Es curioso pararse a pensar en cómo funcionan las cosas en determinadas circunstancias, y hablo de circunstancias por no hablar de tradiciones, pues por lo visto, esta nuestra situación actual, ha alcanzado ya todos los requisitos para considerarse como tal. Una tradición impotente, avergonzante, insostenible y arrogante. Con total seguridad, es eso lo que más coraje nos da, el hecho de que tenemos que resignarnos a convivir con ella, aún cuando sólo contenta a un grupo selecto de privilegiados.

Se supone que debo dar gracias por lo que tengo y por estar donde estoy y sí, lo hago, creedme. Pero permitidme hacer un pequeño inciso: lo que tengo es gracias al esfuerzo de personas trabajadoras y humildes, el prototipo de «persona juguete» de esta nuestra actualidad al fin y al cabo. Me gustaría aclarar también a aquellos que todavía creen que nos están ayudando con sus leyes medievales, que no lo hacen. Así como dato. ¿Aún se preguntan por qué les abuchean, les retiran el saludo o les llueven críticas a diestro y siniestro? Os sacaré también de vuestra confusión: no lo hacen. Sencillamente porque les da igual. Seamos francos ¿cuál es el valor de la palabra frente al del dinero? Si hablamos de cualquiera con unos mínimos principios este tema podría ser discutible, pero no hace falta ser hostil diciendo por dónde se pasan las críticas, las malas caras, y las peores palabras esta panda de impresentables trajeados. No hablo de partidos, de colores o de ideologías, estamos hablando de personas. Personas que reniegan de su humanidad, si bien hacen lo humanamente posible por privar de vida a todo lo que les rodea. Es irónico que además presuman de su caridad y su buen hacer, y yo sólo pido una cosa: dejad de mentirnos en nuestras propias narices, no somos idiotas aunque así lo penséis, no somos ignorantes aunque eso es lo que pretendéis y no somos conformistas aunque sea lo que queréis, pues sin duda alguna, el error más grave de aquí nuestros «amigos» no es otro que el de creerse por encima de aquellos a los que antes llamé (inmerecidamente, dicho sea de paso) «personas juguete». Trabajadores. Estudiantes. Jóvenes. Jubilados. Niños. ¡Niños, señores! Todo un futuro echado a perder antes siquiera de saber lo que es. ¿Y todavía se discute la prohibición del aborto?

En fin, dedíquense a arreglar (o a fingir que lo intentan) los problemas que de verdad nos afectan y déjense de gilipolleces, con todas las letras, que aquí lo que sobra no es personal docente o sanitario (entre otros) sino manos grandes en los bolsillos y llevando maletines en los asientos traseros de un coche oficial.

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