Esa mañana despertó muy temprano. Sus pensamientos se deleitaban en la frescura de un amanecer que se anunciaba fresco y el heraldo del silencio le entusiasmaba a contemplar algunas de sus ideas. Se había acostado temprano ese viernes. Deseaba guardar el Shabath, pero se sentía tan agotado que no pudo ni contemplar la idea de investigar sobre el significado del encendido de aquellas velas; aunque se siente defraudado por tener información de segunda mano y, lo que es de “primera”, ya no tiene mucho significado si no le es de utilidad o de personal beneficio.

-¡Dios! Casi se parece a mi casa… Si sólo pudiera llegar y salir de esto… ¡Lástima! ¿Qué significa, entonces, 8-15-9? ¿Será un terremoto, en la escala de 9, el próximo 15 de Agosto? ¡Ya no sé nada! ¿Para qué oír voces, si no sé entender lo que me dicen?

Revisó las inconveniencias que se le presentan, las incomodidades y la molestia que acusa de su discrepante Biblia. Necesita una con letras más grandes, con espacio para hacer sus notas y, la que ahora tiene desea regalarla. El hacer sus maletas implica -ahora- aligerar la carga y el volumen, pues, está decidido a irse y, el trabajo que tiene no le satisface.

-Quiero resolver el asunto de los terrenos… Uno no sabe qué pase ahora y ese país no ofrece garantía alguna, pero acá no tengo nada… ¡Hmm! ¡Qué piernas tan bien torneadas las de esa muchacha! (suspiro) Si tuviera menos edad… Pero ya no puedo hacerme ilusiones. Nada que mire en esta vida tiene lo que por tantas décadas había buscado. ¡Además! Con lo poco que gano, ni siquiera podríamos reunirnos una vez a la semana… ¿Cómo sobrevivo el resto de los días? Una relación así, para pasarse unos ratos al mes ¡no es nada! ¿Cómo hace esta gente? No las entiendo. Supongo -a fin de cuentas- que no he aprendido a vivir. ¡Quiera Dios me acabe de sacar de este mundo! Estoy cansado y no entiendo la lección de una vida.

Revisó su situación de pareja… Comprendió que, el cambio del email de la que funge como su compañera, acusa el deslinde emocional de aquella proclama “tony-and-monik-forever”: Ambos saben que no será así.

En medio de sus ideas matutinas, no la echaba de menos en la cama, sino en lo que ella había sido en su vida el año pasado. Se había sentido tan bien con aquella exclusividad, aquella dedicada separación, que creyó haber hallado a la persona ideal. En cualquier momento, cuando cualquiera lo deseaba, se prodigaban atenciones, toda suerte de caricias, y su intimidad hallaba un santuario en aquel lugar que pertenecía a los dos. Hoy, convivir entre los parientes de Mónica, la pluralidad de ideas divergentes, de gustos disímiles y hasta contrapuestos a su discrepante tendencia, es algo que no contempló en su improvisado Éxodo a otra nación, junto a una mujer que no conocía.

-¡No me arrepiento! Admito que me equivoqué, pero no deseo seguir aquí. He abusado de la buena voluntad ajena y jamás tuve parte en lo que ellos pudieran llegar a concertar, en relación a mi venida. Sé que a ella la querían de vuelta a casa. Cualquier cosa que dijeran o hiciesen, se movía a favor de eso, y no me dediqué a saber más allá de lo que ella me dijo. ¿Quién hubiera imaginado? Es tan distinto pasar unos días con los “tuyos” a meterte en las vidas de quienes te toleran (o tolero) por razones obvias y, ahora que en Venezuela vuelven a romper relaciones con Colombia, puedo conocer la perspectiva informativa colombiana. La información –desde aquí- es más noticiosa, de mayor cobertura y con un enfoque multidisciplinario y periodístico. RCN, por ejemplo, es tan distinto a Globovisión, a las noticias de Venevision… pues, el objeto de aquellos es vender publicidad, mientras que éstos informan y forman, aunque polaricen la opinión y vendan sus productos bajo cuerdas ¡porque los venden! (no son tan descarados como en Vzla).

Carlos, guardando su día de reposo, deseaba levantarse y ponerse a trabajar en su computador; pero –guardándose de comentarios adversos- prefirió que el tiempo transcurriera un poco; para que no le fueran a criticar el hecho de incrementar el consumo eléctrico. Ya sabe cómo piensan y a qué le dan prioridad y, como no participa de los pagos (sino de los gastos) respeta esas restricciones que tácitamente se le han impuesto: Uno debe hacerse a un lado, o “colaborar” rápidamente con los pagos de las facturas. Ya sabe cómo han manejado las cosas con un par de las hijas de esta familia y, en lugar de ser parte de los problemas, Carlos anhela ser parte de las soluciones, sólo que puede serlo desde afuera, lejos de ese techo.

-¡Bah! Iré con Monik. ¿Qué caso tiene pensar y desear lo que ya no se tiene? Volveré a confirmarle mi afecto. Ya sé que no tendré lo que deseo, pero ella si puede esperar de mí lo que ya no le interesa.

Carlos deseaba sentirse a solas con Mónica. Añoraba esos días de privacidad donde no había interrupción de su privacidad e intimidad. Es cierto que, desde su primer encuentro, no le gustó (no era la mujer que creía ver a través de la complicidad de un monitor) pero llegó a quererla, desearla; porque le manifestó la lealtad, la entrega y el compromiso que jamás nadie le hubo manifestado con palpables hechos: Mudarse todo un año a su casa, por miserable e incómoda que aquella sea. ¡Es un milagro!

Tuvo dudas de llevársela consigo. Intentó desanimarla, pero -al final- ella lo convenció y cruzándola por sus varias fronteras emocionales tuvo miedo y, sin embargo, la aduana más difícil estuvo en el secreto de su corazón y, una vez que la cruzaba –creyéndola suya- la relación comenzó a fracturarse (en ambos sentidos) y no ha hecho ningún reproche; pues, a fin de cuentas, asume sus culpas y no espera nada de lo que nadie le quiera dar.

-¡Qué diferencia! Allá, cuando estábamos en esa montaña, Mónica se me arrechaba cuando me concentraba en mi trabajo, en las cosas que me interesaban… Ahora, cuando habla con su hija o cuando conversa con sus visitas ¡ni me para bolas! No la entiendo… Se molesta cuando paso todo el tiempo que puedo -afuera- trabajando, entreteniéndome con algo… ¿Por qué no decirlo? ¡Refrescándome la vista! Si llegara a meterse conmigo en la cama, se molesta cuando me pongo a tocarla, más allá de una caricia, porque ya no me toca como solía hacerlo. Se niega a darme las cosas que tuve en nuestra intimidad y, la verdad, lo que tengo ya no es nada.

Dio un giro en esa incómoda cama y saltó hacia el baño del bunker del cuñado. Vació la apretada vejiga y deseaba hacer tantas cosas que la mañana era oscura para ocuparse de lo que desease hacer en otras circunstancias.

-¡Voy a verla! Iré a su cuarto y le daré mi cariño. No voy a tocarla por donde todo está vedado, pues, aunque no me quiera, yo la quiero. Sé que no es amor porque mucho de mí y de ella está contrapuesto; no obstante, bajo otras circunstancias y en otro lugar, podría avanzar con alguien como ella, que se aboque a mí, pero sería esperar demasiado llegando…

Saltó de ese reducido colchón sin resortes y, con tacto, abrió la puerta y observó un espacio propio para meterse sigiloso a un lado de la mujer que lo ha amado con todos sus defectos.

Una vez que acomodó bien su cabeza con una almohada de plumas, comenzó a observarla. Mónica no pareció sentir su llegada ni dio señales de haberse perturbado por la entrada de un intruso en esa cama. Era de esperar un “¿Qué pasa?” o un “¡Me despertaste!”, pero ella no dijo nada ni mostró incomodidad alguna. Carlos comenzó a “detallarla”. La tocó, poco a poco, por la tesitura de sus labios. Comenzó a pasar su índice por todo ese pliegue de piel que cambia de color si la artificialidad de químicos y colorantes. La miraba a sus ojos y esos párpados no acusaban movimiento alguno, sino relajación y serenidad. Desplazó su inquieta mano hasta lo abultado del párpado y acarició esa región, una y otra vez, hasta que sintió curiosidad por esas largas pestañas y comenzó a procurarle cariñosas caricias a esos capilares negros.

-¡Hmm! –sonriente y suspirante, replicó- ¡Me estás haciendo cosquillas!

Ya llevaba rato tocándola aquí y allá. El deseo de su corazón era despojarla de vestiduras y poder tocar esa sensación en la piel desprovista de ropas, pero no la quería importunar ni despertar, sólo quiso hacerse sentir con su presencia.

Comenzó a tocar ese cano cabello. Hubo pensamientos intensos que no voy a relatar y, al notar parte de su hombro descubierto de aquella sábana, posó sus dedos en esa área y comenzó a juguetear con la piel, dando esporádicos besos y lametazos en esos labios carnosos.

-¡Hmm!

Mónica giró sobre su cuerpo, volviendo toda aquella espalda sexy a los ojos golosos de Carlos. Deseaba tomarla y abarcarla, pero no era la intención original ni el lugar; así que tuvo que conformarse con sentir aquella pierna depilada, cercana y bien torneada como una realidad que se hace ahora un recuerdo. Podía subir o bajar en cada centímetro, palpar los capilares y esos poros relajados y no erizados, sabiendo lo que fue y no quiere ser…

Renegado a lo circunstancial, sabiendo que cualquier cosa puede pasar cuando se aborda el cuerpo de una nave que no le pertenece, por debajo de sábanas introdujo su mano izquierda buscando las olas de sus senos. Tocó el uno y el otro, acariciándolo, sintiendo la delicia de su reposada temperatura, pero consciente de que no obtendría más de lo que se le permitía. Tocó delicadamente ese codiciado abdomen. Quiso –por un momento- apropiarse de lo que le es negado y, si embargo, recorrió el lindero de lo que tiene veda y, aunque hubiese querido tocar la popa, estaba plenamente consciente de que ese navío estaba absolutamente anclado e inamovible en la seguridad de aquel puerto de ideas que ya no son suyas...

Al obtener la reiterada confirmación de que no aceptarían lo que se negaban a recibirle, tal como furtivamente vino, así comenzó a levantarse con sigilo de aquel distante colchón, escribiendo –con su estela- ese claro mensaje que se había propuesto dejar: “Te quiero si me recibes”.

Más tarde (tiempo después cuando ya escribía estas notas) Carlos intentó acercársele un par de veces, cuando ella ya se había levantado y salido de ese retirado cuarto. En varias ocasiones, tras un par de intentos, la vio conversando con su hija y, la primera vez que fue a buscarla, ella lo rechazó con una mirada abiertamente desatenta y llena de indiferencia… A fin de cuentas, Carlos ya sabía todas esas cosas.

Pasaron las horas. El día iba lento y no salió de aquella casa apuntando sus notas, haciendo preparativos y haciendo algunas reparaciones o mirando lo que sucedía en casa. Cerca de las 6 pm, Mónica volvía de la misa de la iglesia junto a su hija. Saludó a los suyos y dirigió unas palabras a Carlos. Absorto o desentendido, actuó mirando el monitor de aquella TV.

 

-¡Mira, chico! ¡Te estoy dando la paz!

-¿Cómo?... –simulando estar concentrado en la acción de la TV- ¿Y qué fue lo que le pasó a ese tipo? ¡Ja! ¡Ja!

-¡Te estoy hablando! –reclamando su atención, de brazos abiertos- Te estoy dando la paz.

Mónica estuvo de pie, en la corta espera de unos segundos, parada a su derecha, mirándole al rostro. Insistió en saludarlo dándole “La Paz” pero, Carlos no pudo mantener la mentira de hacerse el tonto viendo la película que miraban los de la casa y -con dejadez- respondió a medias unas vacías palabras que, como simples sonidos, no se correspondían con lo que él desearía como paz y verdadera comunión santificadora en corporal unidad.

Más tarde, de lo que escuchaba a la familia hablar, se enteró que madre e hija volvería a salir. No precisó qué harían, pero -ya cerca de las 7 pm- habían llegado 2 personas y un niño y, según comprendió, iría a las celebraciones de las fiestas patronales de esa noche.

-¡Qué bolas! –pensó para sí- No sé qué paz traen ni qué paz se dan… Si van a bailar ciertamente no será conmigo. Lo que vaya a hacer no me importa y, si viviera conmigo, no consentiría en ello. ¿Qué sé yo qué de cosas pase en uno de esos bailes? Por el contrario, si fuera yo quien saliera –a cualquier lugar- tendría que participarlo o me estuvieran preguntando… ¡Qué incómodo!

A la llegada de otras personas, comprendió esa noche parte de la hipocresía que tienen en acuerdo. Días atrás, les había escuchado conversar sobre una de ellas y, como hay cierta clase de negocios en común, exteriormente guardan cierta simpatía y cordialidad al recibirlos.

-¡Qué sorpresa! –dijo una, levantándose de la silla de la sala.

-¡Bienvenidas! –pronunció la otra, saliendo a recibirles con un beso.

Los saludos fueron efusivos y eso le dio el tiempo suficiente para escabullirse hasta el dormitorio que le habían prestado.

-¡Ajá! ¿Quién me dice que esa clase de actuación no la tienen conmigo desde hace meses? ¡Bueno es saberlo! No me deben nada y estoy aquí por el patrocinio de esta relación que cada día viene a menos. Si no se resuelve lo de la frontera, tendré que resolverme yo.

Incómodo, no teniendo nada por hacer ya, decidió meterse a la cama. Como sabía que los recién llegados pernoctarían en esa casa una noche, imaginó que Mónica dormiría con él y, hasta que no conversó con ella, no supo exactamente qué pasaría.

-¿No te vas a quitar los zarcillos para dormir?

-¡No! ¡Qué va! Yo voy a irme a los fandangos y no pensó dormir todavía.

Mónica se acercó hasta al rostro de Carlos para darle un beso. Éste, notando el olor de la fresca pintura de labios, evitó que lo besara y, sin embargo –no siendo rápido- no pudo evitarlo.

-¡Ja! ¡Ja! Te manché la boca.

Mónica, muy sutilmente, le limpió con la mano y, al salir apagó esa luz.

Carlos intentó dormir y no pudo. Tuvo que usar los recursos propios para auto-inducirse el sueño y, una vez que lo logró, volvió a despertarse.

-¡12:30 am! No ha regresado… ¿Con quiénes estará bailando? ¡Bah! Y ¿Si fuera yo? ¿Cómo se afectaría ella? Creo que su hija está confabulada contra mí, pero ya lo predecía.

No pudiendo dormir, no logrando conciliar el sueño por la incomodidad y el calor recurrente que no se mitigaba con un par de ventiladores encendidos, decidió levantarse y, al voltear para observar el reloj de la cocina -1:30 am- se topó con Mónica, quien cerraba una de las puertas tras su entrada.

-¿Qué haces despierto? –susurró.

-¡Buena pregunta! –replicó y, redirigiéndola, inquirió -¿Y tu hija?

-¡Ya entró a su cuarto! Nos encontramos con Rafa en otro sitio distinto al programado…

Sin terminar de escucharla, se metió al año y vació su vejiga. Al salir, volvió a luchar contra el calor e intentó dormir… Se colocó cerca de la pared, dejando espacio e la cama y, aunque intentó dormir, “Blacky” –uno de los perros de la casa- lo importunó varias veces cuando, asustado por las detonaciones de fuegos artificiales, el animal intentó subirse a esa cama.

-¡Quédate tranquilo! –indicó Mónica- ¡Métete bajo la cama!

Tres veces, para ser exacto, el animal se subió a los pies de Mónica. Lo que más le incomodaba a Carlos era la sensación o la idea de que, al subirse Blacky, le clavara las uñas en los ojos y, sin embargo -tras el último intento rechazado- no pudo contener su hipocresía.

-¡Un perro en la cama me da asco, Mónica! Una cosa es que camines descalza y pongas los pies cerca de mi almohada (sin lavarlos)… Pero esto no lo soporto.

Carlos intentó salirse de la cama, pero Mónica y Blacky se le adelantaron por estar a la orilla.

-¡Tú y tus escrúpulos! ¡Vámonos Blacky!

No tuvo tiempo de refutarle, como hasta hace meses y; aunque el sueño se lo habían espantado (y ya deseaba ducharse para quitarse esa sensación de suciedad) dio un brinco y se allegó hasta la cocina, donde Mónica bebía café negro.

-¡Mírame el brazo! ¿Ves lo que tengo? Una sucia garrapata caminando en mi antebrazo.

-¡Quítatela y ya! –remilgó la mujer, restándole importancia al asunto.

-¡El problema no es ése, Mónica! –espetó Carlos, conteniendo su molestia- ¿Cómo me quito una asquerosa garrapata si se me mete por el conducto del oído? ¡Eso es una asquerosidad!

Carlos, con cierta experiencia, conoce lo que es lidiar con perros, pulgas y garrapatas. En su vida -que se sepa- lo que aborrece es ver a un perro atormentado por el dolor que causan las garrapatas dentro de las orejas. Unas pinzas largas son efectivas para arrancarlas de los lóbulos o del conducto hacia el tímpano, pero sólo él sabe cuánto se sufre cuando esa membrana se desgarra o se obstruye con una garrapata engordada por meses y que no deja oír.

-¡Verga! Lo que yo veo es tan distinto a ti…

Buscó una toalla y se fue a duchar. No tanto por el sudor con el que se había bañado parte de esa molesta noche, sino por esa incómoda sensación de que una garrapata más pequeña buscase adherírsele a cualquier parte del cuerpo. Carlos no la recriminó ni le dijo nada, pues, de estar en su propia casa, habría tirado la ropa inmunda al lavandero y habría sacado al animal fuera de su rango de tolerancia. Desde ese momento comprendió -aún más- que araba en el mar.

 

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: