Primavera del 99

Un esplendido día de primavera, comenzaban a verse las hojas de los arboles coloridas, los jardines verdes inmaculados, la frisa del aire renovado que les rozaba el cachete y el olor a jazmín. Caminaban las dos, curiosas, aventureras, como lo hacían todas las tardes después de la escuela.

Su andar combinaba pasos y saltos, a través de un sendero largo, que para ellas no tenía un fin. A veces imaginaban que un día aparecerían a lo lejos, sus princesas favoritas para invitarlas a jugar.

Cantaban y daban inicio a sus fantasías, las de dos pequeñas que siempre encontraban el modo de pasarla bien.

Una de esas tardes, se les cruzó un conejo, se parecía al de Alicia en el país de las maravillas, corrieron para intentar alcanzarlo pero una de ellas se cayó en el río, era uno de esos días donde subía la marea, y en cuestión de segundos, la fuerza y la crecida llevaban consigo todo lo que se topara por delante.

Matilde intentó nadar con desesperación pero era tal la fuerza que no tenía caso, pedía ayuda pero no había nadie alrededor, solo ellas.

Sin dudarlo, su amiga se tiró para ayudarla, el río las arrastro varios metros hasta que consiguieron agarrarse de un tronco grande que les sirvió para detenerse y esperar que pasara el momento crítico.

Media hora después empezaron a llegar algunos vecinos y las madres de las niñas que habían escuchado los gritos.

Todos se preguntaban como habían hecho para no perderse en la marea, sobre todo intentaban entender la valentía de una de ellas para salvar a su amiga. A lo lejos, un pescador les dijo: “la repuesta es sencilla, no había ningún adulto para decirles que no eran capaces de hacerlo”.

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