Las estrategias de supervivencia. Poder y sometimiento en Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos

Álvaro A. Rodríguez S.

correocoyotl@yahoo.com

 

Resumen

El presente estudio, desde la óptica de las relaciones entre literatura y género, busca responder las siguientes cuestiones: ¿Cuál es el papel que cumple la mujer tanto en el ámbito público como en el privado en la sociedad presentada por el autor? Las cartas, como expresión confidencial nos permitirán evidenciar esta diferencia entre lo público y lo privado; igualmente, desde esta óptica podremos hacer los siguientes cuestionamientos: ¿Cuál es la normativa social femenina y masculina expresada por los protagonistas de la obra? Cada uno de los protagonistas tiene un confidente, a él le comparte sus ideas sobre el deber-ser, su ética, su forma de asumir la vida; entonces, ¿qué se puede inferir de dicha normativa en lo que respecta a la supervivencia de la mujer en la sociedad francesa del siglo XVIII? Y en la misma línea de análisis, ¿existe alguna diferencia entre la moral explícita (lo dicho por los personajes) y la moral tácita (lo que muestran sus actos)? Finalmente, pensando en el creador y su ambiente, ¿cómo representa Choderlos de Laclos las subjetividades femeninas y masculinas, en este juego de poder? Pensando en la nota aclaratoria que acompaña al título ¿Cuál es el papel que debe cumplir la mujer en la sociedad francesa del siglo XVIII y XIX según el autor?

 Palabras clave: novela epistolar, poder, género, mujer natural, hombre natural.

 

  1. I.                   Introducción

 El texto siguiente hace parte de una obra escrita en el siglo XVIII. Es una provocación, una exhortación a la libertad, a la reflexión, a la autocrítica y a la esperanza de la posibilidad de un cambio:

¡Oh, mujeres! Acercaos y acudid a oírme. Que vuestra curiosidad, dirigida por una vez hacia objetos útiles, contemple las ventajas que os dio la naturaleza y que la sociedad os arrebató. Acudid a saber cómo de compañeras naturales del hombre llegasteis a ser esclavas; cómo, caídas en ese abyecto estado, llegasteis a complaceros en él y considerarle vuestro estado natural (…) no esperéis ayuda de los hombres autores de vuestros males (…) Aprended que sólo se sale de la esclavitud a través de una gran revolución. ¿Esta es posible? Vosotras debéis decirlo, ya que depende exclusivamente de vuestro valor. ¿Es verosímil? Me callo sobre este punto…

 Su autor es el francés Choderlos de Laclos, un oficial del ejército que nunca estuvo satisfecho con su lugar dentro de la escala socio-política que le correspondió por no ser un noble o un alto burgués; un seguidor de las nuevas ideas republicanas que llevarían a Francia al levantamiento contra la aristocracia; un intelectual que atacó con su pluma, de forma más efectiva que con las armas y la política, el orden establecido; y que legó para la literatura dos personajes inmortales: La marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dos aristócratas demoniacos, genios del mal más abyecto, dioses de su pequeño mundo social con la capacidad de trazar el destino de hombres y mujeres haciendo uso de sus palabras y sus apariencias. Ellos son los personajes cruciales en los acontecimientos de Las amistades peligrosas la novela epistolar que de Laclos logra publicar en 1782 y que se convierte en un rotundo éxito editorial y en el retrato más escandaloso de la sociedad noble de su época, sólo equiparable a las representaciones que de la misma hiciera el marqués de Sade.

 Escrita en un ambiente de tensión y subversión latente (1778-1782), en medio de la miseria del pueblo francés, Las amistades peligrosas es un ejemplo más de la actitud indiferente de la aristocracia ante la realidad innegable que pronto iba a acabar con ellos. La obra se desarrolla al margen del pueblo, de la suciedad y el hambre; los personajes, aristócratas (sólo la presidenta Tourvel pertenece a la alta burguesía), siempre están resguardados por una carroza, una habitación, un salón, un castillo o un bosque estival, que les permite mantener su forma de vida, o bien placentera o bien devota. Placer y devoción constituyen pues los ejes axiológicos de la obra; desde estos los personajes intentan preservar su forma de vida y cumplir con las obligaciones de la tradición católica, unos con más honestidad que otros. Es el conflicto entre placer y devoción lo que lleva a los personajes a asumir una posición ante la realidad; sin embargo, esta posición, aunque parezca elegida con libertad, está predeterminada por la sociedad. Hombres y mujeres asumen los roles que ya se han establecido, y desde ellos hacen uso de sus estrategias de poder para poder vivir en libertad. Así pues, ante la esclavitud del establecimiento religioso y social, unos personajes disfrutarán de la libertad espiritual y otros de la libertad física. Los primeros en paz con el mundo; los segundos en declarada oposición. Mas con una oposición discreta, con una máscara que los hace ver ante los primeros como iguales, incluso en algunos casos, como modelos de buena conducta.

 Todo en el gran teatro del mundo, cuyas normas son claras y sencillas para todos: la virtud se mide por la aceptación social. Criterio a todas luces contradictorio pero eficaz y sobre todo muy católico. Una persona digna, virtuosa es aquella que cumple con lo establecido por las leyes divinas y humanas, sin importar cómo se cumplan dichas leyes. En este escenario los personajes hacen uso de sus estrategias para permanecer en sociedad; devotos y pecadores, hombres o mujeres, se saben poseedores del poder moral, de la fuerza del espíritu y de la educación; o del poder de la apariencia, de la mentira; ambos determinados por su entorno. Paradójicamente lo que es poder en los personajes, también es sometimiento; siguiendo a Butler (2001) “…el poder que en un principio aparece como externo, presionado sobre el sujeto, presionando al sujeto a la subordinación, asume una forma psíquica que constituye la identidad del sujeto.”(p.13) El devoto sabe cómo debe actuar para permanecer, es decir, para ser sujeto, el pecador también; si alguno de los dos se sale de dicho patrón recibe su castigo. De esto se trata la novela de Choderlos de Laclos.

 

  1. II.                Las amistades peligrosas (semblanza de los personajes)

 Dentro del universo de la obra, y desde la mirada de la moral establecida en la Francia del siglo XVIII, en la novela existen virtuosos, corruptos e inocentes. Los corruptos no pueden ser inocentes; los virtuosos no pueden ser inocentes; los inocentes no pueden ser inocentes. La inocencia, tarde o temprano recibe su escarmiento. La inocencia en la mujer es un valor de cambio: “…a las mujeres se las consideraba propiedad sexual de los hombres, cuyo valor disminuiría si las usaba alguien que no fuera su propietario legal. Desde este punto de vista, el honor masculino dependía de la castidad femenina.” (Varios. Tomo 3. 1993. p.119); un tesoro resguardado tras las puertas de la iglesia y entregado al esposo para que él lo tome (decir que lo arranque suena demasiado íntimo). Los predadores, los corruptos, ven en la inocencia un trofeo, quizá el más preciado, y al mismo tiempo un mal que debe ser erradicado de la tierra. En la novela, virtuosos y corruptos se enfrentan por la inocencia, y para el caso concreto, por la inocencia física de la joven Cecilia Volanges, y por la inocencia espiritual de la Presidenta Tourvel.

 En París Merteuil intentará llevar a la jovencita Volanges a su perdición, mientras que en el campo, en un antiguo castillo, Valmont asediará con sutileza a la Presidenta Tourvel. Luego de los primero intentos fallido, y gracias al ingenio de la marquesa, las dos virtuosas, en el castillo, deberán hacerle frente al Vizconde. En medio de humildades falsas, hospitalidad hipócrita y declaraciones malintencionadas, la obra deja ver el poder que se encuentra presente en todas las relaciones sociales. Hombres y mujeres poseen o deben poseer estrategias de poder para sobrevivir en una realidad social que no acepta la honestidad y no perdona la inocencia. En este complejo campo de batalla las mujeres tienen mucho más que perder, y por lo tanto deberán aprender y aplicar las reglas de juego si quieren ser virtuosas y proteger su nombre y su herencia. Las corruptas mantendrán su estatus y su fachada intactas hasta que sucumban ante su propio juego.

 

La Marquesa de Merteuil - El Vizconde de Valmont

 El poder de la Marquesa está basado en la apariencia; sus armas son la máscara, el ocultamiento, el lenguaje. El placer en todas sus posibles manifestaciones es su objetivo. El placer amoroso, el placer del rumor, el placer del desenmascaramiento del mojigato. Para ella el amor es placer. Conoce las reglas de este amor placentero: la apariencia debe mantenerse siempre, la máscara no debe retirarse del rostro; incluso en la entrega se deben mantener, para la mujer y para el hombre las “buenas maneras”; así se lo explica al vizconde de Valmont, su antiguo amante y cómplice: “…por mucha gana que tenga una de darse, por mucho que le urja, aún así ha de tener un pretexto; y ¿acaso hay otro más cómodo para nosotras, que aquel que hace que parezca que hemos cedido a la fuerza? Por mi parte, lo confieso, una de las cosas que más me halagan, es un ataque vivo y bien llevado, en el que todo se sucede con orden, mas rápidamente, que jamás nos pone en ese penoso aprieto de haber de reparar nosotras mismas una torpeza que, al contrario, habríamos debido aprovechar; que sabe dar la impresión de violencia hasta en las cosas que concedemos, y sabe halagar con habilidad nuestras dos pasiones favoritas, la gloria de la defensa y el placer de la derrota.” (27-28) ¿Cuál es el modelo de mujer para la Marquesa? Una que sepa que su poder está en jugar el juego de la inocencia, mas no decepcionar al hombre con ésta. Para ella, decepcionar al hombre implica socavar su imagen pública. Pero se trata de la imagen pública secreta, oculta, no de la imagen pública abierta; de esta última hay que cuidarse también y aparecer como la más devota de las devotas. Poder de la palabra falsa, de la apariencia, que ante el inocente adquiere la imagen de lo divino: “¿No es gracioso, en efecto, consolar en pro y en contra, y ser el único agente de dos intereses diametralmente opuestos? Heme aquí, como la Divinidad, recibiendo ruegos contrarios de los ciegos mortales, y sin cambiar en nada más inmutables designios.” (97)

 Por otro lado, para Valmont la posesión de la mujer es el premio al esfuerzo de la conquista. Entre más difícil sea la conquista, más placentero es el premio; aunque en cualquier caso sea igual de efímero. Como la Marquesa, Valmont procura el placer sobre la posesión, pero a diferencia de ella, su rol masculino le otorga la cualidad de la acción; si quiere el placer debe luchar por arrebatarlo, así sepa que su amiga se lo va a dar, si no se juega el juego, el placer desaparece. La siguiente idea de Butler (2001) sirve como una descripción perfecta de la estrategia de seducción más estimada por Valmont, y la que mejor domina, la que en últimas utiliza con Cecilia y con Tourvel, y la que intenta usar con la marquesa olvidando quizá que ella también la conoce: “¿No existe acaso un anhelo de llorar –y, de manera equivalente una incapacidad por hacerlo –lo que uno/a no fue capaz de amar, un amor que no estaba a la altura de las ‘condiciones de la existencia’? Esta pérdida no es sólo del objeto o de un conjunto de objetos, sino de la posibilidad misma del amor: la pérdida de la capacidad de amar, el duelo interminable por aquello que funda al sujeto.” (35) Valmont logra levantar, desenterrar este deseo reprimido por amar que forma y somete a Cecilia y a la presidenta, y que él sabe que constituye el sujeto de todas las mujeres y de los hombres. Ese amor que esté a la altura de las condiciones de la existencia, que se sabía imposible y que el vizconde hace posible por medio de la palabra, en el caso de la presidenta, y del ejemplo en el caso de Cecilia.

 

La Presidenta Tourvel – La Señora de Volanges – La Señora Rosemonde

 Estas tres mujeres representan en la novela la tradición. El deber-ser moral y ético. Mujeres naturales según de Laclos, educadas para cumplir un valioso rol en la sociedad; su formación debió ser claramente rousseauniana: “Toda la educación de las mujeres debe ser relativa a los hombres. Complacerlos, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, criarlos de jóvenes, cuidarlos de ancianos, aconsejarles, consolarlos, hacerles agradable y dulce la vida: éstos son los deberes de las mujeres en todas las épocas y lo que han de aprender desde la infancia.” (Varios.152) De Laclos, contemporáneo y seguidor de Rousseau considera que ésta es la mujer natural, la que él llama a que tome conciencia de su papel y abandone la esclavitud de las apariencias, el deseo y el engaño.

 Sin la presencia de su Señor marido, y abandonada por la protección divina, el amor terrenal, placentero, ataca a la Presidenta. ¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse del placer? El poder de la Tourvel está en su dignidad, en el cuidado con que ha mantenido su pureza física y espiritual, por eso se puede nombrar como una mujer de bien; lo que otras dan sin consideración, ella ha sabido proteger: “Rousseau eleva a la altura de caricatura la convicción de que si bien la mujer no está desprovista por completo de razón, esta facultad es en ella más simple que en el hombre, y sólo debe cultivarla en la medida en que tenga necesidad de ella para cumplir con sus deberes naturales (obedecer al marido, serle fiel, cuidar de los hijos).” (361)

 Para las tres señoras las reglas de juego establecen que la moral y la dignidad deben ser el estandarte de una mujer. Moral y dignidad determinadas por la sociedad; de nada sirve ser digno y honesto consigo mismo, si los otros no lo notan: “Mi buena amiga, su propia honradez la traiciona, por la seguridad que le inspira. Piense pues que tendrá por jueces, de un lado, a gentes frívolas que no creerán en una virtud cuyo modelo no ven entre ellas; y de otro, a malvados que fingirán no creer en ella para castigarla por haberla tenido. Considere usted que está haciendo en este momento, lo que algunos hombres no osarían.” (de Laclos. 2000. P.55) Papel de la mujer establecido por la tradición, siempre dependiente de la opinión pública, siempre bajo riesgo de ser despreciada, vilipendiada, desterrada del corazón de la sociedad. Unas como la marquesa, asumen este riesgo y juegan al engaño para gozar del placer, otras como Tourvel o  Volanges huyen del riesgo y se encierran en la certidumbre de la misma tradición. Unas y otras deben seguir las normas, jugar a la hipocresía del “deber ser”.

 

Cecilia Volanges – El Caballero Danceny

 Cecilia y Danceny representan la inocencia de la juventud, el producto de la educación religiosa. Mujer y hombre carentes de la experiencia mundana. Ella que no la conocerá si se casa pronto o si vuelve al convento, él que inevitablemente llegará a ella: es hombre. Cecilia es la jovencita cuyo único valor es ser ignorante. Pura, incontaminada. Su vida nunca será regida por ella misma: es mujer. La Marquesa de Merteuil, que se ha ganado la confianza de hija y madre, sabe de las insinuaciones del Caballero Danceny, y decide aprovecharlas. Se hace tutora de la niña en las materias del mundo –siempre evitando que la Señora de Volanges lo sepa –y como primera medida, le da a leer literatura amorosa. Estas obras, unidas a los consejos de la Marquesa, hacen que aflore en ella el amor. Incapaz de comprender por sí misma el mundo, vive engañada de su falsa libertad e independencia.

 

  1. III.             Mujeres y hombres naturales. La propuesta ideológica del autor

 La enseñanza a las sociedades que pretende Choderlos de Laclos, advierte a las mujeres que una excelente formación en la fe y las buenas costumbres no las protege del amor engañoso, que las viejas recomendaciones carecen de efecto; mientras a los hombres que dicha fe religiosa y obediencia al deber ser en la mujer puede ser aprovechado también para el engaño: “Si me permite hacer a mi edad un reflexión que no suele hacerse a la suya, le diré que, si supiéramos descubrir nuestra verdadera felicidad, jamás la buscaríamos fuera de los límites prescritos por las leyes y la religión.” (Carta de la señora Rosemonde al joven Danceny. P.275). Pero al tiempo que advierte a hombres y mujeres, el autor muestra, tal vez sin proponérselo, que el amor placentero sólo es posible a través de la apariencia y el engaño. Wollstonecraft (1996) también cuestiona estas prácticas: “…se les dice a las mujeres, y lo aprenden del ejemplo de sus madres, que un pequeño conocimiento de la debilidad humana, denominado justamente astucia, un genio suave, obediencia externa y una atención escrupulosa a una especie de decoro pueril les obtendrá la protección del hombre; y si son hermosas, no necesitan nada más, al menos durante veinte años de sus vidas.” (128) Crítica a la institución formadora de mujeres y a las ideas tradicionales de la misma institución acerca de las relaciones entre mujeres y hombres. Crítica a las tradiciones matrimoniales y a la corrupta sociedad aristocrática. Choderlos de Laclos, deja ver con esto una clara pertenencia a las ideas de la ilustración y a las recién nacidas ideas revolucionarias que conducirán a Francia a la eliminación de la nobleza como representantes del poder absoluto, que desplazaran a la iglesia a un lugar secundario en la organización y administración de la vida social. Y, sin embargo, propone que ante la ausencia de lo masculino y regulador, lo femenino vuelve a su esencia inestable, filosa, dañina. La Marquesa de Merteuil, la viuda que ha encontrado la clave para su vida libertina mientras aparenta rectitud; la joven Cecilia, alejada de la protección del padre eterno, y de su futuro marido, entregada a la deriva de las acciones de dos viudas, madre y madrina, se va entregando poco a poco al peligro; la Presidenta Tourvel, sin su esposo que le reafirme la conducta adecuada, en un castillo regentado por una anciana y aconsejada por una Señora de intachable moral, sin al menos un cura que la salve.

 En el diálogo epistolar de egos y vanidades, la Marquesa y el Vizconde relatan sus hazañas y su axiología. Relatada por la Marquesa, conocemos su historia de rebelión, cómo gracias a la inteligencia descubrió en la sociedad un lugar desgraciado para la mujer, de sometimiento al hombre y anulación del deseo y del placer. Desde Butler (2001) se puede ver en la marquesa la experiencia del reconocimiento de sí: “La conciencia es el medio por el cual el sujeto se convierte en objeto para sí mismo, reflexionando sobre sí, estableciéndose como reflexivo en el doble sentido de la palabra (reflective, que reflexiona, y reflexive, que refleja).” (33) La observación científica le permite estudiar, analizar y reconocer los comportamientos de hombre y mujeres, lo que se espera de cada uno y lo que se castiga con mayor dureza: “Estudié nuestras costumbres en las novelas; nuestras ideas con los filósofos; busqué incluso lo que los moralistas más severos exigían de nosotras, y me aseguré así de lo que podíamos hacer, de lo que debíamos pensar y de lo que habíamos de aparentar.” (de Laclos.133) Especialización que le lleva años y cuyo dominio le permite gozar, no del deseo, ni del placer –estos dos serán sólo una grata consecuencia –sino de la libertad para decidir, para sentir y para vivir. La inteligencia le da a la mujer la libertad del hombre, pero a diferencia de aquel, ella no podrá disfrutar de su libertad más que ocultándola; al menos no en la sociedad reinante; quizá en una nueva esto cambie.

 Una vez más el mensaje de Choderlos de Laclos le apunta a la hipocresía de una sociedad corrupta, a la doble moral que salva a los tramposos y pierde a los ingenuos. Aclara al mismo tiempo que en esa realidad, sólo se pierden los ingenuos que quieren mantener la verdad como baluarte ético; por lo tanto lo que se debe cambiar es la realidad. Aquellos que reciben el escarmiento a su insensatez y aprenden la lección ingresando al juego de las seducciones y los engaños, están salvados. El sometimiento al juego de las máscaras necesario para el cumplimiento las normas sociales forma al sujeto; Butler (2001) se refiere a este fenómeno comentando a Foucault: “Pero si, siguiendo a Foucault, entendemos el poder como algo que también forma al sujeto, que le proporciona la misma condición de su existencia y la trayectoria de su deseo, entonces el poder no es solamente algo a lo que nos oponemos, sino también, de manera muy marcada, algo de lo que dependemos para nuestra existencia y que abrigamos y preservamos en los seres que somos.” (12) Esto es lo que se muestra en la obra con la joven Cecilia. Luego de una primera impresión en donde todo por lo que se vive se ha perdido (léase la pureza física que refleja la pureza espiritual), Cecilia comprende que si desea seguir viviendo sin sufrir, debe despreciar dicha pérdida manteniendo la apariencia de que nada ha perdido, y que como ganancia obtendrá el goce del placer. Valmont se convierte así en el tutor sexual y social de la jovencita.

 El autor propone mientras tanto que el deseo y el goce del placer no son exclusivos del sexo masculino, sino que le son connaturales al ser humano, masculino y femenino, y que la sociedad de su tiempo ha sometido a la mujer para sepultar su naturaleza. Cecilia goza y desea aprender a gozar más, cuando encuentra un espacio libre y seguro (en apariencia) de exploración. La presidenta Tourvel entregada al amor que salvará a su amante del dolor y la perderá a ella en el placer, sólo puede permitirlo como anulación total de su ser, de su formación, de su existencia como hasta ese momento la creía absoluta; con Butler (2001) comprendemos la trascendencia de esta decisión: “…no existe ningún cuerpo fuera del poder, puesto que la materialidad del cuerpo –de hecho, la materialidad misma –es producida por y en relación directa con la investidura del poder.” (103). Tourvel renuncia a lo que es para ser en el amor hacia Valmont. Ni siquiera reconoce como posibilidad la apariencia, la doble moral, el engaño. Accede al natural goce amoroso destruyéndose, anulándose, siendo en el otro, dejando de ser sujeto para ser esclavo. Pasa de un sometimiento ético a un sometimiento emocional. No hay alternativa. De nuevo Butler (2001) ilustra esta situación extrema: “…podríamos pensar que ciertas formas de amor conllevan la pérdida del objeto no sólo por un deseo innato de triunfo, sino porque tales objetos no cumplen los requisitos para ser objetos de amor: como objetos de amor están marcados para la destrucción. De hecho, pueden amenazar con la propia destrucción: ‘Seré destruido/a si amo de esa manera.’ Al estar marcado para la ‘muerte’, el objeto está ya, por así decir, perdido, y el deseo de vencerlo no es otra cosa que el deseo de vencer a un objeto que, de ser amado, acarrearía la destrucción para el que ama.” (38). Cuando la presidenta se reconoce incapaz de rechazar ese amor, acepta la sentencia: amar es renunciar a SU vida, es morir para vivir sólo en ese amor. Por otra parte, Cecilia ignora ese amor autodestructivo mientras fue la aprendiz del vizconde; sólo cuando el placer la ha llevado más allá de los límites tolerados por su sociedad y su mentor muere, descubre que por no haber negado el deseo perdió su ser, de ahí que la única solución posible a su existencia sea recluirse para siempre en el convento.

 Las mujeres son sacrificadas para mostrar la corrupción y el daño de la sociedad aristocrática. Mártires ficcionales no pierden su estatus de sometimiento. Al fin de cuentas en la obra se les sigue invitando a ponerse alertas ante el peligro a costa de su integridad si no escuchan las advertencias. Misma fórmula con distinto fin: la iglesia, la familia, la tradición previene a la mujer en vista de su incapacidad por protegerse, pasando de lado por la idea de si deben protegerse, y de qué y por qué; el autor previene a la mujer de esas costumbres sociales que la ha conducido hacia la ingenuidad y la inocencia extremas o la falsedad absoluta, pero la previene al fin de cuentas, le muestra lo terrible que podría ser su existencia en esa realidad, pero no le da alternativas; parece más un mensaje para que los hombres hagan algo por las mujeres a que ellas hagan algo por sí mismas.

 El mensaje también advierte sobre la precariedad de la educación de las mujeres: “¿…no se habría inclinado hacia el bien, ese corazón tan sencillo, ese carácter tan dulce, y tan sumiso, más fácilmente aún que hacia el mal? ¿Qué otra joven, al salir del mismo convento, sin experiencia y casi sin ideas, y sin traer al mundo, como casi siempre ocurre entonces, más que una pareja ignorancia del bien y del mal; ¿qué otra, digo, habría podido resistirse más a tan culpables artificios?” (de Laclos.279) La experiencia y la razón son la única medida para convertir la corrupción imperante en la decadente sociedad francesa; sin éstas no hay salvación: “A partir de 1760, el problema educativo, femenino y masculino, invade las conciencias ilustradas (…) La reflexión se desarrolla en torno a la crítica del convento, lugar donde las chicas no aprenden nada y se marchitan, privadas de aire puro. Y ni qué decir de lo absurdo de confiar a las religiosas, ajenas a la experiencia conyugal, el cuidado de formar futuras esposas y madres.” (Varios.150-51) Así, junto con la corrupta aristocracia, el autor ataca a la institución religiosa utilizando la incapacidad de formación de la mujer sólo como una fachada para mostrar su desconocimiento de las verdaderas necesidades de los tiempos de la república; el blanco de su denuncia no es tanto el convento como la visión de mundo de la religión: “…la ausencia o la mediocridad de fortuna de la mayor parte de las familiar evita de modo radical la clausura de las niñas. Las tarifas vigentes hacen que el convento sea un lugar educativo virtual para una ínfima franja de ricos, aristócratas o grandes burgueses. Cuantitativamente, por los efectivos recibidos, el convento pesa poco sobre la población escolar.” (157) La pérdida de Cecilia, en parte por culpa de su educación conventual, sirve de ilustración de los malos hábitos sociales y culturales de la aristocracia.

 

Desenlace - conclusiones

 Conseguidas las victorias, obtenidos los trofeos, Valmont reclama lo apostado: poseer de nuevo a la Marquesa de Merteuil. Pero ella no pretende darse tan fácilmente. Además, el juego no ha terminado, falta verificar cuál de los dos posee más poder. Merteuil obliga a Valmont demostrar que no siente amor por la presidenta. Valmont accede, lo que lleva a la muerte en vida de Tourvel. Cumplido el requisito, el Vizconde exige de nuevo su apuesta, y de nuevo la marquesa se niega. Sus razones aparentes son de imagen pública; además está cultivando y formando, así como él lo hizo con Cecilia, un joven amante: el caballero Danceny. Valmont ve en todo esto una provocación y un atentado a su fama. La guerra es declarada entre los dos perversos. Valmont utilizando a su pupila le quita lo único sagrado a la Marquesa: el placer, y de paso le regala la humillación de verse abandonada por un jovencito inexperto que prefirió la juventud y el supuesto verdadero amor. A este primer ataque a lo sagrado (el placer), Merteuil responde con la misma fuerza, sacrificando la intimidad y la lealtad de la escritura: le da a leer a Danceny la carta en la que Valmont le explica su estrategia para llevar al joven caballero a la cama de la joven Cecilia. Ofendido, humillado e indignado por ver irrespetadas a sus dos mujeres, Danceny reta a duelo al Vizconde. Vence.

 Antes de morir, Valmont se redime y redime al caballero; en otras palabras, redime al género masculino sobre el femenino; el primero conserva la dignidad y una inocencia espiritual que le permite reconciliarse con el mundo y con la vida antes de partir, que le permite recibir el perdón de los hombres; el segundo queda como el culpable de hacer que los hombres se maten entre ellos. Valmont muere limpio, Danceny será perdonado por su inocencia. La presidenta arrepentida intentará retornar a la fe, mas no obtendrá la redención: el delirio la llevará a morir sin recuperar su antigua dignidad, en un convento, bajo la mirada compasiva de su amiga devota y de Dios. La jovencita Volanges, con un aborto a cuestas, enterada del desenlace de su tutor y amante, y de su enamorado y amante, sólo encuentra la solución del encierro. A diferencia de la presidenta, le queda toda una vida para expiar sus pecados, pero no para corregir su ignorancia. La Marquesa de Merteuil, gran artífice de todo el mal, verá su nombre arrastrado por las calles parisinas, en boca de las peores gentes: la carta sobre su filosofía de vida y su gran hazaña contra Prevan será la lectura de moda y la llevará a la muerte social. Como si esto no bastara, la providencia lanzará su ira sobre esta mujer libre e inteligente: perderá su herencia y padecerá de una viruela que la dejará viva y con el rostro deformado. La proscripción será su único camino: huir lejos, autoexiliada y ladrona.

 Como imagen del triunfo de la mujer natural, la Señora Volanges y la Señora Rosemonde se establecen como protectoras del honor de las devotas y vigías de la salud moral de sus familias al esconder la verdad presente en las cartas. La novela se cierra con la moraleja en boca de la madre que ha perdido una joven hija y sobre todo el honor de verla bien casada: “Adiós querida y estimada amiga; siento en este momento que nuestra razón, tan insuficiente ya para prevenir nuestras desgracias, lo es más aún para consolarnos.” (Volanges a Rosemonde.281) De Laclos señala, gracias a las ideas rousseaunianas, la diferencia fundamental entre la mujer natural y la mujer corrupta: la primera no puede vivir sin el pudor, la segunda encuentra en él un obstáculo para su realización: “…la naturaleza ha previsto los medios para contener los desbordes de la naturaleza femenina. Ha dotado a las mujeres de ese sentimiento del que no se sabe si no es también el fruto más delicado de la vida social: la vergüenza o el pudor.” (Varios.358) Sentimiento presente en Cecilia y arrebatado por los aristócratas, presente también en la presidenta y arrebatado también por ellos, inexistente en la marquesa más que como una máscara que le facilita el goce del placer, y que, gracias a esa apariencia, puede aconsejar a los demás: “No concibo que una atracción, que tan pronto nace como muere, pueda tener más fuerza que los principios inalterables de pudor, honestidad y modestia; y entiendo que una mujer que falta a ellos puede hallar justificación en su pasión, tanto como un ladrón en la pasión del dinero, o un asesino en la de la venganza.” (Merteuil a Sra. Volanges. 175)

 El imperativo categórico destruye cualquier posibilidad para la mujer de ser en el mundo; sólo pueden ser para el mundo. ¿Viven los hombres esta misma ley? No. Aunque tengan que jugar el juego y buscar el placer en todas partes menos en el matrimonio, y aunque sufran el castigo de su posible ingenuidad, al final serán redimidos. Prevan en un buen ejemplo: aunque sea conducido a prisión por haber engañado a una buena mujer, y su nombre caiga en el lodo de la ignominia social, al final recupera su prestigio. Aunque también gozo del placer amoroso, aunque inicialmente pretendió dañar la reputación de una dama, es exonerado y lo anterior pasa al olvido.

 La mujer natural de Choderlos de Laclos, la presidenta Tourvel es sacrificada en el universo de la ficción. Su entrega al amor placentero y la renuncia a su lugar social, determinaron su caída. Dicha renuncia implicó la pérdida de su único poder: la administración de su cuerpo, su mente y su espíritu que no le pertenecen a ella sino a su esposo. Butler (2001) lo explica de la siguiente manera: “El repudio de ciertas formas de amor sugiere que la melancolía que funda al sujeto (y por consiguiente amenaza siempre con desestabilizar y perturbar sus fundamentos) se debe a un duelo incompleto e irresoluble. Negada e incompleta, la melancolía es el límite al sentido de pouvoir del sujeto, a su sentido de lo que puede lograr, y en ese sentido, a su poder.” (34) En esta idealización de la mujer, el autor deshumaniza los sentimientos femeninos, concluye que la pasión femenina debe excluir el deseo y el placer, y que si sucumbe a ellos lo hace con la conciencia trágica de quien sabe que el mundo no la perdonará por sentir y amar fuera de las reglas.

 Se trata entonces de una moraleja de un hombre del siglo de la ilustración puesta en boca de las mujeres. Es decir, una manifestación de un imaginario sobre lo que representaba y debía significar el ser mujer en la nueva sociedad republicana. Así, de Laclos se inscribe en la tendencia ilustrada del siglo XVIII de reflexionar sobre lo femenino sin dejar que la mujer real se exprese realmente: “En realidad, no estamos en presencia de un discurso femenino, sino de una palabra doblemente masculina, puesto que adopta la máscara de la palabra del otro sexo.” (Varios.351) La máscara no sólo para la voz de las tres protagonistas, sino también para las enseñanzas y la moraleja expresadas por las dos señoras. Aunque la intención del francés pueda verse como reveladora y cuestionadora, no deja de ser la visión masculina de las condiciones de vida de las mujeres de un sector de su sociedad; una escritura, en últimas, velada por las buenas intenciones, por el ánimo de darle un lugar digno e histórico a la mujer en el futuro nuevo orden. Una obra y un pensamiento que pretendiendo desarticular un sometimiento de la mujer que no le permitía dejar de ser esclava, articulan uno nuevo en donde la mujer permanece sometida, bajo una nueva intención de normatización masculina: “Es precisamente en el seno de esta palabra (y de esta escritura) unilateral donde se insertan procesos ideológicos, muy a menudo, cuando no siempre, inconscientes, cuya finalidad justificadora y defensiva consiste en legitimar el destino que se ha dado a la otra mitad.” (348-49)

 

 

Apoyo bibliográfico

 Badinter, Elisabeth (1993): XY. La identidad masculina. Grupo editorial Norma, Bogotá.

 Butler, Judith (2001): Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Cátedra, Madrid.

 Catrysse, jean (1962): Las relaciones peligrosas / Pierre Choderlos de Laclos. Introducción. Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación, Departamento de Idiomas Modernos, Caracas.

 Laclos de, Choderlos (2000): Las amistades peligrosas. Espasa, Madrid.

 Sordo, Enrique (1966): Las relaciones peligrosas / Pierre Choderlos de Laclos. Prólogo. Plaza y Janés Editores, Barcelona.

 Vailland, Roger (1965): Laclos: teoría del libertino. Editorial Anagrama, Barcelona.

 Varios (1993): Historia de las mujeres en occidente. Del Renacimiento a la Edad Moderna. Tomo 3. Taurus, Madrid.

 Wollstonecraft, Mary (1996): Vindicación de los derechos de la mujer. Cátedra, Madrid.

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