En enero, año tras año, sobre la ciudad de Bogotá el cielo sabanero limpio de niebla luce  traje azul salpicado de estrellas, mientras luceros del poniente guindan sus luces en lo alto, como zarcillos de diamante puestos para tan grande ocasión: La diosa luna nimbada por un brillo opalino emerge radiante para su discurrir sideral en los inmensos caminos de Capricornio hasta los torbellinos de la constelación de Acuario. Tierra y aire, lo sólido y lo fluido; lo permanente y lo inmutable en dialéctica cósmica frente a la versatilidad y el capricho de la naturaleza.



Para astrólogos y arúspices que desentrañan los designios en los astros, esta ubicación del satélite lo predispone a la influencia de Urano en casa de Saturno, lo que engendra hostilidad de las fuerzas centrífugas en la cosmogonía de la tierra por un lapso de centurias, con varias consecuencias nefastas. Tal vez ello explique, en proporciones reducidas, el por qué el ser humano adolece de violencia y no se escuchen voces de quienes tienen el corazón dispuesto a la buena voluntad y la tolerancia.



Bajo el sortilegio del fenómeno astral, el plenilunio se extiende aferrándose al entorno de la inmensa ciudad tiñendo pináculos, torres, azoteas y tejados, con ribetes de pincel impresionista. 

Entretanto la dama y el caballero, que conversan en el gran salón con aire distraído, se incorporan del sofá donde reposan, se toman de la mano y hechizados por el sortilegio se acercan al ventanal que ofrece amplia vista sobre la alameda y son atrapados por el raudal de luz que se abre a sus sentidos en una perspectiva de lúbrica belleza. Relajados apoyan las manos sobre el alféizar de la ventana, e hipnotizados por el paisaje circundante, del que ahora hacen parte, observan a su derecha la mayestática inercia de los grandes eucaliptos y los frondosos urapanes de la avenida-parque, junto a la silueta recortada de las torres de los altos edificios del centro de la ciudad desperdigados entre los cerros, en cuyas cúspides se iluminan con luz artificial las iglesias tutelares de Monserrate y Guadalupe. Y, luego, al oeste, hasta donde alcanza la imaginación, observan relámpagos intermitentes sobre el mar de Balboa que presagian ominosas tormentas sobre olas oscuras.

 
Nubes blancas, que un tímido y adormilado vientecillo impulsa al poniente, semejan parvadas de cisnes en busca de lagos de aguas tibias y generosas.

 

La luz de la luna, que ahora incide menos intensa, golpea con tenue brillo el cabello plateado del caballero, que toma del brazo a su gentil acompañante y la conduce de nuevo al fondo de la habitación.



Después del asombro inicial que los sobrecoge, ambos se muestran de acuerdo en que pese a la maravillosa experiencia, que se prolongó por contados minutos, el episodio no fue del todo perfecto: faltó a la escena un fondo musical apropiado. Posiblemente el adagio molto e cantábile de la Novena Sinfonía de Beethoven. 

 

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