Llegó el príncipe, llegó sin vestiduras imperiales y con el poder de derretir todo lo que había sido cierto, tan solo con su primera mirada; puntual, arribó a las seis de la mañana, de un sábado de mayo.

Había tenido un largo viaje; un viaje de meses en los que cada poro, cada célula de él, fueron perfeccionadas para batallas majestuosas, presupuestadas en sus derrotas y victorias; venía dispuesto a conquistar todo, todo lo necesario para vivir el desprendimiento del lujo, de ciertos estándares que a sus antecesores habían esclavizado; a conquistar el silencio, la calma, y la dicha, que eran los tesoros de su legado.

Abrió los ojos, como quien despierta de un sueño, en el que tuvo una larga conversación con su creador; abrió los ojos y la miró, sin afanes, sin temores, sin dolores; la miró calmo, con rasgos de una felicidad no articulada, llevando en su alma la sabiduría de lo divino, los secretos celestiales para confiar; la miró durante unas horas, mientras todo a su alrededor lo medía.

Este príncipe, que llegaba a tiempo, para conquistar todo lo necesario; sonreía con la inocencia de haberlo ganado, todo ya.

Ella lo escrutaba al son de una melodía compuesta para él, desde lo profundo de su soledad.

Ella lo escrutaba al encontrarse frente a frente, con aquel al que había esperado, que todo lo había cambiado en sus días, cuando ni siquiera había llegado aún.

El no decía, ni una palabra hablada en el lenguaje articulado, todo lo expresaba con la maravillosa calma de su ser; atento, instintivamente parecía reconocer y detenerse en la voz, que tantas veces lo había evocado en noches de lágrimas, como un destinado por el decreto de lágrimas de amor, a la dicha cierta que solo regala la gratitud.

Pasadas las horas del encuentro inicial, ella reconoció en sus ojos al que amó en los cantos de la espera, lo amaba con locura, como nunca antes amó, como nunca volvería a amar.

Inventaron un idioma de risas, de cuidados, de tarareos y de complicidad, tan profundos y tan poderosos, que este príncipe sin saberlo, rescató la esperanza, y el sentido de reír, de amar, de luchar, de aquella que lo miraba maravillada, ante el milagro de lo perfecto delante de sus ojos.

Este príncipe sabía vivir como mendigo, o como rey, sin ser, ni lo uno ni lo otro. Sabía perdonar por adelantado, las torpezas de la envidia ajena; sabía deleitarse con lo sencillo, y requerir poco para estar feliz. Sabía provocar lo mejor en ella, sin sufrires más bien, como un talento natural; sabía conversar con un acento dulce que llenaba el alma; sabía cantar y recitar textos extensos, con la gracia de quien posee la sabiduría antigua acerca del corazón humano; sabía vivir, sin el peso de tener que convencer a alguien para que le reconociera, siéndole suficiente la certeza de saberse tan amado.

Regalaba a esta mujer, pinceladas de trazos grafiados, de animales míticos, de personajes universales, y de una fantasía que la envolvía para inventar otras verdades; único ante sus ojos; único para siempre, único en prometer en su olor, que todo estaría bien.

Ese domingo ella recordaba, la llegada de este PRINCIPE azul cielo, dispuesto a CONQUISTAR todo lo necesario, para arrebatar de los campos de batalla, la libertad, el silencio y la calma, que le fueron legados.

Ese domingo ella recordaba, cómo su vida fue invadida de magia y ternura, desde el momento en que doce años antes, este príncipe dispuesto a CONQUISTAR todo lo necesario, llegó no solo de sus entrañas, sino del cielo eterno, como un regalo específico y a tiempo, para rescatarla.

llegó el príncipe!!

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