el pecado nos mantiene prisioneros

Hace muchos años, en un antiguo país del Oriente un distinguido y potentado príncipe, realizando un prolongado viaje por las comarcas de su país, se detuvo a visitar una antigua fortaleza a la cual se le había convertido en lúgubre prisión.

El comandante encargado del reclusorio, queriendo honrar a su distinguido huésped, ofreció que el príncipe concediera libertad inmediata a cualquiera de los prisioneros, de acuerdo a la soberana voluntad del monarca.

El príncipe sintiendo la pesada responsabilidad que sobre él recaía y queriendo otorgar libertad gratuita a quién realmente la ameritaba, pasó varias horas visitando personalmente el interior del penal.

Al hablar con los reclusos e investigar con interés las causas de su cautiverio, el distinguido personaje notó que todos ellos afirmaban estar presos por causas injustificadas. Algunos alegaban equivocaciones o injusticias; otros, falsas acusaciones, opresión, mala voluntad, etc. Aparentemente todos eran inocentes y se les había tratado con impiedad.

Hacia el final de su visita, el príncipe se acercó a platicar con un individuo quien al preguntarle la razón de su castigo, respondió que realmente lo merecía. Reconocía sus maldades, su vida de perversidad, y que el castigo recibido era apenas algo de lo mucho que merecía por haber llevado una vida tan depravada y llena de pecado.

Al escuchar tan conmovedora confesión, el príncipe aprobó al instante que le fuera dada la libertad. "Este es el hombre que realmente merece ser libertado", declaró el soberano.

Sus infortunados compañeros, al verle caminar fácilmente fuera de la prisión, reconocieron al instante su inmenso error. Aquel recluso, ahora ciudadano libre, había obtenido la tan ansiada libertad confesándose culpable, y reconociendose único autor de sus fechorías y estando dispuesto a pagar el precio por sus pecados. Es sorprendente notar cuán similar es esta historia a la experiencia del ser humano.

 La historia de la humanidad, la experiencia del hombre y la Biblia, la Palabra de Dios, confirman que el hombre aún gozando de libertad física, no es más que un esclavo del pecado; todos los hombres somos pecadores.

"Como no quieren reconocer a DIOS, Él los ha abandonado a sus pensamientos perversos, para que hagan lo que no deben. Están llenos de injusticia, inmoralidad, perversidad, avaricia y maldad. Son envidiosos, asesinos, pleitistas, engañosos, perversos y chismosos. Hablan mal de otros, odian a Dios, son insolentes, vanidosos y orgullosos. Inventan cosas malas, no obedecen a sus padres, no entienden, no cumplen con su palabra, no tienen cariño, no saben perdonar, no sienten compasión. Ellos saben muy bien lo que Dios ha ordenado; saben que los que hacen estas cosas merecen la muerte, sin embargo, las siguen haciendo y hasta ven con gusto que otros las hagan" (Romanos 1:28-32).

 Es terrible descubrir que de día y de noche hay un ojo divino que vigila cada acto, que lee cada pensamiento, que contempla cada acción. No existe un lugar ni en los cielos ni en la tierra, ni debajo de la tierra, en donde el hombre se pueda esconder de Dios. Pero, también como en la ocasión que narra nuestra historia, nosotros que somos miserables prisioneros entregados a una vida de perversidad y alejamiento de Dios, poseemos la dichosa oportunidad de poder obtener una libertad gratuita por medio del amoroso ofrecimiento de un Príncipe; aquel Príncipe Divino que descendió del cielo: Cristo Jesús, quien vino a predicar la libertad a los cautivos y salvación a los pecadores.

Fue el entrañable amor de Dios hacia todo pecador que le movió a enviar a su Hijo: "Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que los del mundo sean salvados por medio de Él" (Juan 3:17).

 

la salvación nos dio libertad del pecado

Estas palabras con claridad explican algo que el hombre nunca ha podido comprender, esto es, que el propósito de la venida de Cristo al mundo no fue para castigar a los hombres o para maldecir a los pecadores o para enviar al infierno a los incrédulos, sino que el Hijo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros para poder otorgarnos una salvación que no merecíamos. Su profundo amor por el hombre perdido, inútil, ignorante le llevó a darse así mismo.

Hay quien piensa para Dios es imposible perdonar a alguna persona que ha hecho mucho daño, pero el apóstol Pablo escribió: "Palabra fiel y digna de ser recibida de todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a LOS PECADORES, de los cuales yo soy el primero" (1 Timoteo 1:15).

La presencia de Cristo en el mundo fue primordialmente para salvar a los que estaban en pecado, a los que se hallaban perdidos alejados de Dios, para salvar a aquellos que vivían en incredulidad, en maldición, en vicio.Cristo no vino a llamar a justos, sino pecadores al arrepentimiento y todo aquel que se sienta pecador es el mejor candidato para recibir la salvación gratuita de Dios.

Esta salvación unicamente viene através de Jesús el Cristo, el vino a este mundo a dar libertad a los cautivos y sacar de las cárceles a los prisioneros que por el pecado estan en esa condición. Y se hace a través de la fe, en creer que Cristo Jesús murió por pagar todos mis pecados y aceptarlo como Señor y Salvador.

"Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres" (Juan 8:32)

"...Yo soy el camino, la verdad y la vida..." (Juan 14:6)

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