Potros Descocados

Recuerdo como contribuí a tirarme el tan luchado patrimonio familiar, con el azaroso episodio iniciado en la absurda competencia automovilística por la Avenida Séptima, del Club del Comercio Calle 63 al norte. Cuando improvisada e imprudentemente al salir de allí, al filo de la media noche, bebidos y tambaleantes por una desbordante y permanente cascada de licor consumido durante el desarrollo del bingo social, evento organizado dentro del amplio repertorio de programas de la distorsionada semana “cultural” del Colegio, acontecimiento donde fiel a la filosofía del plantel, el orden y en especial la disciplina fueron como siempre los grandes ausentes.

Esa noche del Bingo, mi papá me autorizó usar su recién comprado automóvil, de marca Wartburg, vehículo equivalente a un triciclo con carrocería, traídos de Alemania Oriental un año atrás, marca automotriz totalmente desconocida en estos trópicos , como también allá supongo, sui generis importación de carromatos, obedeciendo muy probablemente a finas manipulaciones y componendas, de abultadas y espléndidas ganancias para los cuatro personajes ventajosos y picaros de siempre.

Mi ilusionado progenitor de contado lo había pagado al importador por dos razones a su entender primordiales, la primera, por ser de origen alemán, sinónimo de calidad y garantía, según decía, pero olvidando o desconociendo que se fabricaba en la Alemania comunista, régimen burocrático y anacrónico, equivalente a una comunidad ideológica y cooperativa de tigres vegetarianos y no de la otra Alemania, la productiva, negrera y capitalista, la de los automóviles de verdad; la segunda razón que lo motivó era resarcirse en parte del amargo y mal sabor que por años le había quedado cuando se importaron los primeros Volkswagen muy baratos, como estrategia mercantil, máquinas apetecidas eternamente de modo exclusivo por clérigos y comunidades religiosas y que insistentemente el representante de ventas le ofreció a mi padre y él rechazó. Comprobando al poco tiempo cómo se dispararon sus precios; creyendo que esta era una circunstancia similar, que debería aprovechar, talvez por eso y sin mayor análisis y consulta se precipitó a comprarlo de inmediato.

Como el monje del Siglo VI Dionisio el Exiguo quien ideó el sistema del Calendario a.C – d.C, así se encontraba el “Pato” Salazar, partido en dos, antes y después del fatídico y deplorable accidente. Nervioso aún después me narraba cómo había observado por el espejo retrovisor de su potente camioneta Ford 58, de color habano, las luces de los faros del Wartburg, el cual acababa de sobrepasar centelleando, sin control ni rumbo, cual luciérnagas atrapadas en un botellón, visión nocturna que quedó grabada en la mente no sólo del “pato”, sino en la de todos aquellos que estábamos involucrados participando en la irracional carrera.

Al desembocar a toda velocidad en la esquina de la séptima con Avenida de Chile, la misma del Tout va bien, inesperadamente los punteros de la competencia cruzaron al occidente, sin abandonar la contienda intenté seguirlos, hice rápidos y sucesivos cambios en la caja de velocidades, tratando con este procedimiento de disminuir la marcha que traíamos, por la compresión que tal efecto produce en el motor y controlarlo para entrar en la curva que se presentaba, ya reducidos, mecanismo recurrente de todo automóvil, olvidando que manejaba prácticamente un triciclo, que adolece de esta tecnología; al no lograr disminuir velocidad me sentí viajando en un carrusel donde el movimiento circular empuja a salir expulsado, por lo cual tomamos la amplia curva muy abierta y a máxima potencia, siguiendo el mismo principio de fuerza centrífuga del carrusel, encontrando como remate de tan desestabilizante situación al final de esta amplia curva, esperándonos de frente, como una talanquera o rompeolas, tranquilamente y bien plantado un soberbio, reluciente y gigantesco Cadillac negro de placas diplomáticas. Al verlo ya encima de nosotros alcancé a girar en el último instante, afortunada e instintivamente todo el timón, perdiendo de inmediato el dominio del carro que aparatosamente fue a estrellarse, pasando a centímetros, sin siquiera rasguñar el bien parqueado automóvil diplomático, pero dando varios y violentos volantines como un trompo por el impacto contra el sardinel de la zona central de la Avenida. Hoy funciona en este punto un exclusivo C.A.I., zona verde donde al final nos detuvimos, maniobra suicida y traumática que afortunadamente evitó muertes prematuras; de aquél dramático instante permanece en la memoria el ensordecedor estruendo de vidrios desplomándose, como un palacio de cristal confundido en una amalgama de chirridos y un deslumbrante resplandor de colores.

Al regresar de la nada, ya conciente, creí estar soñando pesadillas, la luz titilante de la bombilla que remataba el largo poste del alumbrado y que aturdido e hipnotizado miraba fijamente desde su base como único horizonte por el cuarteado vidrio panorámico del carro, es la imagen imborrable, que nunca desaparecerá, sentí la experiencia totalmente anormal. De inmediato, en fracción de segundos reaccioné, comprendiendo la grave situación en que me encontraba, como pude y sin saber salí a gatas del automóvil, que yacía patas arriba, cual agonizante tortuga, percibí sus cuatro ruedas aún rotando desenfrenadas.

Atónito y confundido sin saber qué hacer, corriendo di varias vueltas alrededor del carro, notando como en el fondo interior de éste mis amigos y pares de infortunio luchaban y se removían todavía atascados intentando salir, impedidos por el revoltillo de sus enmarañados cuerpos, del desorden de cojines y asientos y de la dispersa y rota mercancía de vituallas ganadas ilusionadamente en la rifa de premios del bingo anterior. Con la ayuda de los primeros curiosos los auxiliamos, difícilmente fueron emergiendo cual autómatas sacados de los laberintos del espacio – tiempo.

Revoloteando como moscardones la gente brotaba y se reproducía geométricamente, atraídos por el sonoro e inesperado estruendo y la alteración del orden en el silencio nocturno reinando la confusión. De pronto y ya todos milagrosamente incorporados con tan solo magulladuras menores del violento revolcón, algunos de los presentes, energúmenos caballeros de la taberna vecina, sobresaliendo entre ellos el dueño de la “nave diplomática”, exaltado porque casi le dañamos su limosina concibieron, por razones desde mi punto de vista insensatas, darme también en la jeta, conato de gresca callejera común y vulgar. Esta no prosperó ante una mejor idea que en la demoníaca agitación alguien oportunamente propuso, la de enderezar y dejar el automotor en su decorosa, digna y habitual postura. Como corresponde a la dama, “La mujer del Cesar no sólo debe ser honesta, sino parecerlo “, repetía siempre el peluquero del barrio, dentro de su maquinal parloteo, y su crónico tufo.

Pronto la multitud de trasnochadores desocupados se organizó colocándose a un costado del carro y en vivo coro, contando los enviones empezamos a hacer fuerza, finalmente por el impulso acumulado se logró el objetivo, cayendo el automóvil pesada y estruendosamente contra el pavimento. Al disiparse la espesa nube de polvo generada por el formidable impacto, advertí el alcance y magnitud del drama, al ver la figura irreconocible y contrahecha del automóvil recién comprado de mi Padre, la capota era lo más notorio del estúpido desastre, aplastada, destrozada completamente, las puertas atoradas ni abrían ni cerraban; así cada parte que se inventariaba del desventurado carro no correspondía con lo normal y acostumbrado. Inexplicablemente el motor dio encendido, de inmediato arranqué, mis socios saltaron de un brinco dentro, nos acomodamos acurrucados como indigentes y empezamos a andar desapareciendo del lugar tan rápido como habíamos llegado, justo al partir surgió de algún lugar de la espesa noche un solitario, perdido y desvalorizado chapol, quien admirado ante tanto despelote, sólo atinó a preguntar la hora, asombrándose aún más de lo tarde y retirado que estaba de la comandancia.

Sin rumbo y desorientados, buscando ávidamente el conjuro mágico que devolviera la serenidad fugada recorríamos la ciudad dormida; desplazándonos como arrodillados dentro de una caneca, con su tapa levemente levantada por la cual fisgoneábamos el pasar de las calles y barrios, nos detuvimos después de muchas vueltas y reflexiones en una esquina aprovechando su soledad y aislamiento, allí ingenuamente como el niño que rompe su juguete, intentábamos componer lo irreparable, apoyando la espalda en el piso del carro y con las piernas haciendo fuerza, todos a una, de forma infantil creíamos enderezar la realidad de la aplastada capota; renqueando seguimos deambulando como animal herido el resto de tan amarga jornada nocturna, hasta los límites de la ciudad, que en aquel entonces terminaba donde hoy se inicia.

Durante todo este extenso y laberíntico recorrido, es curioso, no encontramos ninguna autoridad que nos detuviera e interrogara con semejante evidencia, éstas afortunadamente parece acostumbran desde siempre a no trasnochar innecesariamente. Y además con tanta inseguridad, ¡pa qué exponernos mi comandante!

El delirio y shock nervioso se apoderó de uno los accidentados, estado anímico que gentil y oportunamente fue contrarrestado por un desvelado médico ciudadano acomodado vecino del despoblado barrio donde vinimos a parar en nuestro alocado y desconcertante escape; con el antídoto suministrado este amigo se sosegó, aquél samaritano, me insinuó reportarme. Llamé de madrugada, calmando a mi preocupada madre, procurando al hablar con ella esconder y no transmitir mi angustia y desasosiego, justificando la demora e informando el pronto y normal retorno. Ante la piadosa y temporal mentira, colgué el teléfono con la sensación áspera y agónica de la cal tragada, que revolvía el estómago y el alma hasta hoy y por siempre.

Las directivas del Plantel, enteradas del insuceso, jamás ni por curiosidad, se interesaron por saber de lo ocurrido, al fin y al cabo éramos parte del Establecimiento y debíamos una explicación de nuestro díscolo comportamiento, así fuera solamente por el bien y prestigio del Colegio. Con ese ausente y distante proceder, demostraban la falsedad de su permanente y cacareado discurso que implicaba el sacrificio del noble y triste apostolado de educar; ocupación que indudablemente les servía para otros fines más prosaicos, siendo el perfecto escudo que disfraza y camufla una cruda y brutal verdad, centrada ésta en sus pervertidas y depravadas inclinaciones pederastas. Notable y afortunado de nuestra parte no habernos podrido con tan vergonzantes maestros.

 

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