Si meditásemos en la palabra de Dios podríamos comprender que, fortalecidos por el Espíritu Santo, todos  podemos hacer las obras de Dios. El Espíritu Santo, que habita en nosotros, es una fuerza que nos guía, fortalece y gobierna, y quien nos lo enseña todo.

Los hombres de mundo no pueden entender las cosas del Espíritu de Dios porque son necedad para él. Los que viven de forma natural no pueden  entender que sea el Espíritu Santo el que corrije y enseñe al hombre el camino del Señor

Dios es lo suficientemente poderoso para cumplir lo prometido. Y El prometió que enviaría a un consolador. Los Evangelios dicen: Yo derramaré mi Espíritu sobre todo mortal; y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones.

Si alguien no tiene sabiduría para entender esto que se la pida a Dios, pero que se la pida con fe, sin vacilar.

En el mundo se elogia al poderoso, y se desprecia al humilde, se agasaja al fuerte y se  ridiculiza al débil. El hombre tiene este comportamiento con los de su e specie desde la niñez, cuando ya tiene inclinación al mal. Dios procede de modo totalmente diferente. El es el defensor de los pequeños, el Dios de los humildes y de los desvalidos.

El Reino de los cielos sufre violencia. La fe viene por Jesús, quien soportó la cruz sin miedo a la ignominia. Nuestra fe se fortifica con dolor y sufrimiento, con renuncia y generosidad.

Afligidos por numerosas pruebas, nuestra fe crece, se fortifica, se desarrolla y se hace adulta. Ejemplos de esa fe son Abraham, que sometido a prueba, ofreció a Isaac como ofrenda. Cristo, sometido a prueba, derramó su sangre para perdonar nuestros pecados. Los mártires sometidos a prueba, dieron testimonio de nuestro Señor Jesucristo.

¡Feliz el hombre que soporta la prueba! porque, superada esta, recibirá la corona de gloria.

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