Hay personas que dan mala suerte. Te las cruzas en la calle y sabes que no te va a funcionar el día. Vas a pagar un recibo y no lo tienen, se estropea el ascensor, no coges el bus, llegas tarde al trabajo, te dicen que no te renuevan el contrato... Seguro que nada de eso te hubiera pasado si no te hubieras cruzado esa mañana con el cenizo de turno.

Yo huyo de la gente que da mala suerte. Me da igual que esas personas sean de la familia de mi marido o de la familia del vecino de enfrente. En mi casa no entran. No tomaría un café con una de esas personas gafes, ni que me prometieran entregarme el dinero de una primitiva al salir del bar.

Mi marido dice que no existen los cenizos,que son cosas que nos inventamos los supersticiosos. Está muy equivocado. Hay gente que rompe todo lo que toca. Como no te apartes de ellos, te destrozan la vida con sólo mirarte. Mi madre piensa igual. Un día le dijo a una proveedora de su tienda que no le volvería a comprar su mercancía porque le daba mala suerte. Era cierto: la mercancía de la proveedora ceniza no se vendía ni regalada.

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