El perdón de la ofensa es un ingrediente fundamental de nuestra realidad cotidiana

EL PERDÓN es un ingrediente fundamental de nuestra realidad cotidiana. Perdonar supone renunciar con buena disposición de ánimo a obtener satisfacción de una ofensa recibida, no guardando ningún resentimiento o rencor en las relaciones con el ofensor.

El perdón es un acto de generosidad y supone la cancelación voluntaria de una deuda. Otorgar el perdón no es un acto de justicia porque el ofensor no tiene derecho a reclamarlo. Es un acto de generosidad. Incluso puede considerarse como algo poco natural porque, ante un agravio, la víctima lo que desea es vengarse para restituir el equilibrio perdido.

El perdón, el verdadero perdón es un don gratuito del ofendido al ofensor. Por tanto nunca se debe; solo se puede pedir, pudiendo ser rechazado con toda legitimidad. Perdonar es una decisión personal que germina en la conciencia de quien lo otorga y que se facilita cuando hay una demanda de perdón, así como un reconocimiento del ofensor del mal causado.

El perdón no es olvido. Si se olvida el agravio que se hizo, entonces no hay nada que perdonar. El perdón es, en realidad, la antítesis del olvido. Perdonar no es olvidar, y mucho menos aceptar la conducta o actitud del otro (la mala acción siempre es detestable): es, sobre todo, librarse del dolor. Olvidar nunca, perdonar sí... pero al que se arrepiente.

Perdonar es colaborar conscientemente a que la herida se cicatrice, sin cerrar la herida en falso, y luego aprender a vivir con esa cicatriz. Nada puede cambiar el pasado, pero el perdón puede cambiar el futuro. La memoria sin ira, sin afanes de venganza, no abre las heridas; las cierra.

No se puede exigir el perdón a las víctimas. Tampoco se puede exigir la reconciliación a una víctima que no conoce al OFENSOR. La reconciliación exige la existencia de unos vínculos anteriores y de una relación previa, aunque sea mínima, entre el ofensor y el ofendido. Es más, EL PERDÓN no tiene por qué acabar necesariamente en reconciliación. No la hay, en efecto, cuando quien solicita el perdón no lo obtiene porque la víctima no quiere o no puede dárselo. Y ocurre lo mismo cuando hay quien está dispuesto a perdonar, pero falta quien se lo pida.

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