escribió una serie de cartas que pueblan hoy más de la mitad de los escritos del Nuevo Testamento Bíblico. En sus epístolas se haya los intentos más denodados que apóstol alguno hiciera por establecer parámetros de conducta moral. De allí que no sea gratuito el que Nietzsche, el célebre filósofo alemán, lo llamara “despreciador del cuerpo”, debido a su radical manera de desdeñar del “deseo carnal”. 

Así pues, el concepto que sobre el cuerpo y su cuidado construyera Pablo, y que fuera expresado en sus epístolas, cobra valor en la tradición cristiana para convertirse en legítima base de un ethos religioso y místico que promociona hábitos de vida saludable. De igual modo, estas antiguas nociones, con el paso del tiempo, se han transformado en referentes para que algunas comunidades cristianas contemporáneas planteen y promuevan un estilo de vida saludable en el marco de su iniciativa de evangelización.

JUSTIFICACIÓN

La salud es un tema que ha inquietado al hombre en los últimos años. Organismos internacionales tales como la OMS o la OPS se preocupan por establecer programas de promoción de la salud y prevención de la enfermedad con el ánimo de ruducir los niveles de morbimortalidad en el mundo. Sin embargo, se ha llegado al acuerdo de que muchas de las enfermedades modernas, llamadas enfermedades crónicas no transmisibles, tales como la diabetes, la hipertensión arterial, el cáncer, la hiperlipidemia, etc., obedecen a factores conductuales, o, como se diría actualmente, a hábitos de vida no saludable.

Los hábitos saludables son promovidos desde muchas esferas. Así, por ejemplo, los Centros de salud, las EPS, los hospitales y las clínicas tienen que, por ley, establecer programas de promoción de la salud a las comunidades donde influyen. Se hacen campañas donde se invita a las personas a adoptar conductas tales como hacer ejercicio de manera regular, abstenerse de comer alimentos excesivamente grasosos, salados o dulces, a no fumar o beber en exceso, etc.

Sin embargo, la promoción de la salud no es algo exclusivo de las instituciones médicas. La religión, y más concretamente el cristianismo, exige de igual manera un cambio en los hábitos de vida de sus adeptos. Esto se puede ver con claridad en las epístolas del apóstol Pablo, uno de sus más versados líderes y promotores.

En los textos paulinos se encuentran prescripciones tocantes a los alimentos, la conducta sexual, la ingesta de alcohol, etc., todos ellos anclados a dos concepciones sobre el cuerpo: el cuerpo como un templo, y el cuerpo como una ofrenda.

Este trabajo se propone develar, a partir de las epístolas paulinas, las concepciones del cuerpo y de su cuidado que Pablo estableció en la tradición judeo-cristiana y que sirvieron de base, en su época, para promover hábitos saludables de vida. A su vez, se intentará demostrar como aun hoy algunas comunidades cristianas se guían por estos preceptos y promueven un estilo de vida saludable amparados en un interés espiritual.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA 

La psicología de la salud surge en 1978 bajo el interés manifiesto de aportar, desde la psicología, las teorías y constructos que pudieran servir como elementos de apoyo para el fortalecimiento de las intervenciones médicas y el desarrollo políticas de salud mundial, sobre todo aquellas que tienen que ver con la promoción de la salud y la prevención de la enfermedad. La historia ha podido constatar que, desde este saber, se han hecho aportes significativos sobre todo en lo que tiene que ver con el fomento de conductas saludables y el cambio, o mejor, la adopción, por parte de los individuos, de un estilo de vida saludable. Es así como, se han precisado las conductas de riesgo y se ha enfatizado en las conductas de protección con el ánimo de disminuir las tasas cada vez más altas de enfermedades crónicas no transmisibles tales como la diabetes, el cáncer, la hipertensión arterial, etc. 

La OMS ha llegado a la conclusión que este tipo de patologías obedecen a lo que hoy se considera como “Estilos de Vida”. Estos pueden concebirse básicamente como el conjunto de acciones, costumbres y hábitos regulares en la vida de un individuo. Se precisa entonces que existe un estilo de vida saludable cuando los individuos tienen hábitos que fortalecen su salud. Así pues hábitos alimenticios en los que se aumente o exagere en la ingesta de, por ejemplo, grasas o dulces, o conductas no higiénicas a la hora de su preparación, se considerarán hábitos no saludables y por ende prácticas que ponen en riesgo la salud. Otros hábitos como el sedentarismo o la falta de actividad física, se considera de igual modo un hábito no saludable. Según la epidemiología conductual de las enfermedades crónicas, “mientras los países desarrollados han ganado la victoria sobre las enfermedades infecciosas, enfrentan ahora el nuevo desafío de frenar el avance de las enfermedades crónicas. Las enfermedades crónicas como las enfermedades cardiovasculares (que a menudo terminan en ataques al corazón), cáncer, diabetes, osteoporosis, hipertensión arterial, arteriosclerosis y obesidad, dependen en buena medida del estilo de vida de las personas” (Gálvez 2002).

Nos preguntamos entonces ¿Qué motiva a los individuos a tener hábitos saludables? ¿Por qué algunos poseen un estilo de vida saludable mientras otros no? ¿Qué impulsa a un individuo a abstenerse de ciertos alimentos y bebidas y llevar un ritmo de ejercicio diario desarrollando de este modo un estilo de vida saludable? Los factores de promoción de hábitos de vida saludable, por los cuales se pueden generar y adoptar conductas de vida saludable son muchos, entre ellos podríamos nombrar: la prescripción médica –sobre todo cuando se está enfermo-, la costumbre familiar, la moda, la identificación con otro u otros –ya sean héroes, celebridades, o simplemente alguien admirado-, etc.

Es la intención de este trabajo incluir en esta lista un factor más, y hacer a partir de él un rastreo arqueológico2 que nos permita en la historia reconstruir su origen, este factor es el religioso.

En la actualidad el mundo religioso se puede dividir en: a. Religiones proféticas de Oriente Próximo (Judaísmo, Cristianismo e Islam); b. Religiones místicas hindúes (Hinduismo y Budismo); c. Religiones sapiensales del Lejano Oriente (Confucionismo/Taoismo y religiones japonesas) y d. las múltiples religiones naturales y tribales de los indígenas en África, Asia, Oceanía y América3; de modo que no es el propósito de este trabajo hacer un trabajo por demás desgastante en pesquisar religión por religión si existen cánones o dogmas que puedan tomarse como prescripciones, o bases para prescripciones, de conductas saludables; por tal motivo se reducirá el análisis a la fe cristianas y a sus más insignes fuentes: los textos bíblicos.

Se preguntará, ¿por qué el Cristianismo?

La propuesta de una fe universal, emanada de una pequeña comunidad jerosolimitana, impactó fuertemente el mundo occidental. El intento de globalización de la fe había encontrado éxito en la medida en que el inexpugnable imperio Romano había sucumbido ante el influjo cristiano y, Constantino, su emperador, dejando atrás todo intento de resistencia, había declarado oficialmente a “la Religión de la Cruz” como la legítima religión imperial. Finalizaron así las persecuciones, los encarcelamientos y las ejecuciones y la promisoria iglesia había comenzado su catolicidad. Dice Guignebert (1956), luego de describir la conversión de Constantino y la cristianización del imperio: “Más tarde, la fe cristiana conquista Europa y se difunde por toda la Tierra”. El cristianismo satura de conceptos, íconos, símbolos el mundo occidental. La salud se simboliza con la serpiente de bronce que levantó Moisés en el desierto y que dio sanidad a un pueblo que moría a causa de la mordedura de las serpientes venenosas; la Cruz Roja utiliza como ícono representativo precisamente la cruz, símbolo antiquísimo de la cristiandad y de la salvación que predica; a su vez, expresiones como “Chivo expiatorio” o “año sabático” cobraron valor semántico toda vez que su referente directo, el judeocristianismo, se hacía cada vez más popular.

El cristianismo se hace universal en la medida en que su líder, Jesucristo, aboga por una predicación expansiva: “… me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la Tierra” (Hechos 1, 8). Para el 2005, los datos estadísticos arrojaron que la población cristiana en el mundo era de 2.135.782.815 personas4, entre católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos, esto equivale al 33.1% del total de la población mundial, y, aunque con diferencias doctrinales y criterios de fe, en alguno casos opuestos y hasta excluyentes, los unos y los otros comparten en su “árbol genealógico” un séquito de antepasados común: la comunidad judeocristiana que residía en Jerusalén.

Este pequeño e insipiente grupo de hombres y mujeres, nacidos bajo los reglamentos de la religión judía, fue inspirado por el discurso de un predicador nazareno cuyo mensaje infundía esperanza de restauración a una nación oprimida, prosperidad a los menesterosos y vida eterna a los de una percepción más espiritual.

“Es concebible que un hombre profundamente piadoso, un simple, cuyo espíritu no se ha secado del todo por la disciplina de los escribas, pero que, impregnado desde la infancia de las preocupaciones de su medio, no vive intelectual, religiosa y moralmente más que por ellas, si se haya dotado de la facultad maravillosa de reunir en sí mismo y de recrear, por decirlo así con su meditación, las ideas que flotan en el aire que respira (y esto lo propio de todos los inspirados) llega a traducir sus convicciones en actos. Un espirado galileo de aquella época no podía menos que anunciar, en forma más o menos personal y original, la inminente realización de sus esperanzas. Y tal parece ser, efectivamente, la razón de la “aparición” de Jesús” (Guignebert, 1956. p. 41)

Finalmente, los registros declaran que al personaje al cual la comunidad escucha y sigue le es otorgado por ella misma el título de Mesías o Cristo. Así, comprometiendo la interpretación profética, los seguidores de Jesús comienzan a proclamar que la profecía mesiánica que durante tanto tiempo esperaron se cumpliera, se había cumplido. 

La vida y obra del Maestro nazareno fue compilada en los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sus discursos y enseñanzas fueron recogidas en estos textos y en otro conocido como el documento Quelle o “Q”, que contiene “un conjunto de algo más de doscientos dichos atribuidos a Jesús… de redacción muy primitiva y desaparecido tras escribirse Mateo y Lucas” (Vidal, 1994. p. 90). Se pensaría que, entonces, desaparecido el Mesías su pensamiento quedara intacto en una tradición textual, sin embargo no fue así. La comunidad de creyentes del cristianismo primitivo tuvo acceso a este material de manera tardía, casi a finales de siglo. Así pues, mientras que Lucas fue escrito aproximadamente en el año 62 d.C., Juan alrededor del 65 y el 66 d.C., y Marcos un poco antes del 70 d.C., Mateo sólo aparece en el año 80 d.C. (Vidal, 1995). Nos preguntamos entonces ¿cuál fue el insumo escrito que inspiraba la fe y la praxis de los conversos? 

Es necesario que, para responder a esta pregunta, se reconstruya parte de la historia de la obra de difusión del movimiento religioso.

Jesús es crucificado en el año 31 de nuestra era. Poco tiempo después, y de una manera extraordinaria, según lo atestigua el libro de los Hechos, sus seguidores se multiplican en un solo día gracias a la conmovedora predicación de Pedro5. Desde entonces el pequeño grupo ya tenía visos de movimiento y soportaba la simpatía de una gran muchedumbre no sólo en Jerusalén sino en otras ciudades de Galilea. Los discípulos, luego de nombrar al sucesor de Judas Iscariote se organizan en el trabajo eclesiástico; se nombran diáconos y se establecen misiones a los diferentes lugares donde la semilla del evangelio de Jesús había retoñado. La comunidad centra su actividad en las obras de caridad. Los miembros de las clases altas y medias6 venden sus posesiones para que el dinero sea distribuido entre los más necesitados. Las señales, prodigios y milagros comenzaron a hacer cada día más popular al grupo de creyentes. El Registro Sagrado informa que debido a esto muchos comenzaron a unirse a la nueva fe: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; todos eran sanados” (Hechos 5, 12-16).

Este creciente auge enfada a los dirigentes del judaísmo, quienes interviniendo con mano dura, comenzaron a apresar y amenazar a los “agitadores espirituales”. Sin embargo, la más drástica decisión fue tomada en ocasión del juicio a Esteban, diacono fervoroso del movimiento jerosolimitano. Luego de un vehemente discurso donde expuso el lugar histórico que ocupaba el Mesías, y después de declarar que este personaje proféticamente anunciado apareció en la persona de Jesús y que fue vilmente ejecutado por voluntad de los altos funcionarios judíos, los miembros del concilio, donde era juzgado, “…se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él” (Hechos 7,54) y decidieron apedrearlo. 

Uno de los testigos y protagonista de estos hechos de barbarie fue Saulo de Tarso a quien posteriormente se le llamaría Pablo. La Escrituras afirman que era un joven de un intelecto agudo que se había criado en Jerusalén bajo la tutela de un maestro fariseo. Luego salta al escenario neotestamentario como un portentoso predicador del evangelio de Jesús. Las fuentes históricas difieren acerca de los orígenes y formación de este personaje. Mientras que la Biblia en el libro de los Hechos y autores como Vidal (1995), White (1957), Vila & Escuain (1984) y Keener (2003) afirman que fue educado a los pies de Gamaliel –un reconocido rabí del fariseísmo-, Guignebert (1956) asegura que esta aseveración “…es muy inverosímil, porque apenas puede comprenderse que un alumno de los rabinos de Palestina haya podido desconocer a sus maestros y renegar de ellos, como lo hizo Pablo posteriormente…” (p. 71). Aunque haya divergencias en torno a este asunto, lo cierto es que el cristianismo, es lo que es, gracias a su obra de evangelización y de expansión en el medio gentil7. Entre otras cosas, Pablo participó del primer concilio que celebró la iglesia en Jerusalén y, en él, protagonizó el debate que finalizó en la aceptación de la evangelización al mundo gentil sin las clausulas de la practica judaizante de la circuncisión. Fue él quien constituyó comunidades cristianas en Asia Menor (actual Turquía) y en Europa. A él se debe el fortalecimiento de un dogma eminentemente cristiano a través de las catorce cartas que escribió y que hoy forman parte del canon del Nuevo Testamento. Adherimos a Guignebert (1956) cuando escribe: “-Pablo- no fundó el cristianismo, si se lo debe definir como adaptación del mesianismo judío a la doctrina helénica de salvación, pero sin él, tal vez no existiera el cristianismo”. (p.111).

Volvamos a la pregunta de la cual partimos, para responder con un mayor grado de veracidad: si hubo algún tipo de documento escrito, fuera de la Tanakh hebrea8, que sirvió como fuente de inspiración doctrinal de fe y práctica para la iglesia cristiana fueron las epístolas de Pablo.

Los cristianos que residían en Galacia, Éfeso, Tesalónica, Corinto, Colosas, etc. no solamente fueron consolados, animados o exhortados por estas cartas, también fueron doctrinados debido al fuerte contenido dogmático de las mismas. En ellas se trataban asuntos de fe y se discutían temas de interés general tales como la conducta moral y el orden eclesiástico. Esto provocó a que rápidamente se consideraran de un valor inestimable y que fuesen leídas en otros lugares y en otros contextos bajo el argumento de ser divinamente inspiradas. 

Las epístolas Paulinas contienen, pues, la esencia de la teología apostólica. Están cargadas de nociones espirituales que orientaron, y siguen orientando, la práctica religiosa de los cristianos en todo el mundo evangelizado. Sin embargo, al leerlas no se debe olvidar el origen judío de las mismas y el transito que ellas establecen de un ethos judaico a uno exclusivamente cristiano. En otras palabras, lo que no se debe olvidar es el hecho de que Pablo, su mensaje, el Cristo al cual predica, sus hermanos de fe, etc, están anclados en un contexto judío, o en los términos foucaultianos, en una “episteme”9 judía.

¿Qué quiere decir esto?

Debido a su formación farisea (Hechos 22, 3; Filipenses 3, 5) Pablo fue un celoso defensor de la Ley judía. Esta secta había tenido su origen luego de la repatriación de los hebreos cuando estos fueron llevados cautivos por Nabucodonosor a Babilonia y que su ejército hubo destruido el templo que edificara Salomón10. Una vez establecidos en Jerusalén por orden de Artajerjes en el año 457 a.C. (Esdras 7, 12-26), los judíos deciden, reinterpretando la Ley, guardar celosamente cada precepto de ella emanado. Los fariseos se consolidan como grupo luego que, antes de la guerra de los Macabeos, reaccionaran “contra la inclinación de ciertos judíos hacia las costumbres griegas… se aferraron con mayor fuerza a la ley mosaica. (…) Centraban la religión en la observancia de la Ley, enseñando que Dios solamente otorga su gracia a aquellos que se ajustan a sus preceptos (…) no se contentaban con interpretar la Ley con más sutilidad que las otras sectas, sino que además imponían sobre el pueblo una masa de preceptos rígidos de la tradición, y que no figuraban en la Ley de Moisés” (Vila & Escuain, 1985. Ver “Fariseos”, p. 372). De ellos Jesús afirmó que quebrantaban el mandamiento de Dios por seguir las tradiciones (Mateo 15, 5) y que colocaban sobre el pueblo cargas tan pesadas que ellos mismos no eran capaces de llevar (Lucas 11, 46).

En su testimonio de conversión escrito a los Filipenses Pablo declaró: “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley irreprensible” (Filipenses 3, 5-6). Este relato unido a los que se leen en Hechos 23, 6; 26, 4, atestiguan de las bases de formación farisaica del Apóstol. Aquí es fácil rendirse a la aseveración de Guignebert (1956) cuando asegura que resulta inverosímil la educación de Pablo en la escuela farisaica del gran rabí Hillel, y que tuvo como maestro a Gamaliel11, porque “apenas puede comprenderse que un alumno de los rabinos de Palestina haya podido desconocer a sus maestros y renegar de ellos”; igual se puede considerar que Pablo de ninguna manera desconoció a sus maestros o renegó de ellos, digamos simplemente que los reinterpretó usando como base la doctrina del evangelio mesiánico. En otras palabras, Pablo respetó los acuerdos de la Ley, sus enseñanzas y sus razonamientos, solo hizo una nueva lectura de los mismos y desarrollo a partir de esta una doctrina universal e inclusivista.

Pablo, junto con los discípulos y otros apóstoles, incluido Santiago, a quien la tradición le adjudica la primacía sobre la iglesia en Jerusalén y una reputación envidiable gracias, entre otras cosas, a su apego por las reglas judías y su condición de hermano de Jesús (Vidal 1995), celebraron en Jerusalén el primer concilio de la iglesia cristiana. En él se discute si es necesaria la estricta observancia de los preceptos judíos por parte de los conversos gentiles. La decisión final aboga porque se establezcan para ellos unos parámetros de conducta que describen los elementos normativos más simples del judaísmo: “que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación…” (Hechos 15, 29). Este informe nos permite establecer dos cosas relativas al concilio: 1. Se llega a un acuerdo de compromiso donde se excluye la circuncisión como requisito de fe pero, 2. se exigen conductas sanitarias y alimenticias a los nuevos conversos. 

La repercusión de este acuerdo se nota en las epístolas del intrépido Apóstol. En ellas se puede entrever una insistente reiteración y ampliación de las admoniciones sobre los aspectos más generales del ethos cristiano, así como una racionalización y fundamentación teológica y doctrinal de las mismas. Así, la teología paulina le otorga un lugar de privilegio al cuerpo y su cuidado, y se invoca para su fundamentación los parámetros espirituales emanados de la Ley.

Quizá sea controversial este asunto, pero precisamente esa es la intención de este trabajo: demostrar que en la tradición bíblica paulina, el concepto de cuerpo y el cuidado que se debe hacer de él, son usados para desarrollar prescripciones sobre los hábitos y el estilo de vida, y que, por lo tanto, el cristianismo primitivo le apuntó a la promoción de la salud aunque mediado por un interés religioso.

Ahora, ¿cuál es la noción de cuerpo que establece Pablo en sus epístolas, que le lleva a prescribir reglas para su cuidado? Tal vez, la más contundente declaración se encuentra en la segunda carta a los corintios. En ella, Pablo, planteando una discusión en torno a la fornicación escribe: “Todas las cosas me son lícitas, más no todas me convienen; todas las cosas me son lícitas, más yo no me dejaré dominar de ninguna. Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo. ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: los dos serán una sola carne. Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él. Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; más el que fornica, contra su propio cuerpo peca. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que nos sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6, 12-20. La cursiva es mía)

Durante muchos años se ha planteado la errónea idea de que el cristianismo, como religión, apela a la salvación del alma y que, por lo tanto, el cuerpo puede ser despreciado. Sin embargo, la cita anterior nos induce a pensar claramente todo lo contrario. En ella se especifica que el cuerpo es templo del Espíritu Santo, y que por lo tanto se debe glorificar a Dios en él. ¿Qué implica que el cuerpo sea considerado como un templo donde habita el Espíritu de Dios? Para los judíos el templo no sólo era un lugar de adoración, era el lugar donde se manifestaba la presencia de Dios y, por ende, el orgullo espiritual de todo el pueblo. De hecho, la Biblia afirma que Jesús fue condenado, en parte, porque dos testigos falsos declararon que él había dicho que podía “derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo” (Mateo 26, 60-61) lo cual se tipificaba como una abierta blasfemia. Nada más admirado y respetado en Jerusalén que su templo (Mateo 24, 1). Ahora, si Pablo representa al cuerpo como un templo, definitivamente tiene en mente algo sagrado, de orgullo, admiración y cuidado; de allí que diga que “si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3: 17). De igual manera, lo que se haga con el cuerpo tiene una implicación espiritual pues, según él, “si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10, 31). 

Ese cuidado del cuerpo al cual apela Pablo se traduce en una conducta abstemia frente a las bebidas alcohólicas12 evitando su efecto, la ebriedad o borrachera (Efesios 5, 18; Gálatas 5, 21); las relaciones sexuales ilícitas, tales como fornicación y adulterio, o tabú como homosexuales (Romanos 1, 24–28; 1 de Corintios 5, 1-13; Gálatas 5, 21; Efesios 5, 3; Colosenses 3, 5; Hebreos 13, 4); el consumo de carnes que fueron ofrecidas en rituales paganos e idolátricos (Romanos 14, 1-23; 1 de Corintios 8, 1-13); entre otras medidas. 

Al mensaje enviado a los corintios, podríamos sumarle el que enviara a la iglesia establecida en Roma; en él se lee: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12, 1). Una vez más, para un judío un sacrificio era algo sumamente especial. La víctima era escogida con anticipación y debía estar completamente sana, limpia, sin marcas, manchas o defectos físicos. Sólo así el holocausto era acepto ante Dios, según se especificaba en la Ley (Levítico 1, 2 y 3). Un fariseo como Pablo lo sabía, de ahí que use esta representación para significar la necesidad que tiene el creyente de presentar a Dios, a manera de ofrenda, un cuerpo totalmente sano.

Estos pasajes neotestamentarios fueron interpretados en la iglesia cristiana primitiva como imperativos de fe, es decir, como directrices de la conducta. Vinculaban al “nuevo pueblo”, a los beneficiarios de la gracia divina, a una tradición de salud preventiva que, instaurada mientras los Israelitas vagaban por el desierto, reconocía a Dios como su sanador y su ley como un manual de salud: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador” (Deuteronomio 15, 26).

Grupos parciales de la iglesia cristiana moderna, más concretamente de la corriente de la reforma protestante, han mantenido, enseñado, y legitimado en la práctica, esta concepción. Es así como, interpretando los mensajes de Pablo a las iglesias de Corinto y Roma, White (1995) comentadora de los escritos bíblicos escribió:

  1. En torno a 1 Corintios 6: “Nuestros cuerpos son la propiedad adquirida por Cristo, y no estamos en libertad de hacer con ellos como nos parezca. El hombre ha hecho esto. Ha tratado su cuerpo como si las leyes que lo rigen no tuvieran ninguna penalidad. Debido al apetito pervertido, sus órganos y facultades se han debilitado, se han enfermado y se han inutilizado. Y estos resultados que Satanás ha producido con sus propias tentaciones especiosas, los usa para vituperar a Dios. Él presenta ante Dios el cuerpo humano que Cristo como su propiedad; ¡y qué repugnante representación de su creador es el hombre! Debido a que el hombre ha pecado contra su cuerpo, y ha corrompido sus costumbres, Dios resulta deshonrado” (White, 1995. p. 19).

  2. Y en torno a Romanos 12, 1: “En el servicio judaico antiguo se exigía que todo sacrificio fuera sin tacha. En el texto se nos dice que presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, que es nuestro culto racional. Somos la obra de Dios. El salmista, al meditar en la obra maravillosa de Dios revelada en la estructura humana, exclamó: “Asombrosa y maravillosamente he sido formado” (Sal. 139:14, VM). (…) Dios exige que el cuerpo le sea presentado como sacrificio vivo, no como sacrificio muerto o moribundo. Las ofrendas de los antiguos hebreos debían ser sin tacha, ¿y será agradable para Dios aceptar una ofrenda humana llena de enfermedad y corrupción? Él nos dice que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo; y nos exige que cuidemos este templo, a fin de que sea una habitación adecuada para su Espíritu. (…) Todos deben ser muy cuidadosos para preservar el cuerpo en la mejor condición de salud posible, a fin de que puedan rendir a Dios un servicio perfecto, y cumplir su deber en la familia y en la sociedad” (White, 1995. p. 22 y 23).

Resumiendo, la psicología de la salud plantea la necesidad de establecer en los individuos hábitos de vida saludables hasta que se llegue a la adquisición de un estilo de vida saludable. Estos hábitos se consideran factores de protección de la salud en la medida en que disminuyen el riesgo de que se adquieran enfermedades, y son motivados por un sinnúmero de causas, entre ellas la religiosa. El cristianismo se constituye en un ejemplo de ello, pues, tal como se ha precisado en este texto, promueve conductas saludables en el marco de una responsabilidad religiosa. 

La religión cristiana germinó en el suelo del judaísmo. La comunidad jerosolimitana que se expande por todo el mundo conocido en la diáspora, tenía un concepto claro de las normas higiénicas y de salud emanadas de la Torá. Pablo un hombre comprometido con la Ley, pues, recordemos, perteneció a la secta de los fariseos, se encargó de recoger algunos de los principios más elementales de las creencias judías, los reinterpreta, les asigna un lugar en su teología evangélica, y, en el nuevo enfoque, las convierte en máximas de la ética cristiana. La lectura de algunas de sus cartas nos permiten ver que la representación que tiene Pablo sobre el cuerpo, se encuentra anclada a la tradición judía: el cuerpo es templo de Dios y ofrenda a él. Ambas representaciones, predicadas en la iglesia naciente permitió el que se adquirieran hábitos de vida saludables atravesados por un interés espiritual y religioso. 

Así, pues, el cristianismo primitivo, ese que difundió Pablo en sus viajes misioneros y que ayudó a solidificar con sus cartas doctrinales, fue el depositario de un mensaje de promoción de la salud.

NOTAS

1 Profecía mesiánica que auguraba un futuro glorioso de la nación bajo el liderazgo de un “Caudillo libertador”.

2En el sentido foucaultiano del término, es decir, hacer un rastreo histórico a través de los “archivos” para determinar el origen de un saber o una práctica.

3 Fuente KÜNG, H. (2001, p. 792)

4 Dato obtenido en la internet en el sitio web www.editoriallapaz.org/estadisticas_religiosas.htm

5 Ver Hechos 2, 1-42.

6 Según lo asegura Vidal (1995) entre los nuevos conversos también se contaban personas de clases altas y medias.

7 Expresión judía utilizada para referirse a los extranjeros.

8 Es el texto que contiene la Torá, (Pentateuco), el Nebi´im (Profetas), y el Ketubim (Escritos) y corresponde a lo que los cristianos hoy denominan Antiguo Testamento. Ver artículo “Dios: una biografía” de Anthony Sampson, publicado en el texto de GONZÀLEZ W. & HERNÁNDEZ H. editores. La filosofía en la ciudad. Unidad de artes Gráficas, Facultad de Humanidades, Universidad del Valle, Cali, 2000.

9La episteme según el filósofo e historiador francés, corresponde a las reglas de saber que comandan una época.

10 Ver 2 Reyes 24 y 2; 2 Crónicas 36, 1-21; Daniel 1, 1 y 2.

11 Ver VILA, S. & ESCUAIN, S. (1985). “Gamaliel” p. 412.

12 Aunque es necesario especificar que en la primera carta enviada a Timoteo pablo le aconseja beber “un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (1 Timoteo 5, 23). Sin embargo, como se lee, el propósito de su recomendación es precisamente conseguir con ello que Timoteo llegue a ser sano de una enfermedad que le afectaba.

BIBLIOGRAFÍA

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