Estaba esperando mi turno en el banco, y para distraerme, recorrí un anuncio con la vista, cuyo título era: «Proteja su porvenir y sus bienes». Se trataba de preverlo todo para poder asegurar a los clientes una cómoda jubilación, ofrecerles las mejores garantías de inversión y proteger eficazmente sus bienes.

Parece legítimo proteger a aquellos que uno ama, buscando las soluciones más apropiadas. También es cierto que el futuro puede reservarnos muchos imprevistos y la época en que vivimos no alienta al optimismo…

Si bien los más afortunados parece que se van librando de las preocupaciones financieras, ¿qué decir de las necesidades de serenidad, afecto y verdadera esperanza, que todos sienten en un momento u otro?

Los bienes materiales, ¿constituyen los valores fiables sobre los cuales se puede fundar una existencia y un porvenir? ¡No! Cada uno entiende bien el carácter frágil y temporal de las soluciones propuestas que no pueden resolver los verdaderos problemas. 
Muchos creyentes pueden dar testimonio con nosotros de que sólo la Palabra de Dios trae seguridad. Si en esta vida ella tranquiliza, alienta y consuela a aquel que confía en ella, es porque trae la seguridad de un porvenir sereno y maravilloso: la vida eterna con Jesús.

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