PINTURA ASPERA

Encajadas todas las partes y piezas de las tablillas cerámicas, podía ahora el profesor dedicarse a traducir e interpretar, los caracteres y símbolos de escritura cuneiforme inscritos en ella. Al estudiar y analizar el manuscrito, comprendió que se trataba de un relato. Narración esta que se iniciaba:

“En la aridez del desierto alejado de toda civilización estaba el antiguo caserío, habitado por gentes sencillas, sin aparentes pretensiones que cargaban conformes sus remendadas e ingenuas creencias, siempre respetuosos practicantes de cotidianas costumbres, de ceremonias y supersticiones milenarias heredadas de sus ancestros. Ajenos a los honores el boato, la pompa o la solemnidad. Soportando una sencilla y áspera existencia, rutinaria por generaciones.

Pero un día de pleno sol y calor ardiente como tantos, todo esto cambio súbitamente, por una aún inexplicable equivocación, llego hasta allí la fortuna, impetuosa, desconcertante, enigmática, venía extraviada, contrariada y de muy mal humor, por tal situación. Estaba fatigada y deseaba encontrar pronto un sitio de reposo, el corto instante suficiente para repara sus fuerzas y retomar de nuevo el rumbo al gran centro de poder imperial, su habitual destino, su feudo y de donde se arrepentía haber salido. Aquel pequeño caserío apareció de repente prácticamente de la nada proporcionándole la oportunidad del descanso.

Su presencia de inmediato fue advertida, le vieron acercase a gran velocidad y estruendo. A su paso quedaba un olor nauseabundo, denso, gigantesco de nube negra, rompiendo el limpio cristalino horizonte del desierto. Contrastando con esto, su figura y porte era imponente, alta, delgada, fina y elegante su silueta. Su túnica de velos, su gigantesco turbante y sus magnificas joyas, resaltaba aun más aquel esplendido, excitante y voluptuoso cuerpo. Pero por sobre todo resaltaba y opacaba el brillo y esplendor de aquellas alhajas que la cubrían, su vanidad. Su ser giraba en torno de aquella malsana y pervertida obsesión, la vanidad. Gozaba y le divertía plenamente el ver que los hombres se destruían y aniquilaban entre sí, cometiendo crueldades infinitas por llegar a poseerla. Su rostro como otra particularidad era cambiante, a veces su imagen era la del contrabando de especies o mercancías, otras la del tráfico de armas, oro, diamantes o esclavos, también podía ser la del transporte y distribución de drogas, el juego, la usura, la prostitución y una en especial, la de millonarias recompensas por la detención y el secuestro, el clientelismo o el soborno.

Sin embargo hubo hombres viejos y ladinos, mañosos, marrulleros que supieron y lograron engañarla, por su astucia y falta de escrúpulos que emplearon, sobreviviendo a su magia hechicera y encantamiento despiadado, convirtiéndola contrariamente en su aliada dócil y servil esclava.

También con ella llegaron al caserío su impúdica pole y parentela. Venia la Estupidez su hija mayor, bastarda de mirada torva e ideas absurdas, su hijo consentido el Derroche, enano de tatuajes prepotente, jactancioso, ignorante, de pésimo gusto. Estaba las robustas trillizas: La Soberbia, La Envidia y la Insolencia. Con algarabía y en tropel se presentaban, la Ambición, la Codicia, el Cinismo, la Deslealtad, la Mentira, la Traición, la Injusticia, la Frivolidad, el Soborno, el Chantaje, el Engaño, todos y muchos mas permanecían amontonados en este pequeño lugar del desierto.

Temerosos inicialmente los humildes lugareños, se refugiaron en sus ranchos, espiando por resquicios de agujeros a tan imprevista y aterradora aparición. Pero a medida que el tiempo transcurrió todo se altero, los aparentemente justos, razonable y sensatos, resultaron ser las personas más propensas a los embates de la fortuna. Como sonámbulos obedecían a lo intangible, pareciese que escuchasen enfermizas ordenes y mensajes, absurdos y escalofriantes. Su personalidad se había descompuesto sin darse cuenta, sin notarlo se había desquiciado. Indudablemente la presencia directa e inmediata de la fortuna alteraba y desequilibraba la psiquis de la mayoría de los aldeanos.

Pocos eran los que no se había contaminado, tal vez influía su composición moral, de tal forma que sus organismos resistían y eran inmunes ante tales desordenes, convirtiéndose en sujetos extraños y ajenos, en estorbos de esa comunidad de pastores que para la Fortuna merecían ser perseguidos y eliminados. Los demás por el contrario seguían modificando aceleradamente su personalidad y carácter dejando de existir en ellos la voluntad y el dominio.

Se llego a hechos y acontecimientos penosos, como el vil asesinato con sevicia de la Sensatez, cuyo cadáver quedo destrozado y expuesto en cualquier vericueto del caserío. Igual suerte corrieron la Cordura, la Prudencia y el Decoro, ninguno se salvo todos fueron mutilados y destruidos. El caos se apodero de las mentes, la Fortuna había llegado y había actuado, semejante a la epidemia invasora en aquellas gentes que como tantas en la historia humana ahora y siempre serán frágiles e inmaduras para recibirla.

Algunos de los aldeanos aun sanos, en su huida encontraron un ser maltrecho a punto de morir. Al preguntarle su nombre dijo débilmente ser la Esperanza, la auxiliaron escondiéndola y protegiéndola de semejante masacre. Por su parte la Fortuna recuperaba plenamente su vigor se preparaba para partir.

Se había nutrido de aquellos infortunados pastores que tan oportunamente había aparecido constituyéndose de momento en alimento y razón. La partida provoco conmoción, al marcharse el caserío quedo envuelto en la tormenta de la desolación y a sus gentes desfallecidas les costaría no generaciones rutinarias, sino muchas generaciones de esperanzas para recuperarse. ”

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