“Toca levantarse. No es que apetezca mucho, pero toca hacerlo. María no debe darse cuenta de lo que pasa, así que con cuidado, no vaya a ser que se percate, y ya tenemos el lío montado. Además, están los niños. Es una edad muy mala, con la cantidad de problemas que ellos ya tienen…Mejor será que saltemos , y comencemos el día como si no ocurriera nada. ¡Maldita sea!”

En esto anda la cabeza de Luis, cuando el despertador del móvil repite la musiquita de marras por segunda vez. Se gira y mira a la derecha. Una maraña de sabanas y almohadones se eleva sobre la cama. Debajo, debe estar María, su mujer, enrollada como siempre entre las telas. “Da gusto verla dormir. Quince años juntos, y está más guapa que nunca. Joder. Me la comería ahora mismo…”

Luis se levanta sin hacer ruido. No le gusta encender la luz, otorgando siempre unos minutos más de descanso a María. “Dónde puñetas estarán las zapatillas. Anda, aquí hay una…¿Y la otra?. Ya está, a buscar por debajo. De buena mañana, agacharse es lo mejor para la hernia” Tras un rato tanteando a oscuras por el suelo, Luis encuentra la bamba que le falta y se incorpora.” Bamba. Así las llama María desde que estuvimos en Tenerife de viaje de novios. Aquello si que estuvo bien. Tenemos que ir con los niños en vacaciones. Ya son mayores y aguantarán el viaje de sobras”

Con mucho sigilo, localiza en la cómoda el pantalón que se quitó el día anterior, al volver del trabajo. “No se habrá arrugado mucho. Todavía debe estar limpio, pues me lo he puesto dos veces nada más. Ahora, la camisa, los gayumbos y los calcetines” Luis se dirige al armario empotrado. Desliza la puerta corredera con cuidado. “Mira que pesa la puñetera. El día menos pensado, le meto mano al plazo fijo, y arreglamos el dormitorio, que se ha quedado muy antiguo”. Coge la camisa de la segunda percha, la azul a cuadros que tanto le gusta a su hija Marieta y, del segundo cajón, extrae unos boxer de los que le regalaron el día de su cumpleaños. “¿Y los calcetines? ¡Ah! Ya me acuerdo. En el tercer cajón de la mesita de noche…Ya sois míos. ¡A la ducha!”

Sale de la habitación dejando la puerta casi cerrada. Son las siete de la mañana, en un rato empezará a clarear, y no quiere que la luz del día despierte a su esposa. Entra en el cuarto de baño que hay al lado de la leonera de  Luisito, el mayor de sus hijos . Tiene la puerta cerrada, al igual que su hermana. “Parece que se les ha ido el miedo a la oscuridad. Hace un año aún teníamos una luz en el pasillo, y mira ahora. Crecen muy deprisa. ¡Cuántos años tienen ya? A ver. Luisito…trece, y Marieta ya ha hecho los once. ¡Cómo pasa el tiempo!” Una vez dentro,  Luis recuerda que hoy es sábado. “ Hoy no tienen que ir al colegio. Que duerman, ellos que pueden.”

Continuando el rito diario, Luis se encierra en el aseo. Se mira en el espejo, y se acaricia la cara, para ver si se rasura o no. “Me afeité ayer. No pincha mucho, así que lo dejaremos para mañana” Abre el grifo de la bañera; el agua caliente tarda un poco en llegar desde el termo y hay que dejarla correr brevemente. “Cualquiera se ducha con agua fría a estas horas. Ya no soy tan joven” Una vez se ha desnudado del todo, se detiene frente al espejo y escruta su cuerpo. “Para cuarenta y tres años no estoy tan mal. Quitando la puñetera barriga cervecera, aún estoy fuerte. Y eso que desde hace… ¿un año sin hacer deporte? Demasiado. Tengo que volver a correr por las noches. Pero me da pereza…¡Bah! Algo tendré que hacer o me voy a anquilosar”

El agua está templada. Luis entra en la bañera y rueda la cortinilla sobre el riel. “Tenía que haberle hecho caso a María cuando insistió en poner una mampara. Con la mierda esta de cortina se sale toda el agua” Apura el champú. “Que no se me olvide pasar por el súper y comprar. Luego, al mediodía, cuando salga del curro” Mientras se enjabona el cuerpo, se entretiene mirando la colección de juguetes que adornan los bordes de la bañera. “Parece mentira, lo mayores que son ya, y todavía con estas cosas. Sobre todo Luisito con los muñecotes. Marieta no tanto…Es casi una mujer” Un escalofrío le recorre el cuerpo. No sabe si es por que el agua no sale lo caliente que le gustaría, o por el hecho de pensar en su niña como en una mujer. “Dentro de nada se me escapan de las manos. Me estoy haciendo viejo”

Seca su cuerpo con una gran toalla rosa que pertenece a María. Ella siempre ha protestado por esto, pero Luis le responde que de esta forma se impregna del olor que ella desprende, y así la jornada se le hace más llevadera. Ante este razonamiento María nunca dice nada.”Que bien huele. Es un vicio absoluto. Si no estuviera dormida, le haría una visita…No. Que están los niños y pueden sorprendernos. A la noche, mejor”

Se viste con lentitud. Le gusta ir hecho un pincel, y cuida todos los detalles. “Me faltan los zapatos. Hoy me pondré los castellanos negros, que me pegan más” Revisa el calzado y comprueba su brillo y limpieza. “Los zapatos deben estar siempre bien limpitos. Dicen mucho del dueño. Estos están de muerte.. ¡Hala! A desayunar algo, que tengo un hambre…”

Después de recoger toalla y ropa usada, y depositarlas en el cesto, sale silencioso del aseo y, aprovechando la claridad que comienza a invadir la casa, sin encender la luz del pasillo se encamina a la cocina, en el otro extremo. Entra y cierra la puerta.

“En la nevera no hay ningún cartón de leche. A ver en la despensa…Tampoco. Pues no sé que voy a tomarme. Que desastre. Tengo que estar encima de todo o no funciona nada. Eso es el chaval, que se la bebe como si fuera agua. Úlcera no tendrá, no, el cabrito. Podría avisar, ché.” De un paquete de galletas de chocolate, saca tres, dejando sólo dos en el interior. “Así aprenderá. Me como sus galletas” Se arrepiente, y las vuelve a meter dentro. “Es igual. Ya me tomaré una tostada en el bar de Roque. Y con tomatito rallado…Y con jamón…Y que hambre tengo, coño”

Luis coge un papel de encima de la mesa, y con el lápiz que siempre hay en el cajón de los cubiertos, escribe una lista.”Leche, champú, huevos, agua mineral…y galletas de estas rellenas, que les quedan pocas y se las comen como pipas” Pliega el escrito, y lo introduce en el bolsillo trasero del pantalón. Sale de la cocina y camina hasta la entrada de la casa.

Del cuenco que hay en el mueble de la entrada, recoge un manojo de llaves que contiene las de la oficina. “Las del coche, no. Creo que el chiquillo tiene partido, y María se lo tiene que llevar. Aunque no estoy seguro. Por si acaso, iré andando al despacho, que no me voy a morir por ello”

De puntillas, recorre con rapidez el pasillo hasta alcanzar su habitación. Abre la puerta muy pausadamente y se dirige con celeridad hacia su lado de la cama. Allí, en el primer cajón de su mesita, guarda la cartera. “Aquí está. ¿Y el móvil? ¿Dónde lo habré dejado?...Ya está. Junto al retrato de mis padres, encima de la mesa” Con el teléfono en el bolsillo derecho del pantalón y la cartera en el de la chaqueta de lana que le regaló su madre, comienza a salir de la alcoba. De repente, se queda quieto, paralizado. Nota como si su mujer se hubiese movido, como si hubiese cambiado de posición. Observa con atención. “No. Debe ser una sensación mía. Sigue durmiendo profundamente. No la oigo ni respirar…”

Sale del cuarto y entorna de nuevo la puerta. Sus silenciosos pasos le llevan hasta las habitaciones de sus hijos.” Debería entrar para ver si están bien y darles un beso…No…No quiero despertarles. Esta paz que hay ahora en la casa es tan buena…” Dejando atrás las habitaciones, llega a la puerta principal y, después de darle dos vueltas al cerrojo, la abre y abandona la casa tras cerrar cuidadosamente, sin el más mínimo ruido. “Que frío tengo ahora. Igual me he resfriado. Me encuentro raro”

Baja las escaleras a buen ritmo, contando para sí los escalones. Son tres pisos y, siempre que puede, evita el ascensor.”Un, dos tres, cuatro…No me encuentro bien. No sé que pasa, pero algo falla. Nueve y diez. Rellano. Vuelta a empezar. Uno, dos, tres,…”

Ya ha llegado a la portería. Tiene la sensación de ir volando, de flotar, como si sus pies se movieran solos, independientes del cuerpo. “Qué raro es esto. Cuando sea  buena la hora, me escapo a la farmacia y que me tomen la tensión” Sale a la calle.

- ¿Buenos días, Luis? ¿Cómo te encuentras hoy?

Dos mujeres conversan justo enfrente de la salida. Una de ellas, la más joven, al ver a Luis se gira totalmente y le interpela.

-¡Qué cómo estás hoy!- Le dice, mirando a los ojos tristes y ausentes de Luis. Éste detiene su camino, busca en su interlocutora algo que le motive a contestarle y al no hallar nada, le esquiva y continúa en su andar. “No sé quién es. Ni me importa. Déjame en paz, vieja cotorra. Yo no te he dicho nada…”

Las dos mujeres le ven alejarse. Se miran entre ellas, y una mueca dolorosa se dibuja en el rostro de una de ellas. Siente pena. Pena y dolor.

-Que perra es la vida, le dice a su amiga, y continua hablando.

- Hace un año cumplido que su mujer y sus hijos faltan. Fíjate, iban los tres a un partido de fútbol del mayor, y un borracho se saltó un semáforo con un camión y les destrozó. Desde entonces, el bueno de Luis anda más muerto que vivo. Todos los días se repiten para él. Piensa que está aún en el mismo sábado en el que ocurrió todo. Le es igual que sea lunes o martes, como hoy. Dice su madre que el pobre cree que están vivos, que todavía habla con ellos. ¡Perra vida!.

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