En un arrebato de atrevimiento me permito tratar de formarme un concepto del perfil del hombre cooperativo colombiano de base.

Quiero partir de la idea de la plataforma filosófica de la solidaridad y la cooperación como un estilo de vida enmarcado en este movimiento.

De igual manera quiero apelar a la especulación lo más racional posible, desde mi experiencia de dieciséis años en ejercicio de mi profesión de contador en el movimiento cooperativo, en diferentes roles.

La primera conclusión que saco es que el hombre cooperativo colombiano del común y corriente, no se considera dueño de la organización a la que es asociado.

Este fenómeno lo vemos también en las otras formas de empresa no cooperativa.

Cuando apunto al colombiano común y corriente, me refiero al obrero, quien lo creyera al docente y en general al humilde ciudadano que confía en recibir unos beneficios a sus aportes.

Generalmente los perfiles educativos de los asociados a las cooperativas es de un grado de escolaridad bajo, que los hace tímidos para comprometerse y apropiarse de la organización solidaria.

Una segunda conclusión es que el hombre cooperativo colombiano, es atraído  al movimiento cooperativo, con los beneficios económicos que puede obtener,  que con la posibilidad de un estilo de vida solidaria cooperada.

Generalmente los enganches son sobre la publicidad de créditos más baratos, que el sistema bancario tradicional, ello porque en un alto porcentaje las entidades cooperativas conceden créditos.

Otro gancho es la capacitación en temas de liderazgo con conferencias de buenos personajes en el tema, con fragor de buen ser humano que se olvida con el tiempo.

Una tercera conclusión es que el perfil del hombre cooperativo colombiano, es el de un agradecido por lo que recibe como un obsequio, y no como la retribución a una inversión vía aportes.

Para entender mejor la tercera conclusión viene la cuarta.

La cuarta conclusión es que el perfil del hombre cooperativo colombiano, es que deja en manos de unos pocos, el control social y económico que debe ejercer como propietario de la organización.

Es cierto que en las organizaciones debe haber confianza en la gestión de sus administradores y órganos de control, pero siempre debe existir algo de evaluación del desempeño.

Creer que todo funciona bien, solo por la confianza depositada como único elemento de juicio, y que todo se recibe con el mínimo esfuerzo, como un regalo de dios, es no valorar la inversión en aportes.

Una quinta conclusión es que el perfil del hombre cooperativo colombiano, es la de un ser indiferente, que no se prepara para controlar su riqueza depositada con gran esfuerzo, en una entidad solidaria.

Siempre se le ha vendido la idea al asociado de base, que con las veinte horas de “educación cooperativa”, esta listo para ser asociado, dejando de lado su papel social de control a la riqueza comunitaria.

Cada vez que se intenta programar capacitación avanzada en los temas económicos, jurídicos y fiscales, por no citar otros, la pereza lo bloquea todo, creando el oscurantismo total.

Una última conclusión  es que el perfil del hombre cooperativo colombiano, es el de un ser confuso, que no sabe si es inversionista, capitalista, empresario o propietario de una organización solidaria.

Por supuesto el movimiento tiene líderes que han abanderado lo que existe hasta el momento.

Se requiere una identificación solidificada del hombre cooperativo colombiano, que sea patrimonio de la solidaridad cooperada, en los retos futuros del movimiento.

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