El primer indicio de un zahir

EL PRIMER INDICIO DE UN ZAHIR.

El mar crepitaba como un fuego oculto desde el atisbo de la primera célula, para revelar su verdad en complicidad con el tiempo y sus circunstancias, en el lecho del destino. De pronto lo tuve frente a mí; llegó con su inefable belleza, al último rincón del alma; en el origen mismo del ensueño que aspira con el dramático e intangible compás del tambor encerrado en el corazón subyugado por el latido del Ser, en el mundo… Atestiguar el clamor estético de la armonía en los fragmentos, hirió mis ojos y se adueñó del pensamiento, hasta ser recreado de forma incansable con la nitidez de un poema siempre nuevo.

Era una silueta recortada a contraluz frente al escenario en que el mar exhibía su eterno vaivén y los barcos entonaban cánticos de soledad hasta dominar al espíritu anonadado; incontenible náufrago obstinado en la continuidad de una aventura con deseo de trascender y convertirse en la historia que es todos los días, en la lejanía y su memoria interrogante… ¿Cuál es hoy el reflejo de la luna, astro inquietante que ilumina la arena e hincha el mar, para inspirar a sus creaturas en el poema nocturno, repetido por el viento? Titán que sucumbe y se perfecciona en el anhelo.

Testigo y personaje, distantes, perduran en su ejecución a cuatro manos para nutrir esa inmensidad que espera y seduce al tiempo compasivo, pues ama en secreto los encantos de la vida; taladra en la percepción consciente, en torno a la susceptible duración, para espolear a la memoria.

La filosofía atestigua, mientras poesía y paisaje se unen para integrar de forma alevosa un zahir, en que el filósofo queda atrapado, inmerso en la impalpable vivencia del diálogo entre sujeto y objeto, que terminan extraviados en la escena apartada del mundo por dos existencias… En la cima, contemplaba tragedia y aprendizaje, congoja en el corazón, el primer indicio de un zahir, en silencio. Era el mar, que esperaba --en la cumbre--, el renacimiento del fragmento faltante, para completar el Ser, vivido en la consciencia de la Nada con ecos de pasado y atrapado hoy, por la dulzura sonriente de una alegría que emana felicidad y abrigo, esperanza … Será que la vida es el teatro en que representamos lo individual de la historia e imprime su rostro ambivalente en un aprendizaje tan cercano a la expiación.

El latido regó la arena con su sangre, para luego ser acogido; olvida a momentos, su trayecto de paria; no obstante, agradece al mar y a la arena cuando sus ojos se ensombrecen, el feliz instante en que su caminar en la orfandad, halló esa patria que recuerda día con día, haciendo del mar, su amada pertenencia, o perteneciendo a él… El primer indicio de un zahir; motivo del arte, del asombro y sus nostalgias, como de la esperanza a concretar, en el abrir de una puerta y esa bienvenida que sólo unos ojos pueden dar a su paisaje.

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