A la pregunta. ¿Su pareja llega al orgasmo…?

A la pregunta de si su pareja llegaba al orgasmo, el hombre contestó: «Pues claro, si hemos tenido cinco hijos». Este caso real que el psicólogo Agripino Matesanz describe en el libro El placer sexual (2009) es un ejemplo del desconocimiento que rodea a la respuesta sexual femenina.

La intensa sensación de placer que la mujer consigue con la estimulación de zonas erógenas no está ligada al embarazo. Según un estudio publicado en Clinical Anatomy, solo existe un orgasmo, aunque puede ser muy diferente cada vez. «La vagina no tiene una estructura anatómica que pueda provocarlo», asegura a Sinc el médico y sexólogo Vincenzo Puppo.

«La vagina no tiene una estructura anatómica que pueda provocarlo»

Referente mundial en el estudio de la sexología femenina, Puppo denuncia la invención de términos como el famoso punto G, sin evidencia científica. «Algunos profesionales médicos aprovechan estos mitos y las expectativas o la angustia de las mujeres influenciadas por el mito para su propio beneficio personal», critica.

Según la Encuesta Nacional de Salud Sexual y Comportamiento elaborada por la Universidad de Indiana (EE UU), el 91% de los hombres experimentaron un orgasmo durante su último encuentro sexual frente al 64% de las mujeres. La cifra disminuye si hablamos de la primera vez que se mantuvieron relaciones: el 55% de los varones lo consiguieron frente a solo el 4% de las féminas. Se calcula que el 10% de las mujeres nunca lo ha experimentado.

El Homo erectus, consciente del placer

La falta de estudios sobre la sexualidad femenina convierte el análisis del placer en un terreno pantanoso. No fue hasta la aparición del Homo erectus –que vivió hace entre 1,9 millones de años y 70.000 años– que el ser humano empezó a ser consciente del placer sexual.

Aunque también sientan placer en la cópula, no lo hacen en forma de orgasmo, puesto que no lo perciben. El antropólogo David Puts no lo tiene tan claro y habla de otras especies de primates con señales de orgasmo femenino, como la tensión corporal, la expresión facial, la respiración o las contracciones musculares del tracto reproductivo.

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«Algunos que muestran estos indicadores son monos, como los macacos Rhesus y rabón, y otros son nuestros parientes vivos más cercanos, los grandes simios, incluyendo chimpancés, bonobos y gorilas», enumera a Sinc Puts, profesor de Antropología en la Universidad Penn State (EE UU).

Hasta entonces, la mujer tenía plena libertad de su cuerpo y no estaba supeditada a las decisiones del hombre.

«Resulta difícil imaginar que durante más de 20.000 años la mujer era quien dirigía no solo la vida familiar, sino también la relación sexual», se lamenta el experto. Tras la exaltación del placer de griegos y romanos, el cristianismo inculcó a sus fieles la noción de pecado. El único fin de las relaciones sexuales era la procreación. La relación entre el orgasmo y la fecundación ha sido objeto de debate durante mucho tiempo. Muchas mujeres se han quedado embarazadas sin experimentarlos.

«No hay una relación directa entre fecundación y orgasmo. Que lo pueda facilitar no significa que sea de obligado cumplimiento», recalca a Sinc Francisca Molero, presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología y directora del Instituto de Sexología de Barcelona.

Un rastro evolutivo

Más allá de proporcionar placer, no está clara su función biológica. Descartada la finalidad reproductiva, la ecóloga Mihaela Pavličev plantea dos explicaciones evolutivas. La primera, que se remonta a 1960, concibe el orgasmo femenino como un subproducto del masculino. El clítoris es el equivalente al pene y ambos orgasmos tienen muchas similitudes.

En las mujeres la ovulación se produce de forma espontánea cada mes, sin necesidad del orgasmo. «Nuestro orgasmo femenino podría ser parte de esa señal, que ya no induce a la ovulación, pero que todavía existe», sugiere.

La evolución genital apoya esta teoría. En el caso de la mujer y de otros animales con ovulación espontánea, el glande del clítoris que provoca el orgasmo está situado lejos de la vagina, que es el canal reproductivo. «Si la mayoría de las mujeres que no tienen orgasmo durante el coito pero sí lo experimentan con la masturbación, ¿el coito debería cambiar para parecerse más a la masturbación?», se pregunta la investigadora.

Falta comunicación en la pareja

Para acabar con mitos y tabúes los científicos reclaman mayor investigación. «La anorgasmia femenina es el problema sexual más frecuente en las mujeres. Según las estadísticas, una de cada tres sufre dificultades para alcanzar el orgasmo o no lo ha sentido nunca», subraya Villadangos.

«La anorgasmia femenina es el problema sexual más frecuente en las mujeres»

La escasa comunicación con la pareja aumenta el problema.

El estudio reveló que a las jóvenes les preocupaba más no llegar al orgasmo por sus parejas que por ellas mismas. En el caso de los chicos, la mayoría se sentían responsables de que las chicas no consiguieran llegar a ese punto de placer. Según Salisbury, el orgasmo femenino era muy importante para la propia satisfacción sexual de los varones.

La huella del placer en el cerebro

Tanto el goce femenino como el masculino dejan su huella en el cerebro.

«En las regiones cerebrales que son activas durante el orgasmo en mujeres y hombres, las similitudes son mayores que las diferencias», comenta a Sinc Komisaruk, profesor de Psicología de la Universidad Rutgers (EE UU).

Una explicación rebatida por el sexólogo Vicenzo Puppo.

Puesto que desde el punto de vista anatómico no existe el orgasmo vaginal, el médico italiano achaca el placer en esa zona a los órganos eréctiles de alrededor. «El orgasmo femenino es posible en todas las mujeres, siempre con estimulación eficaz del clítoris durante la masturbación individual o en pareja, el cunnilingus, y también durante la penetración vaginal, simplemente estimulando el clítoris con un dedo», sostiene.

Fuente Historia/ABC/Salud

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