Soy una mujer afortunada. Cuando necesito dinero, le pido a mi marido un préstamo rápido. Nosotros somos muy de préstamos rápidos entre familiares. Mi marido también pide dinero, pero a su madre, a mis suegra, esa señora aburrida que sólo escucha música clásica y que se pone de los nervios cuando viene a mi casa y escucha las canciones de Estopa a todo trapo.

Mi suegra le pide dinero a su ex marido, ese suegro mío al que sólo veo en las reuniones familiares serias. La última vez que lo vi fue en la Primera Comunión de mi niña mayor. Vino borracho y sin regalo para mi hija. Un desastre.

También mis cuñadas piden dinero. La mayor le pide préstamos rápidos a su ex marido. La pequeña se los pide a los bancos. Así quedó sin casa y ahora vive de okupa en un piso de Ginebra más viejo que el Palacio de Versalles.

Estoy orgullosa de mi familia política. De mis padres y hermana no toca hablar hoy. Ellos no son nada de préstamos sino de ahorrar. Les da más por las inversiones. Mi padre invierte todo su dinero en una cuenta por la que no le pagan nada en el Banco Pastor o Banco Popular, que viene a ser lo mismo. Mi hermana le paga comisiones a los bancos por meter dinero. No saben disfrutar ellos su dinero.

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